Crítica: 'Paraíso' (2016), de Andrei Konchalovsky

Paraíso, última película del director ruso Andrei Konchalovsky

¿Cómo se habla de la barbarie? ¿Cómo se transmite la desesperanza? ¿De qué manera la desolación se hace cercana? Hablar de la que es la peor experiencia de nuestra historia reciente, el Holocausto, no es tarea fácil. Reflejar las realidades del exterminio nazi, la negación de la condición humana a los recluidos como bestias en los campos de concentración o la despiadada frialdad de los ejecutores alemanes es un ejercicio de contención, de pudor y un horrible recordatorio.

Andrei Konchalovsky, uno de los más longevos e importantes realizadores del panorama ruso, habla sobre el soñado paraíso de la Alemania nazi en su último largometraje, Paraíso, donde conocemos tres historias: la de Olga (Yuliya Vysotskaya), aristócrata rusa que se refugia en París y esconde a dos niños judíos, Helmut (Christian Clauss), alto oficial de las SS, y Jules (Philippe Duquesne), un funcionario francés que colabora con la Gestapo. A través de los tres personajes, Konchalovsky desarrolla una sobria puesta en escena para describir el Horror de los campos de exterminio nazis, en contraposición al ideario nacionalsocialista.


Es fundamental recalcar el adjetivo sobrio: la cinta reniega de lo explícito, es áspera y lejana. La única mirada posible a la barbarie es la distanciada, con largos planos casi teatrales en los que la cámara sigue fija y observa los acontecimientos que suceden alrededor. El espectador se hace consciente de la desolación ante la imponente separación de la historia. Reforzada por las brillantes actuaciones de Vysotskaya y el magnífico secundario Jakob Diehl, la distancia nos hace cómplices de esta desolación.

Konchalovsky no reniega de un elemento fundamental para aumentar la desazón que la película produce: el refinamiento y gusto de los altos cargos nazis. Clauss escucha a Brahms y lee a Chéjov y Tolstoi, pero es parte de la solución final, cree firmemente en su causa y en su filosofía, con todas las consecuencias que ello implica. Porque en Paraíso no se juzga: se describe. No hay posicionamiento alguno, también consecuencia de la voluntad de la historia de ser sobria y casi plana.


Paraíso, Andrei Konchalovsky

El claustrofóbico cuatro tercios y el blanco y negro nos acompañan durante todo el largometraje, con una original propuesta formal en la que los protagonistas hablan a la cámara dando pausa a la acción, contribuyendo a esta expresión fría pero escalofriante del Holocausto. La repulsión alcanza su punto álgido cuando Clauss habla a la cámara sobre cómo cargaban los cadáveres de los muertos. Tras su sobrecogedor testimonio, vemos a Clauss junto al mandatario del campo de concentración, mientras el segundo se jacta de su genial idea para ahorrar espacio: matar a diez mil personas diarias. La incomodidad del espectador se convierte en un sudor frío que precede a la náusea, porque no hay otra forma de hablar de la barbarie y lo inhumano.

No hace falta grandilocuencia y épica en el desastre. Tan sólo es necesaria la expresión de lo que ocurrió: no hay que opinar, no hay que juzgar. Observar se convierte en el ejercicio más importante, como un incómodo recordatorio del que es uno de los episodios más desoladores de la humanidad.

Nota: 8/10

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