Review Black Mirror 3x01 - "Nosedive"


Charlie Brooker arranca esta temporada con las mismas luces y sombras a las que nos tiene acostumbrados en su peculiar llamada de atención, sátira y denuncia sobre los peligros de la nueva tecnología y la deriva humana en la era de la información.

Si algo ha demostrado el “showrunner” inglés, es su gran capacidad de adaptación a la hora de explorar diferentes géneros que sirvan de vehículo para historias más o menos extremas en pos de impresionar al espectador con ese subtexto inherente a todas ellas que dice: “tú podrías ser el personaje, tú podrías formar parte de esto, no estamos tan lejos”.  

Esta tercera temporada comienza con un drama satírico de ciencia ficción que llama a las puertas de la reflexión por medio de una efectiva (también efectista, pero esto es Black Mirror) exageración sobre la tan extendida obsesión por el escaparate personal en las redes sociales. 

La gran parte de quienes las usan habitualmente (y si estás leyendo esto, puedo darlo por hecho), no podrá evitar preguntarse, después del episodio, acerca de su uso y de cómo éste se relaciona con la autoestima del usuario, y hasta qué punto es necesaria esa exposición desmedida y, esto ya está demostrado, adictiva.

Brooker nos presenta una de sus habituales distopías: un mundo donde la importancia de tu reputación en la red social tiene consecuencias en tu vida. O quizá donde, más precisamente, tu vida se ha fusionado con la red social. Ya no es una fotografía cualquiera, una opinión, o una publicación determinada lo único que se valora: el usuario de la fantasía del episodio está sujeto a ese “like”, a esa puntuación, en todos los ámbitos de su vida pública y privada; un comportamiento mal considerado por la comunidad puede condenarte a un ostracismo tan digital, tan virtual, como real.

En este contexto se desarrolla el curioso intento de escalada de la protagonista (una fantástica Bryce Dallas Howard), que lucha por hacerse un hueco entre la casta con mayor reputación en la red social, que además disfruta de una especial consideración que se traduce, incluso, en bienes materiales (poder vivir en esa idílica urbanización).

No se le puede reprochar en este caso a Brooker, como sí podría hacerse en otros episodios, no haber cuidado la construcción y evolución de su protagonista. Ese característico “hachazo” nos llega esta vez de la mano de la empatía, construida la reflexión en torno a la progresiva humanización del personaje en función de la creciente desventura, del conocimiento gradual acerca del mundo en el que habita: ese reflejo (roto) del nuestro propio.

Al director, Joe Wright, experto en la puesta en escena llamativa, le viene como un guante esta historia de estética acertadamente cursi y extrema, desarrollando el crescendo que deviene en la caída de la protagonista de forma notable. 

Puede que uno de los fallos principales del episodio sea, en contra de lo que nos tiene acostumbrados esta serie, la falta de impacto en el momento climático. La protagonista, a pesar de tener tantos argumentos para aplastar, aun verbalmente, al infame sistema y a la gente que lo representa, se queda corta en su alegato de denuncia. Brooker, sin embargo, pone la guinda al episodio con ese entrañable canto a la libertad tras las rejas, que deja un buen sabor de boca.


Por otra parte, este sí, defecto habitual en Black Mirror, la sátira desaforada nos aleja de ese anteriormente comentado “no estamos tan lejos”. Muchos de los universos de Brooker presentan realidades demasiado deformadas para tomárselas en serio, provocando, en ese salto constante entre el humor y el terror, más la sonrisa que el escalofrío. 

Si bien es cierto que las redes sociales han fagocitado buena parte de la vida social, que existe esa decadente explosión de exhibicionismo vacuo y que la realidad se abandona a la virtualización y se deforma a pasos agigantados… ¿estamos tan cerca? Puede que Brooker exagere… un poco.    



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