Verano Syfy. Stalker: Los escombros de La Zona

Mis problemas no los tengo en las escenas de masas sino en las otras, las que a primera vista parecen simples. Aquí es donde surgen los obstáculos realmente insuperables"

La peculiar visión de la vida y del cine del genial Tarkovsky, en comunión con un sobrio argumento de ciencia ficción, nos regaló esta imprescindible película de culto, obra cumbre del género en la historia del cine europeo

Es una pena que Andrei Tarkovsky (1932-1986), uno de los cineastas más originales e influyentes de todos los tiempos, nos dejara como único y a la vez inmenso legado, tan solo siete películas. Entre ellas, dos caminan por el terreno de la ciencia ficción, eso sí, de manera heterodoxa: si en Solaris (Tarkovski, 1972), basada libremente en la novela de Stanislaw Lem, el autor se sentía molesto por tener que mostrar “todos esos malditos corredores, laboratorios, salas de comunicaciones, cosmódromos…”[1]​, en Stalker (Tarkovsky, 1979) Tarkovsky abandonará prácticamente todo elemento visual relacionado con el género. 

Trate el género que trate, como todo autor auténtico, el director ruso mantiene una poética personal, en constante evolución y crecimiento, pero con esa esencia que nace de su particular visión del mundo y del propio cine. Stalker es una película de ciencia ficción con sólo tres personajes principales que transitan un terreno que el espectador puede considerar, a priori, bastante vulgar: una zona terráquea, desierta, agreste, salpicada de edificios en ruinas.

Y es que, el peculiar cineasta, tanto aquí como en Solaris, estaba más interesado en el viaje reflexivo y emocional de esos personajes construidos con tanto mimo, que en la imaginería clásica de la ciencia ficción. Para él, como también para los grandes escritores de la ciencia ficción, el escenario futuro, la posibilidad de, son únicamente excusas para reflexionar sobre nuestra naturaleza: la visión del futuro es siempre una pregunta sobre lo que conocemos del presente.  


Sin embargo, a pesar de nacer de una concepción austera de la estética de ciencia ficción, esta película sigue siendo, como todas las del director, una maravillosa exploración audiovisual. Tarkovsky era un maestro que definía su poética en torno a una concepción casi pictórica. Escenas construídas en torno a un curioso estatismo subrayado por el montaje interno (la puesta en escena en profundidad), el encuadre dentro del encuadre (ver a un personaje a través de una puerta que define un cuadro dentro del cuadro), el ángulo picado, la importancia de la definición de una textura compleja (esa irregularidad llamativa del objeto resaltada por medio de una siempre cuidadísima fotografía; increíble uso del color, las luces y las sombras) y una curiosa percepción del tempo cinematográfico, contraria a la concepción eisensteniana de montaje.  

Para el que no esté familiarizado con el director, o con estos términos cinematográficos, qué mejor manera de mostrarlo que a través de un espectacular fragmento de una de sus obras maestras, El espejo (Tarkovski, 1975) su particular Ocho y medio:



En Stalker, Tarkovski aprovecha el nombrado terreno espeso y deshabitado para hacernos viajar con la mirada por la decrepitud del lugar y las fatigadas sensaciones de los personajes, brutalmente anclados a ella (no menos decrépitos, frustrados y perdidos). La Zona (el único lugar que se muestra en color, circulando el resto de escenas por un curioso blanco y negro desaturado) es un lugar extraño nacido del impacto de un meteorito. Se cuenta que en ella se erige una habitación que concede deseos a aquellos que logran entrar dentro. Los stalkers son guías entrenados para sortear las trampas y peligros de este curioso laberinto. Su labor es sortear los controles militares y llevar a los visitantes a la Habitación. 

En este caso el protagonista, el curtido Stalker, tendrá que guiar hasta la Habitación al Profesor y al Escritor.  De esta forma se construye el peculiar trío de personajes principales, y será a través de sus discusiones, de la contraposición entre tres personalidades y filosofías contrapuestas, como los personajes llegarán a encontrar cierto sentido (o sinsentido) a su propia existencia y al viaje emprendido.





¿Os dais cuenta de qué ocurrirá cuando todo el mundo crea en la Habitación y todos vengan corriendo hasta aquí? ¡Emperadores insatisfechos, grandes inquisidores, caudillos autoproclamados benefactores de la raza humana!"

El Profesor, representación de la mentalidad empírica, del utilitarismo, verá confrontada su visión de la vida con la del Escritor, un cínico, escéptico hasta el extremo, portador de esa nausea tan sartriana, de esa búsqueda futil del sentido de la vida. Ambos se enfrentarán a las escuetas y aparentemente ingenuas reflexiones del Stalker, cándido, perdido, pero aferrado a la esperanza y la espiritualidad, sufrido crítico de las dos filosofías de sus acompañantes, posible alter ego del propio Tarkovski.

Personajes perdidos, confundidos, que transitan por la bella fealdad del paisaje laberíntico; en la zona no hay posibilidad de un camino en línea recta; un camino perturbado por el barro, la suciedad, el escombro; lo salvaje e indómito en una contradictoria calma. 

Pues más allá de las desesperadas advertencias del Stalker el espectador no siente nunca ese peligro, sugerido a través de un acertadamente tímido uso del sonido y la música electrónica. Más aún, el espectador sólo podrá intuir dos elementos que hacen referencia al carácter fantasmagórico e incomprensible del mundo recreado: la aparición de un pequeño pájaro que desaparece como un holograma y el movimiento de un vaso.

Y nadie cree, no sólo esos dos, ¡nadie! ¿Quién seré yo para llevarlos allí? Oh, Dios... y lo que es peor es que nadie lo necesita. Nadie necesita esa Habitación. Y todos mis esfuerzos son en vano"

Stalker es, en definitiva, esa película para aquel que esté interesado en el sustrato explícitamente filosófico de la ciencia ficción. Para los que sepan apreciar la agresiva calma de Tarkovski. Para los que anden tan perdidos en la vida como los personajes... y quieran adentrarse en el túnel. 



[1] TARKOVSKI, Andrei, Martirologio: Diarios, Sígueme, 2011.

COMENTARIOS