‘Narcos’ y la frivolidad del mal en los medios de comunicación

Estas Navidades ‘Narcos’ fue uno de los temas más comentados en cualquier reunión familiar o de amigos. Desde la parodia en el programa de Nochevieja de José Mota hasta el polémico anuncio en la Puerta del Sol, la presencia mediática de la serie inspirada en la vida de Pablo Escobar ha sido casi incomparable.



Yo, lo reconozco, fui parte de esa desmedida euforia que en ocasiones generan algunos fenómenos audiovisuales. Como tantos otros, imité las frases más características del protagonista de la serie de Netflix y me comencé a interesar por los personajes y sucesos reales en los que se inspira la serie. Hace poco, debido a esa curiosidad, me pasaron un artículo de El Mundo centrado en el hijo del poderoso narcotraficante colombiano, que estos días presenta un libro sobre su padre.

Reflexionando, tras leer los comentarios en la noticia y en redes sociales, me di cuenta de que la fascinación que la serie despertó por el Pablo Escobar ficticio había traspasado la pantalla y generado admiración por el auténtico, que no es sino un sanguinario asesino y peligroso narcotraficante.

‘Narcos’ vuelve a plantear un debate recurrente: ¿hasta qué punto es aceptable la fascinación por el mal -especialmente el que está basado en la realidad- en los productos culturales? El cineasta Rodrigo Cortés ha defendido en múltiples ocasiones en La Cultureta de Onda Cero la separación de la ficción de la realidad, descargando a series, películas o libros de la obligación moral de educar.

Según esta teoría, la serie no es responsable de que su retrato del narcotraficante, basado en una actuación portentosa y un punto caricaturesca de Wagner Moura, se haya convertido en un fenómeno de masas y haya elevado a mito a un criminal desalmado. De hecho, que el Pablo Escobar de Netflix genere admiración se debe a su representación como un hombre carismático, lo que podríamos considerar acertado, pues esta capacidad de generar afecto e idolatría entre buena parte de la sociedad fue en realidad una de las armas con las que Escobar contó en sus años al frente del cartel de Medellín.

Por eso podemos celebrar que la serie ilustre, con mayor o menor apego a la realidad, la historia de un hombre y un conflicto que sacudieron Colombia durante muchos años. El cine y las series, por el poder que ejercen sobre las personas, pueden ser utilizadas como herramientas educativas o de cambio social. Sin embargo, no podemos exigir un juicio de valor a una ficción si esta, por cuestiones narrativas o estéticas, no desea darlo.

Quizá se podría criticar el uso de la publicidad en la promoción de la serie, pues frivolizar temas como el tráfico de drogas con fines comerciales es moralmente cuestionable. Mas de nuevo volvemos a toparnos con la libertad creativa del autor. ¿Hasta qué punto se debe permitir esa frivolidad en una campaña de marketing que, a pesar de su dimensión publicitaria, no deja de ser una creación artística?

Crítica a los medios de comunicación

Lo que está fuera de debate es la responsabilidad de los medios de comunicación, ya que ellos no pueden anteponer, en ningún caso, cuestiones creativas o comerciales a su deber de información y explicación de la realidad. La confusión entre el Escobar real y el ficticio no se debe atribuir (solo) a la serie, sino a algunos medios de comunicación que han querido aprovechar el filón mediático para rentabilizar una figura tan atractiva. Por eso, cada vez que un diario publica una noticia relacionada con Pablo Escobar o con la serie de Netflix por cuestiones que obedecen más al interés por atraer lectores que a la relevancia informativa, se contribuye a fomentar el morbo y la fascinación por un personaje que, fuera de la pantalla, no lo merece.

El cinismo y la frivolidad pueden ser utilizados en un producto cultural sin que deban ser rechazados más allá de la elección narrativa o artística que suponen. Un caso distinto sería su uso con fines comerciales, que podría -aunque también sobre esto se pueda opinar- reprocharse. En los medios de comunicación, por el contrario, si su utilización no está justificada por un fin informativo o explicativo superior, no ha lugar. No solo porque resulte criticable, sino porque además es irresponsable.

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