Review Black Mirror 3x03 - "Shut Up and Dance"




Este tercer episodio de la tercera temporada se perfila como el más frenético y verosímil de ésta, proponiendo, más allá del puro impacto, una reflexión explícita sobre una problemática que ha legado la globalización informativa y el uso de la red: los límites de la privacidad. Brooker destila todo su potencial como experto en la narración exaltada en esta, característica de su trabajo, historia extrema con forma de thriller. 


En este caso, el autor inglés parte de la ventaja de no necesitar crear un mundo distópico básandose en algún rasgo real contemporáneo, con todos los problemas que ello conlleva y que ya han lastrado otros episodios de la serie: La historia ocurre en nuestro mundo, en nuestros días, con personajes de psicología reconocible. Este escenario actual, aquel que también acogía la historia de aquel memorable, por sorpresivo, primer episodio, "The National Anthem", contribuye a descartar la duda sobre si la problemática propuesta es o no verosímil, centrándose el episodio en un interesante tema de actualidad, construido en torno a un personaje con un poderoso conflicto, capaz de causar empatía.

La historia se inicia con la desventura de un joven convertido en la marioneta de un desconocido que ha invadido su privacidad y amenaza con hacer pública un supestamente  común sesión de onanismo grabada con la cámara de su propio ordenador portátil. Esta premisa, más contemporánea y comprensible en nuestro contexto (lo que ocurre en un principio, literalmente, puede pasarle a cualquiera) que las planteadas por otros episodios de la serie, fomentan una identificación instantánea con el desafortunado protagonista, ese adolescente inadaptado fantásticamente interpretado por Alex Lawther (al que conocemos por interpretar al joven Turing en “The Imitation Game”). 

A partir de ese momento se inicia una ascensión en la que el personaje debe decidir hasta dónde llegar para no quedar expuesto, acompañado de otro perjudicado envuelto en la misteriosa trama en torno a los secretos que no deben ser desvelados (interpretado por un también notable Jerome Flynn).
En esta tesitura el misterioso antagonista guía al joven hacia la transgresión de sus propios límites morales, comenzando por pequeñas pruebas, hasta llegar al robo y el asesinato, en una no muy original pero aceptable escalada de tensión notablemente dirigida.

Es comprensible que el espectador se pregunte, teniendo en cuenta la premisa, si tales trasgresiones morales son necesarias teniendo en cuenta el nivel de la amenaza a la que los personajes se ven sometidos (esa exposición de su privacidad), pero Brooker no deja dudas en la revelación final: los secretos que guardan los personajes son mucho más sensibles de lo que aparentaban.

Tras dicha revelación, que nos indica que todos los perjudicados tienen un espantoso secreto en común, punto acertadamente sembrado en el guion, con mucha sutileza, Brooker incita a la reflexión que confronta la elaborada proyección empática del espectador hacia el personaje caído en desgracia, con la envergadura de su pecado: ¿Hizo bien el antagonista en destruir la vida del joven y los demás personajes teniendo en cuenta lo que hicieron? ¿Es una espantosa broma macabra (subrayada acertadamente en el plano estético por el conocido meme “troll”) o un acto de justicia en la era internet?



Es en este acerado giro, clásico de Black Mirror, donde las acciones de los personajes, a priori demasiado exageradas, cobran sentido en un contexto mucho más oscuro. Brooker consigue que nos sintamos incómodos tras haber considerado al protagonista una víctima, proponiendo un curioso juego de trasposición al que contribuye la caracterización física y psicológica del personaje, arquetipo del adolescente maltratado por su entorno. 

El episodio, en conclusión, funciona como un thriller ágil, quizá algo convencional en su planteamiento, con algún agujero de guion, pero capaz de hacernos pensar, con un golpe en la cara, sobre cuestiones tan en boga como los límites de la privacidad en un mundo donde cada vez estamos más vigilados.  


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