Crítica: 'Sieranevada' (2016), Cristi Puiu

Lo magistral de muchas obras artísticas se esconde no tanto en lo que nos muestran o nos enseñan, no qué contenidos quieren hacer explícitos, sino en todo lo que se guardan y que el espectador puede y debe desentrañar. La visualidad, en muchos casos, esconde numerosos significados más allá de la belleza formal y estética, indudable, pero entender la visualidad del propio cine como un lenguaje único e intransferible se nos antoja difícil teniendo en cuenta lo mucho que beben sus formas narrativas y visuales de otras artes, como la fotografía, la pintura, el teatro o la novela.

Sin embargo, ‘Sieranevada’ es un ejercicio cinematográfico de gran altura. No necesita una fotografía que resalte por sí misma y pueda entenderse a parte. Porque ninguno de los recursos que utiliza Cristi Puiu, director y guionista de la cinta, es separable y tiene sentido por sí mismo, pero unidos, nos dan una guía magnífica de lo que es el riquísimo y propio lenguaje cinematográfico. No por nada fue una de las delicias de la pasada edición de Cannes.


‘Sieranevada’ es un calmado retrato -casi llega a las tres horas de metraje- de la sociedad, el mundo y Rumanía que sigue la cena-homenaje que realiza una familia a su difunto patriarca, donde encontramos todo tipo de personajes. Lo disfuncional se ve desde el primer momento, donde intuimos –pues sólo intuimos en la cinta: nunca tenemos datos que nos permitan elaborar mapas concienzudos sino que debemos suponer- problemas que cada uno de los miembros acarrea con los demás y consigo mismos.

La visualidad de la película, como decíamos, no se queda en la imagen, sino que va un paso más allá. La narración no la lleva el diálogo, ni si quiera los propios personajes: se estructura en torno a puertas que se cierran y se abren, que controlan la tensión dramática entre cotidianos e insulsos diálogos que sólo podrían decirse en una cena de una familia desestructurada. La puerta, de hecho, se antoja como uno de los elementos más importantes de la película, pues los ritmos dramáticos los marca la intensidad con la que se abren y cierran. Con la calma, hay delicadeza, pero con la tensión, hay portazos.


La obra de Puiu es un fantástico juego de diálogos y reflexiones, que recuerdan al teatro de Ibsen y a su capital Casa de muñecas, en ese juego de familias en las que se ocultan secretos. Pero, como decimos, el valor de ‘Sieranevada’ va un paso más allá, y no se conforma con un guión que bordea lo surrealista. Todos los elementos narrativos de los que dispone el realizador se unen y se ponen al servicio de la obra fílmica, que se alza como un lenguaje total y que, de nuevo, reclama su independencia de las otras artes.

Nota: 8,5/10

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