Crítica de Cine: "Goodbye Berlin" (2016), de Fatih Akin


Las sensaciones más inesperadas se pueden encontrar de las formas más raras.

Sobre todo en la adolescencia, ese erial de certeza, cuando ansiamos lo inmediato y atractivo, sin pararnos a pensar nunca en su verdadero valor.

Dejándonos antes conquistar por una emoción sencilla, que en esa época lo parece todo, que por profundizar en cualquier otra cosa.
 

Así le sucede a Maik en su instituto, cautivado por su compañera Tatiana, con la simple esperanza de que ella le quiera invitar a su fiesta que anuncia el comienzo de las vacaciones.

Tiene poco tiempo y atención para su nuevo compañero de pupitre Tschick, pues ya desde el principio ha sido juzgado por su aspecto, por sus maneras, y no merece que gaste en él ni un solo minuto de los que dedica a hacer un dibujo de Tatiana, para resaltar que se lo ha currado, que la quiere aún a pesar de que para ella es invisible.

Los días avanzan embargados en ese esfuerzo, entre padres ausentes e intentos por destacar, fructificados en una chula chaqueta con dibujo de dragón que parece su cura contra la invisibilidad. Y entonces llega el verano... con la promesa de ser solo un paréntesis para curar la decepción de no ser invitado.
 

'Goodbye Berlin' echa una mirada muy particular al desencanto juvenil, y a la vez inicia una búsqueda para averiguar qué es lo realmente importante a esa edad, qué es lo que nos hará madurar mañana.

Pero tampoco endulza ni idealiza: Maik puede sentirse decepcionado, pero quizás tampoco ha mirado en los lugares adecuados.

Concretamente a su derecha, donde se sienta Tschick, el único que ha reparado en cómo mola su chaqueta, el único que le molesta e incomoda pero a la vez le reta e impulsa.




No nos han invitado a la fiesta, y qué: Tschick juzga que esta vida es para colarse en fiestas, sin haber sido invitado, solo para decir lo que quieres decir. Después te marchas, diciendo que tienes planes más importantes, pero es que, por una vez, esa extraña pareja que son Maik y él los tienen de verdad.

Un viaje de carretera "casual" a Valaquia se acaba convirtiendo en la aventura de sus vidas, donde aprenden a convivir y abrirse, pero siguen sin dejar de lado la inconsciencia de una adolescencia que por fin están disfrutando como se merece.

Sin reprimirse, sin echar la vista atrás, sin arrepentirse de que esa chica especial no ha apreciado su dibujo. Se hizo, y puso todo de su parte para hacer un bello retrato de Tatiana.

Lo demás es secundario, y así debería ser siempre.


Maik, en su omnipresente voz en off, menciona que "no se puede contener la respiración para siempre".

Una verdad evidente, que cobra significado cuando vemos que estos adolescentes van a donde quieren, viviendo como quieren... y por primera vez ganan.

Sin salidas fáciles, sin arreglos mágicos, ellos siguen siendo los de siempre, dos marginados de un instituto que no les presta ninguna atención. Pero en su viaje se convierten en los reyes del día, sin más límites que el horizonte.





Por el camino, quedan envoltorios de comida rápida, "préstamos" al margen de la ley, heridas que revelan otras más profundas, baños en un lago que dan pie a una madurez inesperada.

También otras personas, como Isa, la misteriosa autoestopista que se encuentran, que como amor platónico deja más impacto que cualquier chica de fiesta veraniega.

Todo para confirmar que las mejores personas que conoces son las que se quedan poco tiempo, por mucho que su presencia nos pueda durar años.


El tono ligero y casi superficial de la propuesta nos podría despistar.

Pero no nos equivoquemos: este es uno de esos viajes que deja su huella, aunque nunca la hayamos querido.
 

Nota: 6/10

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