Review Black Mirror 3x02 - "Playtest"




El segundo episodio de esta tercera temporada de Black Mirror se desmarca del nivel de calidad medio de la serie. Brooker crea una historia convencionaloide donde la señalización de los peligros de un futuro cercano se difumina en una historia de terror mediocre y llena de clichés de cineasta de género novato. 

La serie se ha caracterizado, en estas tres temporadas, por un versátil acercamiento narrativo a las problemáticas de la realidad tecnológica actual, brindando episodios a veces construidos en torno al impacto, a la sátira extrema (The National Anthem es el mejor ejemplo), que, si bien pecaban por inverosímiles, eran capaces de marcar a fuego al espectador. En otros casos (para el que escribe, los mejores), el espectador podía encontrarse con reflexiones más comedidas, con personajes más complejos, más humanos; episodios en los que la ciencia ficción servía como contexto para la brutal peripecia de un personaje consumido por sus defectos, por su propia humanidad (The Entire History of You).

En el caso que nos ocupa, Brooker no es capaz de sorprender, ni de invitarnos a la reflexión, ni de generar empatía hacia su endeble y planoide personaje protagonista, que pide a gritos un trasfondo psicológico con el que explotar el vasto potencial del argumento. 

La historia cuenta la peripecia de un viajero norteamericano en Londres, que, al quedarse sin dinero, decide ser conejillo de indias en la prueba de la versión experimental de un aparentemente  inofensivo videojuego de realidad virtual que pretende revolucionar el género de terror en un entorno hiperrealista. Podemos hacernos a la idea de las inmensas posibilidades que denota esta premisa: el personaje frente a sus más profundos miedos y conflictos vitales, confundido, sin saber en ningún caso dónde empieza y acaba la realidad…

Sin embargo, tanto si el autor pretendía elaborar una exploración de los posibles miedos de un ser humano en relación a la llegada de la cada vez más conseguida experiencia de la realidad virtual, como si pretendía generar un impacto alertando sobre ésta, no consigue ninguna de las dos cosas. 

Una de las claves del desacierto de Brooker se encuentra en esos primeros quince minutos del episodio, que se pierden en una intrascendente charla del protagonista con su ligue en Inglaterra, y que podrían haber servido para sembrar la información sobre esas experiencias traumáticas del protagonista, dando lugar a la posterior escalada del personaje por la montaña de sus más profundos temores.

Por el contrario, esa escalada nos presenta únicamente tópicos de baratillo in crescendo: el protagonista se encuentra, en ese clásico caserón abandonado que servirá de escenario para la creación de la ya trillada ambientación, a una araña, al matón que le pegaba de pequeño, al matón-araña CGI (esa absurda combinación de las dos anteriores), la supuesta traición de la chica que acababa de conocer previo giro de guión que apunta a una llamada de atención sobre una posible conspiración de la empresa de videojuegos… y así hasta el final de la escalada terrorífica. 



Ese final deficiente que, de alguna manera, debería mostrarnos el impactante conflicto psicológico del protagonista elevado a la enésima potencia; en este caso, la difícil relación con su madre. Una relación de la que el espectador apenas tiene conocimiento, tremendo muro para la empatía, y que debería haberse desarrollado con esmero para redondear al personaje.



Sin embargo, no es este un episodio en el que a Brooker le importe demasiado su deficiente protagonista: el verdadero final (ese giro previsible, por otra parte) es esa fatal vuelta a la realidad tras ese “sueño dentro de un sueño”, en el que el espectador descubre que todo ha acontecido en menos de un segundo, en la mente del protagonista, a causa de un fallo en el programa… producido por algo tan estúpido como la interferencia del teléfono móvil.





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