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Crítica: 'Anomalisa' (2015), de Duke Johnson y Charlie Kaufman

Empieza con voces. Miles de voces. Cataratas de voces. Casuales, iracundas, explicativas, compre...


Empieza con voces. Miles de voces. Cataratas de voces.
Casuales, iracundas, explicativas, comprensivas, tristes, cariñosas... una risa nerviosa apuntala de fondo toda la locura que recorre el torrente verbal.
Hay mucho ruido, demasiado para poder prestarle atención, y de fondo está esa aplastante sensación de que es ruido inútil, sin objetivo.

'Anomalisa' es la historia de un oasis de voz en ese ruido.
Contada en un stop-motion extraño y algo rígido, que sin embargo poco a poco se va ganando sensación de realidad con cada pequeño gesto de los muñecos, hasta que solo la hendidura de su cara nos convencerá de que no son reales, se centra en uno de esos llamados "coach" de empresa, ayudadores de todos solucionadores de nada, deseando que todos se callaran de una vez, dejando de soltar palabras que no añaden nada a nada.
Michael Stone vive con una maldición: sabe que el mundo es mediocre, y que está completamente inmerso en él. Nada que le salve ni le alivie, a no ser promesas rancias de recuperar algún tipo de brillantez anterior, por eso repasa constantemente la carta de una antigua amante tratando de sopesar todos los insultos y oportunidades perdidas. Por si acaso.

Escucha con aburrimiento el diálogo anodino de su alrededor, plagado de chistes sin gracia e intentos de añadir algo, pero hace mucho que la chispa se apagó. Sigue apareciendo la pregunta "¿por qué es imposible que vea, ni por un segundo, algo que se parezca a lo que yo creo que es especial?".
Pregunta sin respuesta, y casi tramposa de formular en una era de incomunicación donde todo sabe a lo mismo y nos acostumbramos a ello, hasta al desencanto común.

Entonces sucede, como siempre sucede, lo inesperado.
Una anomalía en ese mundo gris. Una voz que escuchar. Una Lisa, "Anomalisa".
Su tono es la primera voz femenina que escuchamos desde hace un tiempo, después de conversaciones monótonas, y por primera vez la pesadumbre de este mundo animado tan parecido al nuestro se desvanece. Ella convierte en especial cualquier tontería: nunca el "Girls Just Wanna Have Fun" en la intimidad de una habitación de hotel sonó tan bien.
Es la total inversión de la animación tradicional tan asociada a la fantasía, a los romances imposibles entre princesas y héroes que al final se encuentran y que nunca nos dejaban soñar más allá del "vivieron felices y comieron perdices". Aquí está ese mismo sentimiento de plenitud, pero sin ninguno de sus engaños inocentes, como el amor sin sexo o la belleza inmaculada. No, aquí el sexo es entre cuerpos fofos gastados por rutinas de trabajo, y las imperfecciones hacen más bonito un rostro.



Pero aunque se nos olvide en ese paréntesis en el que Lisa no para de hablar (y ojalá nunca parara), si aceptamos la realidad aceptamos sus peajes.
Aceptamos también la desilusión, el espejismo y nuestra propia psique retorcida entrenada para ser satisfecha sin nada más que añadir. Aceptamos que a veces tenemos anhelos secretos solo porque todos nos dicen, con la misma voz monocorde, que no debemos tenerlos. Aceptamos, también, que lo que antes se antojaba especial puede ser otra de esas típicas cosas a la luz de la siguiente mañana.
Y aceptamos (perdonémonos) que luego querremos que Lisa a lo mejor se calle. Solo un poquito.

Por eso quizá no existen las cosas realmente buenas, solo los momentos inolvidables.
Puede ser que por eso necesitemos que los relatos de animación cuenten historias irreales de amor verdadero entre princesas y héroes, no entre gente normal de a pie.
Lo único que marcará la diferencia podrá ser el recuerdo de esa voz, asociada a ese momento, quizá. Ojalá podamos recordarla.


Solo queda aceptar la mediocridad, pero incluso eso tiene las ventajas de pagar el peaje de la realidad: se puede aceptar conscientes de que existe, celebrando que gracias a ella tenemos a veces lo más parecido a algo perfecto (gracias a lo imperfecto, que no se nos olvide)... o podemos lamentarla, incapaces de salir de un estado mental que todos alrededor celebran y usan de excusa.
Incluso el carácter sencillo y casi anecdótico de la historia no deja de redondear por qué es tan especial. Lo pone en el título. Tan solo una anomalía, o Anomalisa.

Nota: 8/10
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