Crítica: 'Calvary' (2014), de John Michael McDonagh


Calificar a Brendan Gleeson como el mejor actor irlandés es muy arriesgado, sobre todo sabiendo que comparte orígenes con gigantes como Peter O’Toole, Richard Harris o Pierce Brosnan. Pero considerarle como el actor más irlandés no es tan descabellado. Y menos tras su transformación en el padre James Lavelle en Calvary. Este orondo sacerdote de una pequeña aldea marítima en el noroeste irlandés encarna los vicios y virtudes de gran parte de los habitantes del país: es amable, con buen corazón, religioso, antiguo alcohólico y, por supuesto, pelirrojo.

Este paradigmático sacerdote es el párroco de un pueblo no menos prototípico. Pero no son los idílicos clichés de El hombre tranquilo (The Quiet Man, John Ford, 1952) los que nos muestra John Michael McDonagh, sino la agridulce realidad de un país en el que solo ahora que ya es demasiado tarde se comienzan a descubrir los extendidos e impunes casos de pederastia en el seno de la Iglesia católica.

Son precisamente la culpa y el dolor que uno de estos casos ha provocado los que desencadenan Calvary. Sin rodeos, en la primera escena escuchamos a un hombre invisible confesar al padre Lavelle que de niño fue violado repetida y salvajemente por un sacerdote. Por eso, dada la sinrazón del crimen y la imposibilidad de castigo del verdadero culpable, el feligrés informa a Lavelle de que en una semana piensa asesinarlo. No por sus errores, sino precisamente por tratarse de un cura bueno.

Comienza así una cuenta atrás de domingo a domingo, un thriller calmado, en el que vamos descubriendo los distintos personajes del pueblo, candidatos a convertirse en asesino. Todos, en mayor o menor medida, son pecadores, infelices y atormentados por su pasado. Es difícil descubrir qué se esconde tras sus silencios, tras sus comportamientos estridentes, pero tampoco nos preocupa, porque la introspectiva que de verdad nos interesa es la del padre Lavelle, al que vemos dudar y debatir internamente.

A él se acerca la cámara con frecuencia, con abundantes planos cortos, que nos permiten apreciar la magistral actuación de un Brendan Gleeson contenido, dubitativo y casi inescrutable, pero capaz de inundar la pantalla con su presencia. Esa presencia es a veces marejada, como la mar que se precisa para practicar surf, pero el resto de tiempo transmite comprensión y calma.


Porque solo en esa calma podemos reflexionar sobre los temas que plantea el filme: el pecado en cualquiera de sus formas -desde el suicidio a la acumulación de riqueza, pasando por la violencia o el adulterio- el arrepentimiento, la confesión... Todos ellos, parte del proceso de expiación que impone la Iglesia a sus fieles, pero que no se aplica a sí misma al no estar dispuesta a reconocer sus errores y pagar por ellos.

Esos errores -más que errores, crímenes- de la Iglesia son lo que Calvary denuncia. Pero el espectador solo puede pensar en ellos brevemente, porque la amenaza de muerte y el discurrir de personajes le quitan protagonismo. A lo que contribuye la constante presencia de la muerte, que se tematiza una y otra vez. Y junto a ella, ese humor negro tan irlandés, que aligera temas tan complejos y dramáticos.

En ese contraste también reside parte de la esencia de la película: el humor choca con el drama, igual que los primeros planos de Gleeson lo hacen con las panorámicas del paisaje irlandés; igual que el perdón se confunde con el pecado, y la vida, con la muerte.

Lo mejor: Brendan Gleeson y los prototipos irlandeses
Lo peor: que la denuncia no sea más intensa
Nota: 7,5

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