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Crítica de Cine: "High-Rise" (2015), de Ben Wheatley

Es curiosa la forma de presentar el espacio del 'High-Rise'. Siempre vemos al imponente ...


Es curiosa la forma de presentar el espacio del 'High-Rise'.
Siempre vemos al imponente y moderno edificio desde fuera, o inmersos en la vida en sus pasillos, habitaciones y balcones, como si de dos cosas distintas se tratara. Nunca hay un plano que nos ubique geográficamente, que nos haga de verdad saber "dónde está cada cosa".
Por lo que, presentado así, el High-Rise se antoja un gigantesco microscopio, que solo nos da las respuestas si miramos más de cerca, a través de su lente. Desde fuera no vemos lo que hay dentro, pero en el interior está todo lo que puede existir.

Y lo que existe, al menos en opinión de Ben Wheatley, es asqueroso y feo, algo que necesita de una cobertura exterior impoluta, de hormigón y metal, que le dé la apariencia deseada de perfección que su arquitecto quiso, como "un dedo en la mano extendida de Dios".
La fealdad a la que tendemos es la idea principal tras toda la historia, que se subraya compulsivamente a través de planos lisérgicos, casi surrealistas, tras los que nace una sensación de caos, que se acerca imparable pese a nuestros esfuerzos por creer que no nos pertenece. Esta película sería el cubierto desordenado en una mesa perfectamente puesta, o el libro que asoma en la fila cuidadosamente lineal de la estantería... una celebración de nuestra capacidad para desencajar la armonía.
El doctor Robert Laing realiza al principio una operación cirujana abriendo el cráneo perfectamente normal de un hombre, dejando que nos demos cuenta, con detallista placer, de que tras nuestra carne común se esconde una desagradable calavera de sonrisa perpetua. Ocurre lo mismo en el edificio al que entra como nuevo inquilino, donde tras las paredes se esconde la esencia de nuestra humanidad, una comunidad de vecinos que celebra sus vicios y sus comodidades.



De hecho, cuando al principio Wheatley elige abrir con Laing viviendo en aparente desorden y oscuridad, la primera sensación es de rechazo: creemos que vive horriblemente, porque un ser humano social jamás viviría así, nos lo dice nuestra propia naturaleza.
Sin embargo, pronto veremos al doctor entrando a vivir en el High-Rise, un universo de líneas rectas y limpias superficies, que alberga en su interior todo tipo de personajes, adaptados perfectamente a una vida en sociedad en la que siempre se mira lo que hace el vecino.
Tanto es así, que cada persona que se encuentra Laing tiene una función perfecta dentro de ese entorno: Charlotte Melville es el nexo sexual y aparentemente misterioso entre hombres y mujeres, Richard Wilder es el bestia detonante de una sociedad necesitada de estímulos violentos, mientras que Anthony Royal es el arquitecto principal que vive en un ático majestuoso soñando con terminar perfectamente el casi perfecto rascacielos. Junto a otros, ellos forman el organismo en movimiento perpetuo de un edificio que vive de sus enfrentamientos, como un ser humano vive de la sangre en sus venas.

Laing intentará encajar en esa disposición impenetrable de factores que no admiten más espacio, sin darse cuenta de que no tendría por qué hacerlo. Es a él quien, precisamente, le dicen que está mejor desnudo, descubierto, porque él al contrario que los demás carece de la perversidad para imponerse en ese sistema, mientras que otros ocultan sus represiones bajo abundantes capas de frivolidad.
La imagen de Robert Laing, repetido hasta el infinito, en un ascensor tras la enésima humillación tratando de buscar aprobación, un ascensor que él mismo ha parado, representa su cruzada personal: ahí toma la decisión de ser invulnerable, impermeable a las trangresiones de su sociedad, de una fiesta a la que no le han invitado.



El comentario social se extiende en los detalles de vida del High-Rise: una infernal sucesión de planos denuncia el modo de vida hasta el hartazgo, mucho de mucho y nada de todo, la rutina inacabable de ducha, levantarse, gimnasio, vestirse, comer, ir a una fiesta, trabajar, buscar el coche... una vida sin fin, sin pausa, una vida en la que nos hemos olvidado cómo dormir, como menciona la desbordada Helen Wilder, porque al fin y al cabo no tenemos el tiempo en ese bucle infinito.
Nos hemos acostumbrado que la sociedad perfecta se defina solo por una imagen perfecta, pulcra, con supermercados de juguete donde se puede encontrar todo lo necesario y se celebran promociones estúpidamente arbitrarias, con reuniones sociales donde el menosprecio se oculta en palabras educadas, cuando este microscopio que observamos nos prueba que estar cuerdo en semejante locura es una utopía: el edificio era perfecto en su concepción, solo que no tuvo en cuenta la entropía, la suciedad y la confusión que acompaña al ser humano.

De ahí el momento en que una caída a cámara lenta sea minuciosamente retratada por Wheatley: quiere captar el momento exacto en el que se rompe la cortina de civilización, y se anuncia a grito pelado la terrible verdad expuesta, de que cualquier impulso de destrucción puede acabar siendo disfrutado. Laing aprende de Wilder a disfrutar de su ansia de destrucción, del impulso rabioso propio de un suicidio, que todos miran pero nadie hace nada por evitar, porque el morbo lo llevamos grabado en la sangre.
Es el perfecto pistoletazo a la anarquía, la excusa que llega cuando el orden se demuestra ausente y carente de normas; un orden que ya no existía desde que todos pretendieron vivir en una gran comunidad



Laing pasa entonces a vivir en su maravilloso mundo feliz, ajeno a compararse con ninguna clase por lo que le falta o le sobra, porque solo necesita de su afición a la pintura para dibujar su verdadero paraíso, azul y perfeccionista.
Muy al contrario que el vecino necesitado de controlar la basura que los demás tiran, o la cajera necesitada de que alguien note su repentino aprendizaje de francés. Hombres y mujeres que se fuerzan a encajar con otros, condenados a compartir un paraíso que nunca será tal precisamente porque es compartido.

Pero no es raro que suene música clásica cuando vemos bailar a hombres y mujeres, feos y desagradables, con movimientos estúpidos: es la verdadera armonía social, del hombre aceptando gloriosamente su decadencia porque sin ella perdería todo el sentido. Conservando, eso sí, su dignidad.
Las reuniones de ricos imbéciles en su lujoso salón, rodeados de bolsas de basura y con ropas harapientas, discutiendo de su siguiente fiesta, nos da una idea de lo cómodos que nos sentimos cuando nos dejamos llevar por los impulsos.

En el caos, destaca la cruzada de Richard Wilder por rodar un documental sobre el edificio, destapando psiques podridas deformadas por la oportunidad, retratando vídeos de suciedad real que nadie puede distinguir ya del convincente informativo.
Un presentador de televisión follando por el culo a una mujer solo recibe de su marido el comentario "él sale muy convincente". Como si todas las barbaridades que pudiéramos cometer ya estuvieran socialmente aceptadas, algo no muy lejos de nuestra propia realidad.



Ben Wheatley convierte así a 'High-Rise' en la perfecta parábola de nuestra sociedad, proporcionando una negra reflexión al respecto que seguro no gustará a muchos.
Simplemente sirviéndose de una estética indeterminada a caballo entre varias épocas, que dibuja a los seres humanos como animales nunca preparados para vivir juntos, a menudo limitados por las normas sociales en su crueldad, que sin embargo acaba por salir a la luz a la mínima oportunidad. Todo es apariencia, no existe la empatía en un sistema en el que el futuro es un crisol de diferentes ambiciones jugando a entenderse.
Queda una última patada a la estupidez del hombre: el niño que ha resultado adecuada conciencia y doble infantil de Laing, escuchando las banales noticias de política en un trono hecho de juguetes, fumando su pipa de burbujas, sabiendo que no son los gobernantes los que importan, que eso es solo algún ruido de fondo de su sociedad.

Es la adecuada prolongación de la reflexión final: Robert Laing, en ese principio que juzgamos en desorden y oscuridad, es perfecto, está viviendo en verdadera armonía.
Revolcado en su propia mierda, rodeado de las ruinas de su civilización, ajeno a los demás.
Es como la verdadera sociedad debería ser: individual, libre y sin posibilidad de comparación.

Nota: 8/10
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