Crítica: "Ballerina" (2016), de Eric Summer y Éric Warin


Qué fácil sería mirar por encima del hombro a 'Ballerina'.
El encantador entusiasmo de su protagonista Felicia, la graciosa torpeza de su amigo Víctor, el subrayado de su gusto por el baile, la serena seguridad de los mentores, la fealdad obvia de los villanos... parecen todos esos lugares típicos que siempre se visitan cuando se habla de animación.
Pero quiero pensar que la película es consciente de ello, y se guarda su verdadera cara para descubrirla poco después de la enésima persecución frenética.

La Gran Ópera de París refulgiendo en dorado y mármol, templo de los sueños y las esperanzas.
Una muchacha pelirroja entrando en sus misterios nocturnos, aprendiendo por primera vez que lo que a ella le gusta es grandioso y podría decirse que infinito.
Y una bailarina en la penumbra del escenario, saltando con gracia a la inmortalidad en los ojos de esa huérfana.
'Ballerina' habla de la pasión por el baile, y está tan enamorada de lo que cuenta que consigue transmitírtela en toda su extensión.

Felicia puede que no tenga los medios para lograr su sueño, pero si tiene las ganas que hacen falta para perseguirlo, y a veces eso es lo único que hace falta.
Su huida a París junto a Víctor es fruto de esa energía, de ese ansia por llegar cuanto antes al destino. Pero otra cosa que esta historia hace bien es que no rehuye sus ángulos adultos: un sueño también requiere paciencia, distancia, precisión.
Canalizar toda una vida en un momento, para que otro pueda apreciarla.
O como le acaba por decir su eventual profesora Odette: "condensar toda tu rabia, tu tristeza, tu alegría y tu deseo, y plasmarlos en tu danza".



Ella en primer momento carece de esos mentores que le aconsejen qué camino tomar, solo tiene el entusiasmado pero prudente consejo de Víctor, y por eso, con más descaro que valentía, se hace pasar por una bailarina en la Ópera, tan fascinada por la brillantez de su meta que se olvida de contemplar todo lo demás.
El mismo espíritu divertido y sin complejos que recorre toda la película se puede ver en sus esforzados pero poco gráciles pasos de baile... hasta que le señalan que eso no basta.
Es entonces cuando la historia toma un inesperado giro maduro, coincidiendo con la alegría súbitamente interrumpida de Felicia y el desengaño de que no todo le saldrá bien.

Una profesora podrá decepcionarse por mucho que le repitas que estás preparada.
Un amigo puede dejar de estar nublado por tu felicidad, aquella que Felicia le daba a Víctor sin saberlo ("no sé por qué estás feliz, pero es genial").
Y desearlo mucho puede no ser suficiente, igual que tampoco lo era empezar a bailar.
Hasta determinado momento, la fortuna de Felicia va ligada al azar y a su actitud en gran medida, dos elementos que te echan a andar pero nunca te llevarán lejos.



Es solo después, cuando lo desea de verdad, cuando se da cuenta de que si no baila todo lo demás carece de sentido... cuando su sueño conspira por hacerse realidad.
Y yo agradezco a esta historia que el mismo empeño que pone en el frenesí animado lo ponga en las emociones sutiles, los arrepentimientos difíciles de asumir y los momentos que lo cambian todo.

No existe pasión que no pida expresarse, de igual manera que no hay ambición que no necesite moldearse.
Pero tampoco hay que olvidar que un sueño se vuelve menos imposible cuanto más puro, cuanto más se desea y más se pone el corazón en conseguirlo.
Son dos de las maravillosas enseñanzas que deja una historia tan enamorada de lo suyo como su protagonista.

Nota: 8 /10

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