Crítica: "El Sr Henri comparte Piso" (2015), de Ivan Calbérac


De entrada, esta no es la historia "maestro y discípula" que su título podría hacer pensar.

Sí, el señor Henri ejerce de brújula moral de la a menudo perdida Constance, pero el protagonismo absoluto recae sobre ella, en su rebosante juventud y sus directas maneras.

Como tantos otros adolescentes, Constance busca su lugar en la vida, y eso no es tan fácil de encontrar cuando parece que sus mayores ya lo han vivido todo antes que ella, y en su caso tratan de arrastrarla por un camino que, si bien será sencillo, no es todo lo que desearía.

De esa manera, acaba viviendo en París, todo lo lejos posible del hogar familiar, en el cuarto alquilado por el malhumorado sr. Henri.

No hay que engañarse: 'El Sr. Henri comparte Piso' toca todas las teclas de su tragicómico concepto, como los desplantes entre la joven y el anciano, el humor de su forzada convivencia y las enseñanzas que cada uno pueden repartirse. Pero a la vez, y bastante inesperadamente, se las apaña para dotar de cierto carisma a Constance, Henri y todos los demás, componiendo un interesante microcosmos de personas limitadas por sus ataduras, y en apariencia definidas por sus fracasos.

Gente que no ha podido o querido comunicarse bien, esperando algo de otros, guardando los miedos bien hondo.
 


Sí, son forzados algunos puntos en los que deben pasar cosas "porque sí", como el improbable trato al que deben llegar Constance y Henri para que la primera rompa el matrimonio del hijo del segundo.

Pero a cambio, la historia evita amoldarse en la comodidad: Constance nunca va a tener fácil integrarse, superar los desprecios de su padre, rehacer una vida fragmentada en breves compañeros de cama y aún más fugaces intentos de cambio.

Es la clase de amargo trasfondo que sostiene una comedia, y a la vez la permite hablar de algo más profundo, como la desoladora sensación de que no te salga nada bien, no importa lo mucho que lo necesites.


Habría sido demasiado fácil que un hombre con "todo hecho" como Henri le diera su aprobación a la inexperta Constance pero, aparte de su difícil entendimiento, vemos que el antiguo contable igualmente no pasa por su mejor momento: su hijo, su eterna decepción, se casa con la única mujer de la que no querría un nieto.

Es un drama al que Constance es totalmente ajena, pero... ¿y por qué no debería serlo?

Es normal que su vida plagada de afectos equivocados y malas figuras paternales la encuentre más cómoda olvidando sus decepciones en noches de fluorescentes y alcohol que en incómodas comidas familiares donde solo hay rencores que echar en cara.

Constance no es la mejor de las alumnas, ni Henri el mejor de los profesores.

Pero la vida les ha encontrado a los dos juntos, en un momento vital en el que ambos deben aprender a ver lo bueno, antes que resignarse siempre con lo malo.


Y ese es justo el momento en que esta comedia amable, tan habilidosa a la hora de jugar con sus tópicos, consigue mezclarlos para hablar de las cosas realmente importantes.

Que la vida no es cuestión de victorias o fracasos, da igual la edad que tengas.

Sino una carrera de fondo, que solo mejora cuanto más entrenas.
 

Nota: 6/10

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