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Crítica de Cine: "Brooklyn" (2015), de John Crowley

Muchas veces te ves obligado a irte. Por vida, por trabajo, por circunstancias generales que hac...


Muchas veces te ves obligado a irte.
Por vida, por trabajo, por circunstancias generales que hacen posible tener que irte a otro lugar. En un mundo globalizado en el que vivimos, es poco probable que no te haya ocurrido alguna vez.
Y siempre se dice que nada cambiará, que volveremos algún día, que los recuerdos no se apagarán.

'Brooklyn', una historia del siglo pasado, nos demuestra que no es tan fácil como parece.
Que llegas a otro lugar, y rápidamente solo piensas en volver. Pero que, pasado el tiempo, puede que ese sentimiento de vuelta se diluya entre la gente, el trabajo, los pequeños momentos del día a día; en definitiva, la vida que pasa. Creemos y nos convencemos de que siempre recordaremos el calor del hogar familiar, pero un día nos olvidamos de él sin saber qué ha pasado.
Entonces estamos entre dos aguas, sin ninguna pista de cuál camino tomar, si es que hay que tomar alguno.


Eilis es una adolescente irlandesa sin apenas nociones de Mundo, esa asignatura que solo se aprende al conocerlo, en persona o a través de libros.
Vemos cómo es el trato que mantiene con su madre, su hermana y el mísero trabajo que mantiene por puro hastío. Nada queda en ese pueblecito irlandés para ella, si acaso el cariño que la da su familia, por lo que su partida hacia Norteamérica, el nuevo mundo, casi parece un trámite pequeño, algo para ir tirando, no gran cosa.
Esta historia tiene esa virtud, tan necesaria y a la vez tan infravalorada, de dar cara a las voces de la Historia, y mostrarnos que, entre toda la gente emigrante al otro lado del charco, había muchas que viajaban no necesariamente por desesperación o por ansia de aventuras, simplemente por curiosidad. Vives, te dicen que encontrarás, y tras la promesa de madurez te vas.


No es difícil empatizar con Eilis en su viaje de ida, toda miradas de curiosidad y nervios a flor de piel, excusa perfecta para que una mujer más experimentada la vea como alguien a moldear, explicándola qué va a encontrar realmente al otro lado. Nunca se puede explicar del todo, pero se intenta.
Lo que sigue, más que un romance, es el transcurrir del tiempo, pues en un romance se verían dos puntos de vista, aquí solo vemos como la mirada marchita de aquella irlandesa se transforma en una sonrisa orgullosa. Orgullo porque consigue dejar atrás su crisálida, sin tener que responder ante nadie por sus sentimientos.
La correspondencia sostenida con el hogar familiar se convierte, más que en una manera de vivir (o morir), en un lejano eco de fondo que con el tiempo querremos ver apagarse. Quizá porque creemos habernos ganado nuestro lugar en el mundo, sin que nadie nos recuerde que teníamos otro

Un diálogo revelador tiene lugar, aunque apenas se le da importancia: la única chica irlandesa mayor, que sigue en la casa de huéspedes con Eilis pese al tiempo transcurrido, dice que echa de menos un marido, para acabar diciendo que si lo tuviera echaría de menos la casa de huéspedes.
Apenas un intento, de nuevo en vano, de explicar ese sentimiento extraño que sucede cuando ya se sabe una etapa concluida.



La vuelta al hogar en principio está cubierta con un velo de nostalgia, al ser lo que desde hace un tiempo se ha deseado: la familia y los amigos siguen ahí, queriendo conocer lo que Eilis ha conocido, mientras ella intenta quitar importancia a su viaje. Es imposible hacerlo cuando salta a la vista el cambio, en sus vestidos y sus andares que poco tienen ya que ver con aquella adolescente irlandesa.
Pero solo al escribir cartas se da cuenta Eilis que tiene dentro la huella, profunda y significativa, de aquellas tardes en Coney Island nadando en la playa o de compromisos a media voz en la intimidad del dormitorio. La calidez del hogar es tal porque tiene que invitar a quedarse, pero nadie nunca ha dicho cuál es esa sensación de tener dos hogares, sabiendo que a uno le debes una vida, y a otro solo secos dolores camuflados en cartas de disculpa.

Entonces nos damos cuenta, la verdad: no se podía explicar lo que había al otro lado.
A Eilis nada le queda de esa adolescente, ahora es ella la mujer experimentada, y otra mirada de curiosidad se lo recuerda, a ella, la que nunca pensó serlo.
Es una ironía de la que nunca nos damos cuenta, la de vernos incorruptibles, inmutables con el tiempo, hasta que nos vemos inesperadamente en el lugar del otro... y comprendemos. Todos esos silencios, todas las miradas, todos los secretos que no se han de contar, todas las cartas guardadas entre dos corazones.



Imaginamos la fantasía de volver, y de que nuestra "nueva vida" solo fuera una de esas etapas de nuestra verdadera vida, una que sobre la que recordar y envejecer.
Pero solo era una fantasía, y como tal se desvanece, dejando claro que en la realidad hay más puntos finales, que puntos y aparte.

Nota: 7/10
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