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Crítica: 'Langosta' (2015), de Yorgos Lanthimos

Se oían risas en el cine. Es normal que en cuanto lo horrendo o perturbador asome la cabeza nu...


Se oían risas en el cine.
Es normal que en cuanto lo horrendo o perturbador asome la cabeza nuestra primera reacción sea reírnos. Es nuestra primera línea de defensa: atacamos con carcajadas cuando sabemos bien que nuestra propia miseria está siendo diseccionada sin piedad, porque la otra alternativa sería llorar.
Y, sin embargo, algo queda, una fina capa que se va añadiendo a un retrato nuestro a medio pintar.
'Langosta' es la clase de retrato que asusta.
Uno clarividente y sincero, pero también inquietante porque ¿alguien sería capaz de poner en duda que lo que muestra no está pasando? ¿nadie reconoce, pasado por el filtro de la ficción deformante, ningún comportamiento visto antes?
En la tradición de la buena ciencia ficción, Yorgos Lanthimos no inventa nada, solo crea una realidad exagerada que se revela, risa tras risa, verdadera.


Es nuestro propio espejo el que estamos viendo, roto en mil pedazos, pero en el que aún nos reconocemos. O quizá mejor, nos vemos por primera vez, porque la perspectiva a menudo deja ver todo el bosque.
A un hombre, David, se le rompe el corazón y con ello la voluntad. Deja de luchar y se abandona a su destino. Una situación familiar se vuelve estridentemente irracional cuando vemos que rellena un formulario obligatorio para la estancia en un hotel, en donde le preguntan sus preferencias sexuales (las risas siguen, intensas).
Luego, se le informa de que pasado un tiempo, si no es capaz de encontrar pareja, se transformará en un animal de su elección (las risas se apagan). Hemos pasado del reconocimiento al terror.

Seguimos sin estar lejos de lo conocido, en realidad.
En ese hotel deambulan ya casi los animales que les amenazan a ser: reprimidos, atados, torturados, molestos, desorientados y solos. Conservar la humanidad es un milagro, pero la trampa está en que se puede ser una bestia en traje o en bonito vestido floral.
Hasta el acto más sencillo parece una hazaña en esa soledad: Lanthimos detiene el tiempo para mostrar cómo David siente el peso del mundo en sus hombros al dirigir la palabra a una mujer. Al mismo tiempo, muestra que entre las personas que no han conocido amor puede haber de todo, pero elige añadirle una capa extra de crueldad con taras físicas sencillas, como queriendo sugerir que en una cultura de imagen cualquiera que no se ajuste mínimamente a un ideal de belleza es sensible de quedarse fuera (y a la vez encontrar su media naranja exclusivamente por esa tara, para dar una falsa sensación de normalidad).
También, los Solteros del Hotel cazan a los Solteros del Bosque. Una cámara lenta pictórica subraya la absurdez del hecho, y a la vez lo muestra extrañamente bello como un fresco, como si eso fuera una escena que nos describe perfectamente cual fresco de la Antigüedad; cazar gente sin pareja para evitar que haya gente pudiendo vivir en soledad, menuda provocación.


Podría decirse que todos los personajes se comportan de manera rara, y que quién ha establecido realmente esas reglas por las que se organiza esta sociedad, pero ¿no hemos hecho acaso lo mismo?
¿No hemos hecho de la pareja, la vida en pareja, un pilar esencial difícilmente insustituible? Cualquiera que no haya mirado a un soltero pensando "ojalá nunca estuviera como él/ella" que tire la primera piedra. O cualquiera que no haya mirado alguna vez a su pareja preguntándose "ojalá no descubra como soy y me deje".
Porque esa es otra: la vida en el Hotel, purgatorio de líneas rectas y espacios blancos, no acaba con una pareja, eso solo es la prueba final. Es decir, la "libertad", lo socialmente aceptado en donde ya no te mirarán para susurrar "¿por qué no tiene pareja? debe tener algo raro", solo está a unos pasos de no discutir cuando estés a solas con tu pareja, y nos reímos cuando se dice que un hijo soluciona muchos problemas de entendimiento pero... de nuevo estamos queriendo ahuyentar una verdad inevitable.

Tras vivir bajo el sistema, en la segunda mitad David empezará a vivir contra él.
Y se encontrará con otro extremo, el de la total anulación del sentimiento y la comunicación, en una sociedad oculta de Solteros que ni quieren ser animales ni permiten flirtear con nadie, como queriendo así reprimir un sentimiento de envidia por cualquier romance creciente.
Allí, rodeados de los animales extraños de ver en un bosque (fantasmas y en el fondo terribles recordatorios de destinos pasados), David y una mujer con miopía vivirán un amor prohibido, en los márgenes de dos maneras de ver el amor que no admiten la duda en sus visiones.
¿Por qué si añadimos la duda que nos queda? La horrible revelación de que somos humanos, y de que ni siquiera nosotros podemos cuantificar cuánto queremos a alguien, o cuánto nos engañamos queriéndolo. Pero quizá sea mejor eso que seguir mintiéndose mientras se aceptan las esposas de la esposa/o para evitar la perseguida soltería.


Así, queda solo por responder la duda que resolverá nuestra Humanidad, si somos realmente humanos o hace mucho que somos animales vistiendo trajes o bonitos vestidos florales:
¿Somos capaces de amar? (que no estar en pareja)

La pregunta permanece en el aire, y ni siquiera del todo clara. Se agarra a nuestra mente y no nos quiere soltar, puede que unos días queramos el fondo romántico y otros la sequedad cínica.
Tal vez no haya respuesta, tal vez no queramos responderla. Dudamos. Seguimos siendo humanos.

Nota: 8/10
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