Crítica: 'La película de nuestra vida' (2016), de Enrique Baró Ubach


Lo trascendente nos persigue, inevitablemente. Las preguntas nos atraviesan como un rayo que atraviesa las heridas: ¿qué es la vida? ¿Qué son los recuerdos? ¿Qué es el cine? Y, por supuesto, no hay respuestas correctas: el arte de la metafísica requiere de la relatividad, la ignorancia y la asunción de que esas preguntas son incontestables.

De vez en cuando, surgen propuestas en el ámbito artístico que funcionan como respuesta incorrecta a estas inmensas cuestiones, tanto pretenciosas como humildes. Entre estas últimas se enmarca La película de nuestra vida, un llamativo debut en el largometraje de Enrique Baró Ubach que asume la voz de varias generaciones, los recuerdos y los veranos de la infancia en una bellísima obra que es honesta, sencilla y, por supuesto, trascendente.





He de reconocer que no puedo ser imparcial. La película de nuestra vida es también la película de mi vida. Es un golpe de recuerdo y nostalgia del tiempo pasado, de las tardes de verano jugando a la pelota, haciendo el indio en la piscina, con regañinas por comer demasiado rápido después de bañarse, de las siestas bajo la sombrilla con el sol abrasador.

La película no tiene una trama clara, porque no la necesita: se articula a base de momentos, de toques, de píldoras. Su evidente carácter autobiográfico la hace más real y sincera, y nos facilita explorar en la vida de Enrique Baró Ubach, comprendiendo su cinefilia, sus pasiones, las reuniones familiares en el campo y lo que le hacía y hace feliz.


La película de nuestra vida también funciona como una comparativa generacional: el joven, el hombre y el viejo son los protagonistas de la peculiar cinta. Sus coqueteos con la memoria en el que fue su refugio de los veranos son los detonantes de la nostalgia en el espectador. La impresión sentimental que causa la historia, eso sí, no es universal.

El relato fragmentario no tiene una estructura clásica, y aun no siendo necesaria, puede hacer que el espectador se pierda por su atípico montaje. La edición nos recuerda más a un montaje de vídeos caseros, que serían un maravilloso regalo para quien los ha vivido, que una película en sí misma. La película de nuestra vida tiene carácter de making-off vital, pero también de ensayo visual, casi de instalación artística en algunos momentos.

A pesar de lo poco habitual de la propuesta en el ámbito cinematográfico, la cinta es asequible y el esfuerzo y pasión de su director es innegable. Abriéndose paso entre el difícil mundo audiovisual, Enrique Baró Bauch entra en la escena con un bello relato sobre la memoria, la historia personal, la infancia y la diversión de los veranos.


Nota: 7,5/10

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