"Por Trece Razones": visión de una adolescencia, cruda y desnuda, forzada a enfrentarse a una dura realidad contra la que no vale la indiferencia


-Contiene spoilers-

El instituto, a fin de cuentas, es solo una fase.

"Solo" es un largo proceso de construir la propia identidad, una búsqueda del propio lugar en el mundo, la época en la que se abren todas las posibilidades. Y, como todo en la vida, acaba pasando.

La mayoría sobrevivimos a ello, sin demasiadas heridas de guerra, quizá con alguna molesta cicatriz, pero nunca se nos ocurriría contarle a un hijo que no lo pasamos bien, nunca le enseñaríamos nuestras viejas fotos del anuario sin recalcar lo felices que éramos en realidad.

Pero eso es porque la distancia temporal ha borrado de nuestra cabeza todos esos momentos de crisis existencial, en los que aún estábamos a medio camino de romper la crisálida de nuestras propias inseguridades.

Hubo buenos momentos, desde luego. Pero los malos eran peores, porque nadie nos enseñaba a lidiar con ellos.
 
'Por Trece Razones' es justo la visión de esa adolescencia, cruda y desnuda, en un instituto americano cualquiera, forzada a enfrentarse a una dura realidad contra la que no vale la habitual capa de indiferencia.

Hannah Baker ha muerto. Un día se suicidó, marcando a todos sus compañeros, a los mejores y peores, a los que la conocían y a los que fingían conocerla.

Pero sobre todo deja marcado a su compañero Clay Jensen, alguien que se consideraba residual en su vida, apenas un secundario de la cuarta fila, que no puede comprender por qué "una chica así" pudiera suicidarse.

"Una chica así"... siempre es curioso que esas favorables opiniones de alguien nunca las decimos directamente, y nos las guardamos hasta que un día es tarde.

Por un segundo, parece que esa chica seguirá siendo el misterio que siempre pareció ser. Pero entonces llegan unas cintas, grabadas por ella misma, relatando con admirable ironía y sangre fría la historia de los que serían sus últimos días.

Y Clay agradece la oportunidad caída del cielo de volver a rememorar los pasos de alguien que, de haber salido todo bien, solo habría sido otra oportunidad desperdiciada, de las miles que encierra la secundaria. Pero es el hecho de que todo ha salido mal lo que le hace querer darle un sentido, un significado, a esa chica que muchos enterraron bajo falsos cotilleos, y aún ahora buscan borrar de la historia con un "tío, supéralo" que nunca le hará justicia.

Nos montamos entonces en la bicicleta de Clay, con los auriculares en los oídos, con la promesa de resolver un misterio. (Apenas podemos diferenciar los momentos temporales, si no fuera por esa herida en la frente de Clay, señal externa de su dilema interno). Y empezamos a seguir la voz de Hannah, como un dulce fantasma que no pide nuestro perdón o aprobación, solo nuestra comprensión.



La historia se convierte entonces, como ya sucedía en su equivalente literario, en un intento de despedirse de alguien, cuando ya es imposible la despedida.

Todas las cosas que nunca se dijeron, todas las experiencias que nunca se contaron, mueren con la persona que se va. Nunca ha habido suficiente tiempo.

Y a menudo recordar nunca es lo mismo, porque todos los pequeños detalles ya no le pertenecen a la fallecida. Le pertenecen a todos los que la rodeaban en vida, que los hicieron suyos, quizá no de las mejores maneras.

Y duele. Duele muchísimo recordarla a nuestro lado, con sus extrovertidas maneras, como si nunca se hubiera ido, cuando ni siquiera podemos pedirle un mísero "perdón".

Clay se acaba dando cuenta de que no conocía a Hannah Baker, y que, de hecho, nadie más la conocía.

Toda la gente se repite "de haber sabido que necesitaba ayuda...", pero incluso entonces no habrían prestado esa ayuda, estarían demasiado ocupados para algo emocional, algo verdadero y puro, algo que les obligara a tomar partido e involucrarse, algo más allá de la frivolidad adolescente y adulta, las cuales juzgan que no hay nada importante más allá de sus narices.

Quizá eso era lo que la hacía especial, lo que Clay veía en ella todos los días: la sensación de que ella podría ser cualquier cosa, pero desde luego sería una cosa buena.

Por eso importan momentos como el de ambos observando la luna en el tejado del cine local, porque dejan huella, porque hacen pensar a Hannah y Clay que no están tan solos y perdidos en su angustia adolescente; son momentos que a la mañana siguiente del instituto apenas se pueden mencionar porque sería banalizarlos, robarles esa magia incierta que les dice que hay vida más allá de todos los problemas que te puedan surgir a tus 17 y pico.



Pero claro, cuesta ver eso, agarrarse a esos momentos, cuando se vive a esa edad en un torbellino emocional constante, que la televisión y el cine raramente representan tan fielmente como aquí: amistades de toda una vida que se rompen en dos tardes, cruces de miradas que se pierden en la marea de lo que nunca se dijo, o inútiles competiciones por demostrar que se es fuerte, en una edad en la que nadie realmente lo ha sido.

Igualmente a nadie debería extrañarle que sea una época de fragilidad emocional: a las discusiones, a las cosas importantes, se las pierde fácilmente el respeto con desprecios o vaciles, y por eso es normal responder a los amigos, los padres, los profesores, los posibles amores... con evasivas, de uñas, en el fondo asustados porque la gente tiene un don para joder lo que nos parece importante con opiniones de mierda que nadie les ha pedido, pero que insisten en proclamar bien alto, hasta que parece que debes avergonzarte por querer las pequeñas cosas que te hacen ser quien eres.

Y entonces, un buen (o mal) día, las expectativas sobre lo que te vas a encontrar son tan bajas... que como Clay, o como cualquiera de los que se menciona en las cintas, eliges bajar el listón, malinterpretar intenciones y hacer lo que te dé la gana, por muy incorrecto que sea, porque "a quién le importa".

A Hannah Baker le importaba. Le importaba tanto, como para saber que no quería seguir así, si eso era todo lo que la vida le iba a ofrecer.

Y Hannah nunca fue la chica que llegaría para cambiarlo todo, para cambiar ese instituto por uno de fantasía donde más pronto que tarde los buenos chicos encuentran su recompensa y los abusones su humillante derrota.

Ella solo era una chica tan presa de sus impulsos como cualquiera, tan merecedora de un beso con el buenorro de clase como del apoyo entre sus conocidos y amigos.

Nada de eso sucedió.

Y parece que hay que llorar, cuando en verdad lo que se debería hacer es no volver a lamentar nada.

No lamentar haberse ido cuando te deberías haber quedado, no lamentar haberse callado cuando deberías haber dicho algo, no lamentar haber dado la espalda a quien necesitaba una mano amiga.

No lamentar un "te quiero" que quedó en nada.

Si hay algo que sacar de esta historia, de estas cintas que Hannah nos está contando... es que, por favor, hagamos lo que sea para no lamentarnos de nada.



Comprendemos, a la vez que Clay, que se nos ha negado la oportunidad de conocer a Hannah, de quererla por lo que realmente fue, y ahora nos tenemos que conformar con el triste recuerdo de la chica que nunca será.

Recordemos entonces a esa desafiante, encantadora, querida Hannah.

Aquella chica cualquiera que hizo valer su voz, en la marea de anonimato del instituto adolescente.

Nota: 8/10

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