Crítica Nº2: 'Silencio' (2017), de Martin Scorsese. Luces y sombras de la fe

Scorsese retoma la temática religiosa ya tratada en “The Last Temptation of Christ” y “Kundun”, con su obra más compleja y completa sobre ésta, haciendo gala de sus infinitos recursos como director, lastrando la obra, eso sí, con un excesivo metraje marcado por la reiteración. 


El problema de someter de forma explícita la problemática de la contradicción que nace en el seno de la doctrina cristiana a la luz de la razón, es, quizá, crear alrededor demasiadas sombras. Dreyer las cubrió con la luz difusa de su precioso misticismo y Bergman planteó su eterna duda (precisamente sobre ese Dios callado), con una sutileza extrema, definiendo un perfecto claroscuro. Scorsese, temerario, construye un particular viacrucis psicológico recorrido por su agónico protagonista, interpretado por un más que decente Andrew Garfield, en torno a la pregunta directa que pone el foco, precisamente, en lo risible de su irresolubilidad.   

¿Es lícito pisotear (literalmente) mi fe para salvar a otras personas del sufrimiento? La pura bondad que predica Cristo acompañada de la negación, ¿es lícita? ¿Es el hombre, en su insignificancia, capaz de acertar a la hora de tomar una decisión de semejante calibre? ¿Por qué calla Dios? ¿Dónde están las respuestas?

Es este el conflicto principal del personaje que se construye a lo largo de la narración en torno a la identificación del protagonista, un decidido sacerdote jesuita, con el propio mesías y su calvario; el reflejo (de nuevo literal: preciosa escena en la que su cara se funde con la de Cristo en el agua, con quien comparte indudables rasgos físicos) del salvador puramente humano que ya vimos en la nombrada “The Last Temptation of Christ”. Conflicto sin duda irresoluble que Scorsese se encarga de reiterar hasta la saciedad, algo que puede agotar al espectador que no esté interesado en esas cuestiones propias del creyente crítico, o del atraído, como el que escribe, por los aspectos socioculturales y antropológicos de las creencias religiosas. 

La parte más interesante de la película puede que sea precisamente aquella en la que se discute la posibilidad de la implantación del dogma cristiano en una cultura tan distante a la Europa del siglo XVII como la japonesa, cuestión que plantea el brillante personaje interpretado por Liam Neeson, hombre que ha dejado a un lado la duda adoptando un enfoque pragmático, cuya aparición supone un indudable agregado a la complejidad e interés filosófico del film. 



Por otra parte, una de las virtudes más destacadas del director es el enfoque descarnado con el que plantea las escenas de violencia y sufrimiento que intensifican la potencia dramática de la agonía y el debate interno del protagonista: éste, libre del castigo físico, tiene que hacer frente a su responsabilidad para con los pobres mártires japoneses, y el espectador no se ve libre en ningún momento de compartir esa terrible visión que le acompaña. Escenas que no tienen nada que envidiar en crudeza a aquellas terribles escenas de violencia extrema ya mostradas en películas como “Casino”. Violencia ejecutada por el magistral personaje del inquisidor Inoue, un antagonista de peso excelentemente interpretado por Issei Ogata (ese controlado tono desenfadado que oculta al monstruo, esa risa); el encargado de poner a prueba al joven jesuita. 


Es notable que en los recovecos de un tratamiento narrativo racional y realista, Scorsese deje entrever su faceta de poeta visual, de maestro del cine de recursos incalculables, que tan bien se ajusta, en los momentos oportunos, a la temática piadosa. Hay escenas de tremenda belleza que bañan a la película (entre la intensidad de la violencia, la pregunta y el intercambio de ideas filosóficas) de un agudo simbolismo místico, que en ningún caso desentonan ni lastran el ritmo narrativo. 



Lo que realmente puede descolocar al espectador es, probablemente, la reiteración de la problemática y un arranque demasiado tenue, que deja a los personajes desconectados de su objetivo principal durante buena parte del metraje, perdidos en preguntas sin respuesta. Esas mismas preguntas que se desarrollan posteriormente y que atraerán sin duda al espectador especialmente interesado, como Scorsese, en el silencio de Dios.   


Nota: 7/10

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