Crítica de Cine: "Que Dios nos Perdone" (2016), de Rodrigo Sorogoyen


Asesinos en serie, crueldad policial, miseria humana y social.
Suelen ser cosas derivadas unas de otras, pero casi siempre se sienten separadas cuando se ven en las noticias.
Uno no puede concebir que alguien asesine metódicamente por placer, no, "eso no pasa" (aquí en España). Tampoco tiene sentido que aquella anciana del tercer piso fuera golpeada hasta la muerte, fijo que tuvo un ataque o simplemente le llegó la hora.
Y qué asco los maderos tío, siempre dando por culo.

En 'Que Dios nos Perdone' todo eso está relacionado, por unos hilos tan finos que solo se percibirían si se viera todo el proceso desde fuera, como hace el espectador.

El de homicidios que hace tiempo tuvo una sanción por comportamiento y por eso ve los casos desde el cinismo más absoluto. El retraído tartamudo que se esfuerza en replicar las muertes para poder comprenderlas, y por eso se ha ganado el respeto/rechazo de todo el cuerpo. Los inevitables circos sociales que se montan para que el país quede bien, y que conllevan el ocultamiento de todo lo que pueda sonar a turbio, prohibido o sucio.
Es fácil repudiar el chiste cuñadil del principio que cuenta Javier Alfaro, el de homicidios, pero detrás de él se esconde una verdad atronadora, que busca salir a la luz a la mínima ocasión: que este es un país de cabrones, de cabreados, y de apariencias.



Pronto él se dará cuenta, al seguir la investigación de un asesino de ancianas junto con su compañero tartamudo Luis Velarde, y darse cuenta de que el peligro no radica en el asesino, sino en la enorme red de intereses que la rodean.
Sorogoyen no pierde la ocasión, como en toda buena investigación policíaca, de retratar la sociedad circundante, y hacerla indirectamente responsable de los triunfos del asesino: la JMJ del 2011 está cerca, y se deben celebrar los triunfos del amor y la convivencia, ni una palabra a los medios sobre el peligroso violador. Y dan verdaderos escalofríos ver imágenes televisivas de supuesta paz y amor alternadas con violencia y saña, como si fueran dos espectros inseparables que nos empeñamos ver solamente en su cara positiva.
Los mismos que habitan en Alfaro y Velarde, casi sin que ellos puedan evitarlo: la película juega, inconscientemente, levemente, con la posibilidad de que alguno de ellos, en sus violentos comportamientos y graves carencias emocionales, se haya podido transformar en algo muy parecido a lo que están buscando.
Probablemente no lo sean (unos grandísimos Antonio de la Torre y Roberto Álamo hacen valer cada rastro de amistad que se les nota), pero lo preocupante es la posibilidad que asoma.



La posibilidad de que cualquiera podría ser, no un asesino, sino alguien tan violento como un asesino.
La sensación de que poco se puede hacer por evitarlo.
La certeza de que son cuatro cosas las que les separan de vivir normalmente y ser la escoria que están buscando.

En dos horas, sutilmente, se desmorona el hombre de a pie y queda algo que no sabemos si somos.
Pero el gustazo no es que una película tan redonda se haya podido hacer en España, sino ese final respondiendo a la pregunta que no podemos evitar formular.
No, no hay perdón posible. Y lo que violentamente empieza, violentamente acaba.

Nota: 7/10

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