Crítica: 'Ben-Hur' (2016), de Timur Bekmambetov

Martes Santo. Lo de hoy sí puede calificarse como ‘pasión’.

Rodar un remake de una película considerada, casi de forma unánime, como una obra maestra es una tarea muy arriesgada. Esto no impide que determinadas revisiones de historias clásicas puedan tener cabida, sobre todo si la nueva versión aporta algo nuevo o de valor. Esto no es lo que ocurre con Ben-Hur. Volver a esta historia, basada en una novela escrita en 1880 por el estadounidense Lew Wallace y adaptada ya en dos ocasiones al cine de manera magistral, además de innecesario parecía particularmente complicado.

Y lo cierto es que la cinta de Timur Bekmambetov ni siquiera hace un intento de ser digna sucesora de una de las mayores y mejores historias que han dado el cine y la literatura. No hay rigor ninguno en el lenguaje o el vestuario, tampoco hay actuaciones convincentes y no encontramos la más mínima construcción de la trama o de los personajes. Las actuaciones de Jack Huston, Morgan Freeman, Toby Kebbell, Nazanin Boniadi o Rodrigo Santoro, sin ser desastrosas, no llegan a resultar convincentes. En parte porque sus personajes no tienen profundidad, apenas hay evolución y los cambios en su comportamiento o en la relación entre ellos se producen de forma abrupta y casi inexplicable.

Incluso la mayor presencia de la figura de Jesucristo, el elemento más distintivo de esta nueva versión, tiende al tópico, con escenas que parecen introducidas a la fuerza, como si vinieran impuestas y hubieran tenido que añadirse al metraje sin demasiado sentido. Puede que la participación en la producción de empresas mediáticas de marcada orientación cristiana influyera en este sentido.


Tanto estas como el resto de productoras detrás del proyecto se encontraron con un notable fracaso el pasado verano, cuando Ben-Hur consiguió unos resultados de taquilla muy alejados de las expectativas y del presupuesto empleado. Un presupuesto cercano a los cien millones de dólares, pues en el aspecto técnico y visual la obra no se queda corta.

Así, con un guion, una narración, unos personajes y una ambientación muy deficientes, solo queda el espectáculo. Y si la carrera de cuádrigas es uno de los mayores atractivos de la cinta de 1959, lo sigue siendo en esta versión. Esta escena es, sin duda, la mejor de la película de Bekmambetov. Mas lo que en la de William Wyler representaba un prodigio técnico casi imposible en la época, en esta ocasión no supone un especial mérito, pues sería fácil encontrar títulos contemporáneos con un despliegue visual igual o superior.

Quizás el problema reside en las odiosas comparaciones. Estamos continuamente hablando de este Ben-Hur en contraste con los anteriores, sobre todo con el de Wyler, que, recordemos, consiguió once Oscars en 1959. Estamos enfrentando una de las películas más grandes que se han hecho con un filme mitad panfleto religioso, mitad producto comercial, y eso se nota. Ni cuando se intenta asemejar a sus predecesoras ni cuando se intenta distanciar de ellas logra un espacio propio. Nunca consigue resultar necesaria, sobre todo porque no lo es. 

Lo mejor: la carrera de carros en el circo
Lo peor: que sus dos horas resultan mucho más pesadas y vacías que las casi cuatro de la mítica superproducción de 1959
Nota: 2,5

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