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Crítica: "La Venganza de Jane" (2016), de Gavin O' Connor

Debería ser 'Jane cogió su Fusil'. O, en su defecto, su pistola. No es 'La Venganza ...


Debería ser 'Jane cogió su Fusil'. O, en su defecto, su pistola.
No es 'La Venganza de Jane'. Natalie Portman no sale a buscar la sangre de nadie, y no hay satisfacción ninguna en todo el camino.
Esto no es el relato glorificado de una mujer que un día dijo basta, sino más bien la historia crepuscular de una esposa/madre/ama de casa que se cansó de huir de los fantasmas que no dejaban de perseguirla.

Ahí es donde está su mayor virtud y a la vez su mayor falla: Jane vive tranquila en su rancho familiar hasta que un buen día el pasado la alcanza, y pudiendo correr esta vez no lo hace. Pero no es mucho más que eso.
La propuesta es tan árida que impide que nos acerquemos a las personas que la pueblan, y en su lugar solo aparecen arquetipos, hombres arrepentidos y una mujer de mirada dura pero doliente, como tantas veces hemos visto en el Lejano Oeste.
Un Oeste despoblado de otras mujeres que no sean prostitutas o índigenas, siervas de hombres, que recalcan la independencia de esta mujer que ha logrado, a su manera, hacerse una vida a la que puede llamar propia.



No se escapa este ángulo de la historia en la visión general: Jane es una superviviente en un entorno que pese a las apariencias nunca la ha dado una mano para sobrevivir. Es la máxima expresión de que una mujer todavía puede vivir como ella quiera, aún cuando muchos no lo piensan así.
Por eso probablemente sean más fuertes, más terroríficos, los momentos en los que dicha independencia se ve amenazada, como cuando un rastrero criminal intenta violarla, queriendo tumbar su fachada de mujer curtida en condiciones adversas. Se trata de un instante de genuino pánico, porque atenta directamente a una muralla cuidadosamente construida, y porque por una vez somos capaces de atisbar en Jane el ser roto que una vez fue.
Es un oasis entre un mar de tiempos muertos, que confunden contención con tranquilidad, y artificio por fuerza. Nunca nos llega a dar miedo la banda del supuestamente temible Bishop que la persigue, porque nunca llega Jane a temerles, y es imposible que Ewan McGregor en traje con sonrisa divertida llegue a caer mal.

Dan Frost se convierte así en la única ancla emocional que permita algo de interés en esta pequeñita historia: un antiguo conocido de Jane, que pasará a desvelarse como algo más a medida que se estrecha el cerco de Bishop.
Es imposible no sentir, primero su gruñona disposición, su seca comprensión, y más tarde su pena callada por las oportunidades perdidas. Si Jane es el símbolo de la mujer independiente en este desierto, él deberá ser la viva imagen del hombre fronterizo acosado por un pasado que se le escapó de las manos.
Sus recuerdos con Jane están llenos de un sol cálido y vegetación paradisíaca: todo lo contrario del yermo secarral que la vida les ha acabado dejando.


Es esa pequeña intrahistoria la que atesora el verdadero punto fuerte de un por otro lado rutinario asedio, que no consigue ser crudo ni salvaje, dejando la sensación de que a nadie le interesaba demasiado.
El final incluso parece dar un paso atrás sobre todo el camino andado: ni sufrimiento ni asunción de errores, más bien todo lo contrario. No seré yo el que niegue el derecho de Jane a llevar la vida que ella quiera... pero me parecía más fascinante cuando la vimos determinada y luchadora que cuando es simple víctima de unas circunstancias contra las que se supone se quería rebelar.

Nota: 5/10
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