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[Especial 007] Sean Connery para la Eternidad, George Lazenby para un Rato (1963-1971)

Fue en 1962. El mundo nunca fue suficiente, y él hizo que fuera algo más. James Bond era todo l...


Fue en 1962.
El mundo nunca fue suficiente, y él hizo que fuera algo más.
James Bond era todo lo que nuestros padres nos habían dicho que no era el cine, el verdadero cine, solo que pasado por una capa de elegancia y refinamiento. Era la broma malsana, tan hábilmente disimulada, de la que no podíamos dejar de reírnos, la comida que no podíamos dejar de picotear a escondidas, quizás una revista de cómic escondida entre las tapas de un Quijote.

'Dr. No' era todo lo que las películas de espías nunca fueron, y lo que el cine de entretenimiento llegaría a ser.

Ha tenido que cargar con un legado de medio siglo, pero lo hizo de la mejor manera posible: asegurándose de que a su agente secreto no le faltaran las herramientas adecuadas.




A saber, un cochazo casi navaja suiza, un villano siniestramente imposible en sus imperfecciones, una Walter PPK muy a su pesar y el ideal dionísiaco de lo que una chica Bond podría llegar a ser en el cuerpo mojado e hipnótico de Ursula Andress. Todos ellos elementos que se fueron refinando con el tiempo, pero que en esta primera piedra del camino eran tan puros como inocentes en su disfrute.

Puede que el único intento de jugar con las expectativas fuera al principio, con la muerte de un espía de modales exquisitos por lo que en principio se juzga un grupo de inofensivos vagabundos, dejando claro que las amenazas han cambiado y pueden estar en cualquier parte.
Quien entonces le reemplaza era Bond, James Bond: la cara visible de un cambio, abanderado por un Sean Connery que conseguía convertir a un canalla en héroe. En ningún momento tenemos la duda de que era él quién debía escapar de la monumental guarida subterránea y llevarse a la chica, aunque en el fondo sabemos que es mujeriego, bebedor y jugador como el que más.
Y en el fondo nos gustaba, que un impecable esmoquin pudiera camuflar a alguien tan poco admirable. Como si tras las tapas de un Quijote encontráramos el mejor cómic jamás leído.

Tras aquello, es fácil imaginar que, en 1963, 'Desde Rusia con Amor' debía ser todo un acontecimiento llegando a las pantallas.
A saber, una fantasía vibrante en la que el protagonista, ya un agente secreto renombrado y establecido, viajaba por la parte más oriental de Europa para hacerles una jugada a los enemigos externos transmutados en ESPECTRA, de paso conquistando las más variadas y exóticas mujeres de ese lado del globo, mientras, más que una misión peligrosa, parece estar en unas vacaciones sin fin de lo profesional que es.
Simple y llanamente, una fantasía, la mejor para ir a ver al cine, para imaginar que uno es aquel peligroso y carismático James Bond.


En una época de cierta represión moral y nulo desconocimiento del globo, el viaje a Estambul y Venecia de James era el perfecto antídoto.
No solo el "amigo turco" le recibe con los brazos abiertos (un Pedro Armendariz maestro) sino que además es testigo de las más variadas costumbres europeas, ajenas a un refinado señor inglés como él, sale airoso de todos los desafíos en los que se ve metido, deja a sus superiores satisfechos en sus investigaciones, y todo eso mientras casi vive una fantástica luna de miel con una rosa de la URSS, Tatiana Romanova.


Todo ello que podría ser motivo de asco y hasta de envidia, pero el as en la manga es Sean Connery.
Su actitud franca y sin alardes era lo que mejor le venía al personaje, un hombre al que le pasan tantas cosas surrealistas que habría sido muy fácil convertirle en parodia burda.
No solo no lo es, sino que, si hoy en día esta se considera una de las mejores de la serie, es porque nunca vimos a un sobrado, solo un agente con cáracter sincero y licencia para matar.

Más allá de eso, están esos geniales detalles, como la cuchilla en el pie, la casi gratuita lucha entre gitanas, la interrogación en los créditos finales sobre la identidad del jefe de ESPECTRA... ¿que qué tienen en común estas cosas aparentemente desconectadas?
Pues que expresan perfectamente el espíritu de serie desenfadada, de gran espectáculo que todo el mundo disfrutaba en sus pantallas, de ensoñación colectiva que, durante unas horas, convertía algo tan serio como la Guerra Fría en algo que cada espectador podía desarticular sin dejar de conocer a bellas mujeres.

Esa, y no otra, es la verdadera virtud del Bond primigenio, el Sean Connery impoluto.
Atreverse a ser la proyección de la forma en la que todos queríamos ver el mundo, dando forma a muchas fantasías de espionaje soñadas.

Pero no hay gran héroe sin gran villano.

Y 'James Bond contra Goldfinger' consiguió, de alguna manera, legitimar ambos.

Tras las dos anteriores misiones, tocaba hacer de algo frívolo y hasta cierto punto banal un mito para la posteridad. Tocaba, por una vez, poner contra las cuerdas a Bond, James Bond, y que lo más esforzado que hiciera en toda la historia no fuera aguantar cinco martinis del tirón.
Dicho y hecho: pétreas mujeres doradas y la voz de Shirley Bassey nos anuncian a Goldfinger, el hombre con el "toque de una araña", "tras el cual te quedarás atrapado en su telaraña".

Bond encuentra su enemigo a batir, y por primera vez llega al mundo real.
De hecho, en su primera escena juntos, Auric Goldfinger es rápidamente puesto contra las cuerdas y ridiculizado, como si se tratara de otro juego más de James, acostumbrados como estamos a lo que le hemos visto hacer siempre, reírse en la cara del peligro y llevarse la chica guapa.
Lo que sucede para cambiar esta percepción es casi de un terror surrealista, y, por derecho propio, Historia del Cine: la chica cubierta de oro anuncia un villano megalómano y excéntrico, una persona capaz de convertir una noche de placer en una pesadilla.



Resulta curioso observar, a partir de entonces, el claro contraste entre Goldfinger y Bond: mientras que uno es físicamente enorme el otro es esbelto, uno disfruta de su cáracter directo y campechano frente a la ironía del otro, uno confía en su inmenso poder de influencias y el otro solo en sus habilidades.
Guy Hamilton trajo a Bond el villano de la época, el hombre hecho a si mismo que ha creado un mini-imperio en sus propios términos, y que, lejos de estar satisfecho, desea incluso más poder. El banquero les ganó la mano a los genios del mal recluidos en islas paradisíacas, y concibió planes que tras la locura anticipaban un punto de genialidad.
Los hombres a sus órdenes, de claros rasgos asiáticos, casi dejan entrever una alianza provechosa con las políticas en el momento más alejadas del orden mundial. Destacando, como no, a Oddjob, el único esbirro al que un sombrero nunca sentó tan bien.


Incluso, por primera vez, una chica Bond, la increíble Pussy Galore, desafiaba el dominio de macho alfa de James Bond (lástima que no duraría mucho, pero la frialdad de Honor Blackman sigue haciendo honor a su leyenda).
Entre eso y su condición de invitado "a la fuerza", maniatado, y principal espectador de Goldfinger, quien desea a alguien a quien hacer testigo de su grandeza, James Bond ganaba en humanidad, pero sin manchar en absoluto su carisma a prueba de mujeres seductoras, prisiones vigiladas por asiáticos sin sentido del humor y partidas de golf con más malicia de la que se piensa.

Por primera vez, un héroe obtuvo beneficio de un villano.
A saber, convertirse por fin en un espía que no parecía estar de vacaciones atado en una camilla con un láser apuntando (y que podría haberlo parecido antes).

Los problemas de una saga establecida llegaron más tarde.
El público no quiere los mismos trucos de siempre, así que conscientes de esto los creadores multiplican los trucos de siempre, y cada vez su protagonista tiene menos cancha para hacer lo de siempre algo diferente.

'Operación Trueno' es la primera aventura de Bond que se enorgullece de su propia indulgencia, sin intentar camuflarla de seriedad.
A saber, sucede en las mismas Bahamas como si fuera parte de unas vacaciones, y apenas representa un cambio de tercio o un fin de ciclo del agente secreto. Simplemente, es todo un muestrario de lo que James Bond debería ser: localizaciones exóticas, acción tensa, chicas bellas, planes malévolos y la mayor aventura de todas, como ya anuncia su magnífico póster.



El villano Largo carece de sutileza, y los andares simiescos de Goldfinger no encuentran réplica en su caricaturesco parche. De hecho, más allá de varios intercambios de manos de póker o puñetazos con Bond apenas representa una amenaza, es casi otra parte del enorme festín.

Sin embargo, y por vez primera, las chicas Bond si se reconcilian con con su propia imagen: hasta ahora siendo víctimas o santas, Domino y Fiona encuentran cierta oportunidad de matices, la primera como mano ejecutora de su propio destino y salvadora de James, y la segunda como la viuda negra que usa a Bond tanto como él pueda usarla a ella. Dice mucho que una de las sagas más populares del cine tenga que esperar a la progresiva liberación, pasito a pasito, de la personalidad de sus chicas, pero igual se puede decir que al menos hicieron valer su presencia en el imaginario colectivo.

Y joya de la corona, imperturbable, sigue probablemente la mejor mano que Bond ha jugado jamás: Sean Connery.
Atrevido, rudo, calculador, valiente, encantador, misterioso o despreocupado cuando debe serlo, sin fallar ni una sola nota. Cuando la historia falla, en ningún momento deja de llevarla a hombros.

James Bond solo recordaba su presencia en el cine mientras estaba en las Bahamas, haciendo un cóctel de destino de verano con aventura imparable, rodeado de agua y bellezas.
Pero incluso cuando los ingredientes no estaban debidamente agitados, siempre quedaba la satisfacción de un Connery Gran Reserva.

La siguiente película se abría con casi una declaración de intenciones:

"¿Por qué las chinas tenéis distinto sabor que las otras chicas?"
"¿Nosotras somos mejores?"
"No, solo diferentes."

Entonces, Nancy Sinatra empieza a cantar "solo se vive dos veces, una para ti y otra para tus sueños".

En 'Solo se Vive Dos Veces', de entrada, como tantas otras veces (metafórica y literalmente), el agente 007 muere, solo para seguir vivo.

Para perseguir sueños no queda claro, pero sí para la inevitable renovación: para evitar el desgaste, se cambia el escenario, de las capitales europeas o las playas paradisíacas a Japón, Tokyo.
Y por primera vez, quizá en un intento para desengancharle de tópicos racistas, él es el extranjero, y no al revés, como venía siendo costumbre.

James Bond entró a Japón de la mano de Roald Dahl (increíble pero cierto) en una historia que buscaba apaciguar el espíritu de la Guerra Fría gracias a una amenaza común, de nuevo marca ESPECTRA.

Por el camino, conoce a su aliado jefe de policía Tigre y a las inevitables chicas Bond, de las cuales solo la occidental, la señorita Brandt, será la que le dé problemas. Curioso retrato de la época, y del personaje, dando a entender que son las víboras occidentales las que hay que temer, y no las amables muchachas orientales, fascinadas por su velludo pecho (en una afilada ironía, las dos chicas Bond japonesas se intercambiaron los papeles por cuestiones de idioma, dejando claro cuán de intercambiables eran).

De nuevo, donde hay historia es en los pequeños detalles, como esa Moneypenny juguetona que casi hace decir a 007 la frase que nunca diría a una mujer (más deliciosa que nunca, Lois Maxwell, y la única capaz de torear a James) y ese curioso episodio en el que Bond se ve obligado a comulgar con las costumbres japonesas de los pescadores y contraer boda con una inocentona chiquilla (como ya es costumbre, en perpetuo bikini dejándose ver aunque él vaya abrigado hasta arriba).
Casi, casi, se ve una sonrisa de esa paz que James busca inconscientemente, cuando la contempla al atardecer del mar.

Pero he dicho mucho "de nuevo" y "como siempre".
La saga, Sean Connery ya lo sabía, se agotaba, no era capaz de seguir el ritmo de los tiempos porque era más de lo mismo sin ser mejor. No extraña su (momentánea) salida tras este Bond.
La guarida del volcán y Donald Pleseance por fin dando cara al jefe de ESPECTRA, el enigma de la época, de poco servían: las persecuciones en helicóptero o los asaltos de miles de ninjas a la guarida ya no impresionaban, porque eran ruido de fondo sin tensión alguna.
Todo lo que se podía hacer estaba hecho, todo lo que se podía visitar estaba ya visto... parecía.

La posibilidad no tener a Sean Connery en la piel de 007 para la siguiente inspiró verdadero terror.
El que había sido la cara reconocible de las fantasías escapistas de los 60 dejó la licencia para matar, aún cuándo el personaje estaba lejos de morir, y todo el público se sumió en la incertidumbre.
Pero es en las contrariedades, donde los genios ven oportunidades, y tuvo que ser Albert R. Broccoli uno de estos.



Por ello '007 al Servicio de su Majestad' tiene el honor de ser una de las adiciones más inclasificables y libres al canon Bond. Sin dejar de respetarlo, pero asegurándose de que no quedara piedra sin remover.

George Lazenby venía para poner cara reconocible al agente secreto, cara que permanecía hábilmente oculta en las sombras durante la misión preliminar, para luego hacernos creer en unos lisérgicos créditos iniciales (reinvención del tema Bond que no cuajó incluida) que había estado allí desde siempre. Y puede que en ademanes tan simples como encajar el sombrero en la percha echáramos de menos a Sean Connery, pero es imposible no sumarse a la causa cuando un James Lazenby Bond expresa con amargura "perdóneme, majestad" ante un cuadro, habiendo sido apartado de la misión que es su razón de existir.

Toca buscarse otra razón: Teresa, la única, la (probablemente) irrepetible, la reina de las chicas Bond.
Por primera vez James reconoce una igual, otra apartada del mundo por propia decisión, a la que no le importa en absoluto lo que puedan pensar de ella. Louis Armstrong cantaba que "tenían todo el tiempo del mundo", y durante unos días así fue para el hombre que siempre iba a contrarreloj de alguna cuenta atrás.
Bond descubre que el mundo, por una vez, si puede ser suficiente, por mucho que rezara lo contrario su escudo de armas de perpetuo guerrero.

De vuelta a la misión en un paraje nevado, porque un agente secreto realmente nunca deja el servicio, volverá a encontrar un renovado Ernst Blofeld que, lejos del excéntrico magnate entrevisto antes, se presenta como un científico loco del nuevo siglo, alguien seguro de liderar investigaciones que podrían cambiar el curso de la Humanidad.

Es en su instituto donde James conocerá a sus pacientes, todas ellas ejemplares femeninos de todo el mundo, en una afilada ironía de que da igual la raza o la creencia: ninguna está a salvo de Bond (y si por el camino intentaban dar apoyo moral de 'macho man' a Lazenby nunca nadie lo supo). De efímero pero agradecido recuerdo son la extravagante rubia de ojos saltones y la preguntona de voz adormecida, pues las dos son seducidas de la misma forma, quiero pensar que porque Bond se resistía a dejar el recuerdo de Teresa. La extrañeza, más que venir por un aparato de luces coloristas que hipnotiza a las chicas cada noche en la tranquilidad de su alcoba, viene de que sean capaces de llevar modelitos cortos y ajustados en pleno pico invernal.

Tras probablemente la mejor persecución a esquí nunca vista donde John Barry vuelve a dar un recital, James se encuentra con Teresa de nuevo, casi como una casualidad vergonzosa pero especial, porque dos iguales no pueden permanecer demasiado tiempo apartados.
Convive lo terrible y maravilloso, los múltiples esbirros de ESPECTRA siguiendo la persecución, y la sonrisa de Teresa porque al fin es libre, y con ella lo es James. La posibilidad del retiro, y con de la felicidad, está más cerca que nunca.

El agente secreto por excelencia dejó a su Majestad y se casó con la mujer que amaba, aunque nadie lo recuerde porque la pregunta era dónde estaba Sean Connery.
Pero en este breve momento, en este alto en el camino del deber, vi a James Bond creer que había escapado de un futuro solitario... para aceptar tristemente que nunca tendrá una felicidad que se le escapa entre los dedos. Y eso es difícil de olvidar.

Él, como Teresa ahora, tiene todo el tiempo del mundo.

("Solo está descansando."
Una frase, una simple frase que dinamita cinco películas previas en historia de personaje.)

Lo siguiente, más que un regreso triunfal, parecía un paso en falso que quiso devolver a James Bond a la saga, al auténtico, al genuino.

Y se tuvo la suerte de que Sean Connery, descansado, conciliador, y libre de la presión de tener que rodar secuela a los dos días de terminar dijo "qué demonios".

Vista como el canto de cisne de Sean Connery, 'Diamantes para la Eternidad' parece un fin de fiesta de alto lujo.
Localizaciones paradisíacas, persecuciones vibrantes, siniestros esbirros, Blofeld otra vez, Las Vegas, dos chicas Bond... todos los elementos que deberían alumbrar una aventura de 007, más presentes que nunca, y esta vez en Norteamérica, como signo implacable de que el agente británico ya tenía poco que conquistar.
Podía recostarse y dejar que la misión se escribiera casi sola.



Shirley Bassey vuelve para cantar que los diamantes son para siempre, al contrario que los hombres, que te pueden dejar abandonada en plena noche. Toda una ironía en una saga cuyo principal cometido ha sido en "usar" hombres para pulimentar sus muchas caras diamantinas.
El regreso de Bond, de ese James Bond que conocemos, no se hace esperar, pero esta vez viene acompañado de violentos interrogatorios en la búsqueda de su peor enemigo: se podría decir que Connery casi desea atravesar la pantalla con su energía, mostrando que ha vuelto totalmente.

Lo que sigue lo conocemos de sobra, por suerte o por desgracia.
Casi una osadía, por lo simple, pero una virtud por el poco reparo en ocultar que se quiere demostrar que nunca otro agente secreto fue tan increíble como este.

Está escrita la aventura con una ingenuidad que roza la tomadura de pelo: la infiltración a una base enemiga la culmina la persecución en un módulo rodante réplica de los primeros que pisaron la Luna. Todo puede suceder, a la búsqueda de los diamantes que traen de cabeza a todo el mundo.
El secreto, o el sabor, o cómo se quiera llamar, está en esas escenas pequeñas, tan pequeñas que pasan ya desapercibidas: el sensual perfil en la habitación en penumbra de una mujer que James ha conocido en el casino, en la trabajosa y sutil entrada en el ático de un magnate que no es lo que parece, o en una lucha limitada pero tensa en un ascensor que se convierte en trampa mortal. Momentos que se pierden, en un torrente de locura, gozosa locura, pero locura a fin de cuentas.

Momentos que dejan claro que no hacían falta las persecuciones aparatosas para impresionar, o los sicarios dobles para derrochar originalidad (sicarios dobles que, sin embargo, son más acertados en la piel de unos enfermizos psicópatas a sueldo, que en la de dos mujeres ligeras de ropa).
Solo hacía falta confiar en el material base sin inflarlo hasta alcanzar el más rocambolesco sinsentido.
"¿Cómo recuperaremos los diamantes?" pregunta, sin que la respuesta parezca merecer la pena, Tiffany (chica Bond desagradecida hasta el extremo, que la rotunda Jill St. John aprovecha en cada momento de cáracter, y en cada segundo de bikini).

A quién le importan los diamantes.
El verdadero diamante es el (mundo del) agente de Ian Flemig, y la verdadera ganancia, si alguna vez la hubo, era verle por última vez en la piel del hombre que lo encarnó inicialmente.

Hasta este punto, podría decirse que Sean Connery vivió de sobra para los sueños de los demás.
Quizás, entonces, le tocaba vivir para él mismo. Por el camino dejaba un personaje inmortal, cinco películas que alimentaron la imaginación de medio mundo y un carisma a prueba de balas, cosa que los siguientes Bond se encargarían de replicar cada uno a su manera.

Pero el recuerdo siempre favorece a los pioneros.
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