El nacionalismo, el referéndum catalán y Los últimos de Filipinas

Voy a dejar claro desde la primera frase que esto es un ejercicio de abstracción en el que pienso mezclar churras con merinas y que no representa más que una serie de opiniones personales sobre un fenómeno de actualidad sobre el que, como tantos otros, no he conseguido quedarme callado.

Anoche me pareció gracioso y pertinente ver 1898. Los últimos de Filipinas. El suceso histórico que narra la obra de Salvador Calvo supuso la pérdida de las últimas colonias ultramarinas del otrora poderoso Imperio Español. Las semejanzas con lo que sucede estos días en Catalunya son más teóricas que reales, pero la película resulta particularmente interesante en su reflejo de unos sentimientos y unos comportamientos que ayudan a explicar la actualidad.

Los diálogos del film, poco sutiles y casi tópicos en ocasiones, muestran cómo el patriotismo y la idea de la grandeza de un imperio llevan a los hombres no solo a matar, sino a morir, por un país que nada ha hecho por ellos y bajo el mando de unas altas esferas totalmente alejadas de la realidad, ignorantes y cobardes que se sienten seguras y cómodas enviando a otros a morir por ellos. En estos momentos tanto el patriotismo españolista como el catalanista movilizan a importantes volúmenes de personas, no a matar y morir, aunque sí a sacar sus tractores a la calle, a encerrarse en colegios, a despedir a la Guardia Civil con cánticos y banderas o a emitir opiniones incendiarias. Esa gente se convierte así en escudos de unas naciones que no dejan de ser constructos históricos y de unos dirigentes que han mirado más por sus propios intereses que por los de sus ciudadanos. 

Algo que también se aprecia en la película es que los nativos no odian a los españoles, sino a los invasores, por eso la rivalidad con España da lugar más tarde a un enfrentamiento con los nuevos colonizadores, los estadounidenses. Pero para que el regimiento español sitiado en Baler se dé cuenta de esto y descubra que su guerra ha terminado necesita escuchar al otro bando, fiarse de unas noticias que parecen difíciles de creer y arriesgarse a fracasar en su misión. Y eso es en lo que están fallando tanto los nacionalistas de las esteladas como los de las rojigualdas: no están dispuestos a entenderse, las informaciones que deciden recibir solo les reafirma en sus posturas y no permitirán que su misión se frustre, sea esta misión mantener la unidad de España o lograr independizarse de ella.

También llama la atención cómo la obsesión del teniente al mando por seguir las normas al pie de la letra, sin cuestionar el contexto en el que se encuentra, solo alarga el enfrentamiento. Las normas son esenciales para convivir, especialmente en una democracia y especialmente cuando son normas aceptadas e interiorizadas, como ocurre con los códigos militares o la Constitución, pero eso no justifica escudarse en ellas para no aceptar lo que no podemos o queremos comprender. Así, las normas que en Baler llevaron a más muerte y sufrimiento llevan ahora a un enconamiento del conflicto. 

Otra figura interesante en la cinta es el sargento, que impide cualquier raciocinio con aseveraciones taxativas y con órdenes lanzadas a voces. Los “disparad al desertor” o “no podemos fiarnos del otro lado” de ese hombre, siempre enfadado, se sustituyen por los actuales “España nos roba”, “o estás con nosotros o estás contra nosotros”, “están dando un golpe de estado” o “los medios de comunicación están comprados”. Poco importa la veracidad cuando alguien, sobre todo si es un superior o una cierta autoridad, repite determinadas consignas a gritos.


Y como los ánimos están tan caldeados, voy a terminar como empecé, justificándome. Por si acaso. Los párrafos anteriores obedecen a un texto literario en el que predominan las metáforas y las generalizaciones. Por supuesto que hay dirigentes honrados, por supuesto que hay personas dispuestas a entenderse en ambos bandos y por supuesto que el incumplimiento de la ley debe ser el último recurso. Nada debe entenderse de forma literal, porque la crítica no es ni a quienes defienden ni a quienes se oponen al referéndum o la independencia, sino a quienes enarbolan una bandera como argumento definitivo. Porque creo que Los últimos de Filipinas es suficientemente paradigmática como para hacer ver, al que esté dispuesto a verlo, que enfrentarse por motivos nacionalistas es bastante ridículo.

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