Crítica: 'El editor de libros' (2016), de Michael Grandage

 
El domingo se celebra, entre otras efemérides y festividades, el Día del Libro. En Los Lunes Seriéfilos somos apasionados del cine y de las series, pero ¿no son estos productos culturales herederos de la literatura? ¿Qué sería del cine y la televisión sin adaptaciones literarias? Por eso nos hemos propuesto realizar nuestro particular homenaje a los libros en esta semana previa al 23 de abril. Durante los próximos días prestaremos una particular atención a algunas adaptaciones de obras literarias, a películas que se centren en historias relacionadas con la literatura o reflexionaremos sobre temas que se acerquen a estas materias.

Comenzamos con la crítica de una cinta centrada en una de las figuras clave a la hora de publicar un libro: el editor. Y pocos en la Historia han tenido la relevancia de Maxwell Perkins, descubridor y corrector de genios literarios como F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o Thomas Wolfe. El editor de libros (Genius, 2016) se centra precisamente en la relación entre Perkins y este último.

Se trata de una adaptación de la biografía que A. Scott Berg escribió de Perkins en 1978. Además de un biopic, las cinta aspira a retratar una época, los años 30, y, sobre todo, una profesión, la de editor de libros. Se queda, sin embargo en clichés, sin aportar profundidad en unos aspectos que podrían haber resultado de gran interés y que podrían haberse explicado o ilustrado más y mejor. Sobre todo por tratarse de una profesión habitualmente invisible y desconocida.

Como también suele ser desconocido, al menos fuera del mundillo literario y editorial, el nombre de Max Perkins, a quien este filme intenta hacer justicia. De nuevo, un excesivo academicismo en la representación y una caída en muchos de los tópicos de las películas de escritores impiden el aprovechamiento de una figura fascinante y esencial.

Y eso a pesar de una magnífica actuación de Colin Firth, dando vida a un Perkins medido y sereno que se contrapone al extrovertido e histriónico Thomas Wolfe, interpretado por un Jude Law menos convincente y algo exagerado en sus formas. El reparto se amplía con Laura Linney, Nicole Kidman, Guy Pierce o Dominic West, pero es el duelo interpretativo y dialógico de Perkins y Wolfe el que articula la trama. Mas el hecho de que Wolfe tenga un papel tanto o más protagónico que Perkins vuelve a restar interés a la película, pues ya hemos visto muchos escritores torturados y obsesionados en el cine, cosa que no ocurre con los editores que se esconden tras ellos.


Y aunque es la historia la que de verdad consigue salvar la película, Michael Grandage está más pendiente de la forma que del fondo. Así, presta atención a una cuidada y uniforme gama cromática de tonos apagados, incluye metáforas literarias a lo largo de los diálogos, incorpora notas de humor y aprovecha la aparición reiterada del tren, de los zapatos de Wolfe o del sombrero de Perkins como elementos de unidad.

Todo esto, aunque bienvenido en términos generales, nubla el trasfondo, lo que de verdad nos debería estar contando la película, que es la labor de un hombre tan genial como los escritores a los que llevó a la fama. Y con ellos, obras inmortales que más tarde acabarían llevándose al cine, como El gran Gatsby o Por quién doblan las campanas. Por eso, y aunque sea de apreciar el intento, El editor de libros no hace justicia a la figura de Max Perkins. 

Lo mejor: Max Perkins, tanto su historia como la interpretación de Colin Firth
Lo peor: que la forma no permita brillar a una historia muy interesante
Nota: 6,5

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