Verano Syfy. Terminator 2: Judgment Day: El diablo de metal líquido




James Cameron conseguiría cubrirse de gloria con la secuela de su película sobre el ciborg más famoso de todos los tiempos, esta obra maestra del cine de acción que elevaba al máximo exponente todas las virtudes de su predecesora


En los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, las secuelas del cine de masas todavía no se habían convertido en los actuales actos de nefasto reciclaje de una industria en acusada decadencia creativa. El propio Cameron se había ocupado de llevar a cabo una exquisita secuela de la obra maestra de Ridley Scott, Alien (Scott, 1979). Partiendo de la terrorífica esencia de aquel asesino en serie lovecraftiano en el espacio, él y el guionista Dan O'Bannon dieron una vuelta de tuerca al concepto, naciendo una de las mejores películas de acción/ciencia ficción de la historia. En Aliens (Cameron, 1986), había más monstruos, más acción, más muertes y una reina contra otra (la gigantesca teniente Ripley vs la madre de todos los monstruos) sin faltar al respeto en ningún momento (y esto es lo más importante), a la inteligencia del espectador.  

Con Aliens, Cameron no consiguió mejorar a su antecesora (cosa complicada), pero confirmó su pericia como director y demostró hasta qué punto se puede dignificar una saga. Terminator 2: Judgment Day (Cameron, 1991), sí conseguiría mejorar a su predecesora con una estrategia tan simple (y compleja) como efectiva; maximizar los puntos fuertes de la película anterior sin resultar un remedo inane. 


Un villano aún más terrorífico, un nuevo ayudante a la altura, una heroína aún más carismática, un nuevo protagonista, mejores efectos especiales (los más destacados de la época), localizaciones más variadas, más situaciones de pánico, una banda sonora más completa (basta con escuchar la actualización del mítico tema principal) y el desarrollo de aquella absorbente mitología que giraba en torno a un inminente holocausto provocado por una maligna inteligencia artificial.  

La protagonista, Sarah Connor, se encuentra ahora encerrada en un psiquiátrico, donde ha ingresado a causa de sus intentos por salvar a la humanidad de su terrible futuro atentando contra las empresas implicadas en la fabricación de la letal inteligencia que un día provocará el desastre. Cameron muestra una Sarah Connor musculada, con un toque andrógino, luchadora implacable: la camarera joven asaltada por las dudas sobre sus capacidades para hacer frente a su tremenda misión de la primera parte, es ahora una guerrera obstinada que ha incrementado sus habilidades para la lucha y definido su carismática personalidad. 

Definida la personalidad de Sarah, será en este caso su hijo adolescente, John Connor, quien emprenda un apasionante viaje iniciático para convertirse en el futuro líder de la resistencia contra las máquinas. Un pequeño delincuente procaz que a lo largo de la película aprenderá hasta qué punto es necesaria su presencia en un mundo condenado. 

Aprenderá a lo largo de una incesante persecución perpetrada por uno de los villanos más fascinantes del cine de género: el T-1000, un nuevo engendro de metal líquido capaz de cambiar de forma y convertir su propio cuerpo en un cuchillo afilado, prácticamente indestructible. No había mejor manera de maximizar el peligro que acechaba en la primera parte por medio del primer Terminator que diseñando a este ser aún más peligroso y extraño: el perfecto símbolo de la pesadilla robótica encarnada en el severo gesto del actor Robert Patrick. La sensación de ser perseguido por ese monstruo, y más en pantalla grande (yo tuve esa suerte), es realmente terrorífica.  

Si Sarah Connor tuvo un ayudante con una pericia a la altura del villano en la primera película, en este caso ella y su hijo, exquisita paradoja, necesitarán otro ayudante a la altura del mejorado T-1000. Y no será otro que el propio T-800; el ciborg que persiguió a la protagonista años atrás para matar al no concebido John Connor, será el encargado de protegerle en la secuela. Y si en la primera parte de la interrelación entre la protagonista y el soldado del futuro nacía una historia de amor, en este caso el robot y el muchacho establecerán una curiosa relación simbólica en torno a la paternidad y la amistad. La idea no podría ser más brillante: un chaval que tiene como amigo y protector a un robot del futuro, a sus órdenes:  la fantasía de todo adolescente.

Observando a John con la máquina, de repente, lo vi claro. El Terminator jamás se detendría, jamás le abandonaría, y jamás le haría daño ni le gritaría o se emborracharía y le pegaría. Ni diría que estaba demasiado ocupado para pasar un rato con él. Siempre estaría allí y moriría para protegerle. De todos los posibles padres que vinieron y se fueron año tras año, aquella cosa, aquella máquina era el único que daba la talla. En un mundo enloquecido, era la opción más sensata"

De esta relación surgirá una entrañable distensión entre humorística y trascendente (el chico enseñando al Terminator frases “guays”, también intentando enseñarle el significado de las emociones) que conforma uno de los ejes narrativos más brillantes de la película: la humanización de la máquina; esa pregunta tan repetida acerca de qué consideramos humano y hasta qué punto podemos amar a una inteligencia artificial y ésta a nosotros (aviso, si no se les cae la lagrimilla con el final, es que son ustedes los que no son humanos). 

Una reflexión clásica de la ciencia ficción envasada en una grandísima película de acción, probablemente la mejor de todos los tiempos, dirigida por la mano maestra de un Cameron más maduro, que, esta vez, es aún más brillante a la hora de ejecutar algunas de las más famosas y tensas escenas de persecución de la historia del cine: persecuciones que parecen no acabar nunca (esas gotas de metal líquido uniéndose para resucitar al villano…).


Que nadie se engañe, Terminator 2: Judgment Day no es una película de acción más, fundamentada en la espectacularidad de las explosiones y las cabriolas (que las hay), es una fascinante narración, cima del género, con grandes personajes, un guion extremadamente sólido y la consolidación de una original mitología en torno a esos miedos tan humanos relacionados con el descontrol de la tecnología y la consiguiente fatalidad asociada; hasta su estreno, y con justicia, la película más taquillera de la historia. 

Ahora sé por qué lloráis, pero eso es algo que yo nunca podré hacer"

En definitiva, una película de culto. Hay que verla. Al menos para que no se nos escapen los son cientos de referencias y parodias que surcan la cultura moderna.

Para muestra un botón:




Cabe nombrar que las posteriores películas de la saga trataron de aprovechar el impulso inicial para hacer caja. Son tan malas que prefiero ahorrarle al lector el sufrimiento. Con Terminator 2: Judgment Day terminó la aventura del ciborg surgido de las llamas de la imaginación de Cameron. Y bien acabada está. Eran otros tiempos.


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