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Crítica: "El Amor es Más Fuerte que las Bombas" (2015), de Joachim Trier

Ya en el prólogo, Joachim Trier expresa perfectamente qué es exactamente de lo que quiere hablar...


Ya en el prólogo, Joachim Trier expresa perfectamente qué es exactamente de lo que quiere hablar.
La mano de un bebé agarrando el dedo del padre simboliza ese amor puro, profundo, incondicional, no contaminado por ninguna de las dos partes con expectativas de ningún tipo. Simplemente existe, y es algo que se extiende a su esposa, la que ha dado la vida a la criatura.

Luego, vemos a ese mismo padre deambular por el pasillo de un hospital, para acabar topándose con su ex-novia, a la que oculta la verdadera razón de por qué está allí. Es un gracioso equívoco, a la vez una mentira grande, pero diciendo la verdad probablemente solo conseguiría transformar un gesto de apoyo en una situación incómoda, y ella no se lo merece.

Ambos son dos maneras de querer, y llegan al mismo resultado: estar próximo a otra persona que necesita nuestro cariño.
De estas dos formas, y de su posible convivencia, aún con los que más nos quieren, es de lo que trata 'El Amor es Más Fuerte que las Bombas'.

Jonah Reed vuelve al hogar por la muerte de su madre, encontrando un padre y un hermano pequeño incapaces de comunicarse. Se palpa el peso de una vida familiar en la que nadie necesitó expresar lo que sentía, en un círculo que fue dando vueltas sobre si mismo hasta ser absoluto silencio. Gene Reed habla con su hijo Conrad por móvil, tal vez por inexperiencia, tal vez por miedo, y es incapaz de fingir un mínimo de naturalidad cuándo le pregunta qué está haciendo.

En esa situación, los tres recordarán a la matriarca Isabelle, cada uno según sus vivencias, siendo conscientes de que han perdido el único ancla que les mantenía unidos. En sus recuerdos y programas de televisión ella aparece como figura misteriosa, interesada en los demás pero ausente, quizá por su trabajo como reportera de guerra. Sus fotos, cargadas de fuerza, puntean de vez en cuando la narración, hablando más de ella de lo que lo podría hacer cualquiera de los implicados.



A medida que Jonah ordena sus pertenencias personales, tratando de comprenderla una última vez, encuentra una foto en la que ella parece mirar directamente a la cámara, y entonces su cara, la de las pocas fotos personales que se hizo, se antoja amenazante, plagada de secretos que quizá él no supo ver por el amor que le profesaba. Comienzan las dudas respecto a la única integrante de la familia que realmente pudo dejar su huella en todos.

Sin embargo, más tarde se revela simplemente humana: por eso un plano esencial se recrea en el rostro de Isabelle Huppert, como en las fotos que nos han mostrado, para que, solo con la mirada, podamos comprender sus motivos, sus pequeñas mentiras y omisiones, que luchaban por un bien mayor, como era amarles.

Ella lo cuenta de la manera más sincera que puede: la comunicación nunca será completa con nadie, ni siquiera entre nuestros más allegados.

Solo podemos estar ahí, escuchar y hacer el esfuerzo por comprender lo que los demás han aprendido a ser, igual que nosotros. Una ilusión mutua que jamás seremos capaces de comprender del todo, y así debe ser: puede que hagamos mal, puede que tengamos secretos, puede que nuestras obsesiones personales nos aparten los que nos quieren.

Pero es sencillo hacer un esfuerzo por quererles, y perdonarles también esos inevitables problemas a ellos, para no transformar el apoyo en incomodidad.



Mientras que Jonah y Gene, inconscientemente, sabían esto, Conrad no, y en su lado la historia se guarda una curiosa historia de madurez: una marcada por mentiras que no acepta, mentiras necesarias pero que él cree que agrietan su visión particular del mundo, en la que cabe escribirle una impactante carta de amor a la chica por la que suspiras.

Tendrá que ser ella, el objeto de su deseo, la que tira abajo esa última fachada que su familia no ha podido tirar, cuando le hace promesas vanas tras un rato agradable, promesas de aprecio puro que el miedo a no ser aceptado en el instituto se encargará de borrar, como siempre sucede.

Aunque eso le enseña algo: llega el momento de hablar, y entenderse, se acabó camuflar la comunicación con móviles o realidades virtuales hacia un padre que siempre le ha querido, y siempre le querrá.

Porque queremos a aquellos que, desinteresadamente, nos quieren.
Y porque no queremos que ese amor puro sea manchado por nuestra incapacidad, miedo o inseguridad.

Nota: 7/10
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