Crítica: 'El fundador' (2016), de John Lee Hancock

Durante los años que estudié economía y gestión de empresas en secundaria y en la unversidad creo que aprendé más de las películas que nos ponían algunos profesores que de cualquier manual o libro de texto. El mundo empresarial en la realidad es tan sorprendente y feroz que resulta inevitable aprovecharlo para generar material para el cine. Desde las tramas que han causado la crisis económica del 2008, hasta las penurias que implicó la del 29, pasando por la épicas historias de personajes que lograron fundar empresas tan relevantes como Apple o Facebook.

Menos glamourosa, pero seguramente mucho más paradigmática, es la historia de McDonald’s que retrata ‘El fundador’, dirigida por John Lee Hancock y con un gran Michael Keaton como protagonista dando vida a Ray Kroc. En los años 50 Kroc era un vendedor ambulante de batidoras para restaurantes que, en uno de sus negocios, conoce a los hermanos McDonald, responsables de una hamburguesería en San Bernardino, California, basada en la rapidez y la calidad de su comida. Fascinado por el modelo, Kroc consiguió ser el responsable de las franquicias de la compañía, arrebatándosela progresivamente a los hermanos McDonald, y dando lugar a la cadena de restauración más importante del planeta.

Es innegable la capacidad de este biopic de contar no solo la historia de un hombre, sino de mostrar cómo las buenas ideas de negocio no son sino mejoras y adaptaciones de otras. Y es que una buena idea no suele surgir de la nada, sino que la imitación, la copia y la inspiración son esenciales para crear algo revolucionario. Y eso se aplica a los restaurantes, pero se extiende a cualquier ámbito de la vida, incluído el cine o la televisión, que beben continuamente de ideas pasadas para poder crear películas o series novedosas.

Si luego esas ideas son robadas y pervertidas, como ocurre en ‘El fundador’, es una asunto que debe ser criticado no solo en el plano personal de quien lo hace, sino también en el nivel de un sistema corporativo que lo permite. Y en ese aspecto, ningún lugar como Estados Unidos –y más en la era Trump– para mostrar que la ambición y la falta de escrúpulos son elementos esenciales para conseguir el sueño americano.

Y si el sueño que los hermanos Mac y Rick McDonald tuvieron mediado el siglo XX se basaba en la rapidez y la calidad, creando el concepto de comida rápida, hoy McDonald’s se asocia más con comida basura, siendo el principal estandarte de la obesidad y la comida no saludable. En este sentido cabe recordar al documental ‘Super Size Me’, que criticaba con dureza a McDonald’s como cabeza más visible de esa comida basura de la que no es, ni mucho menos, el único representante.

Y es que el modelo de McDonald’s se ha repetido y perpetuado desde entonces, revolucionando la forma de alimentarse de varias generaciones. Y lo que ha cambiado en la cadena a lo largo de los años hace que, desde la perspectiva actual, lo que narra la película resulte tan curioso, pues parece casi imposible que la idea de Mac y Rick llegara a ser lo que hoy es.


Lo que no es tan curioso o novedoso es la forma de narrarlo, bastante tradicional y poco arriesgada. Es cierto que la historia es lo suficientemente poderosa como para dejarla brillar con luz propia, pero la recaída en tópicos y modelos narrativos ya vistos impiden una obra del nivel de ‘La red social’.

Sin embargo, sí que reúne importantes atractivos, sobre todo sus interpretaciones, encabezadas por Michael Keaton como antihéroe con el que, a pesar de todo, conseguimos empatizar. Pero también es una obra inteligente, que sabe contar lo que quiere y que logra una cierta crítica que, aunque podría haber sido más mordaz, es muy ilustrativa. 

Por eso imagino que más de un profesor de dirección de empresas ya estará preparando la cinta para proyectársela a sus alumnos el próximo curso.

Lo mejor: que sabe aprovechar el potencial de la historia
Lo peor: que no sea más dura con el sistema
Nota: 7

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