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Especial 007: Roger Moore, veteranía y disparate

Tras la etapa de Sean Connery, quien para muchos sigue siendo la mejor representación que el per...


Tras la etapa de Sean Connery, quien para muchos sigue siendo la mejor representación que el personaje creado por Ian Fleming ha tenido en la gran pantalla, el pequeño cambio que supuso el fugaz paso por la franquicia de George Lazenby, y el retorno de Sean Connery para una última cinta (años después Connery volvería para protagonizar otra cinta de Bond, pero que se encuentra fuera de los cánones de la saga, ya que además coincidió en año de estreno con una de las cintas de Moore), los responsables de la franquicia decidieron que era hora de dar paso a un nuevo agente.

El elegido fue Roger Moore, actor conocido por su trabajo en series de televisión como “Maverick”, “Los persuasores” o “El santo”. Moore es, además del intérprete con más películas en su haber (siete, por las seis de Connery), el actor más veterano que ha encarnado al personaje. Tenía 46 años la primera vez que encarnó al personaje (Timothy Dalton, que debutó con 42, es el que más se le acerca), y 58 cuando, tras 12 años, abandonó el personaje.

Una de las características más distintivas del Bond de Moore es el cambio de enfoque que tuvo el personaje. Obviando a Lazenby, la dureza, seriedad o frialdad, que habían sido características del personaje en la etapa de Connery, dejaron paso a un Bond más humorístico y desenfadado (propiciado en parte por la vis cómica del actor) Sí, seguían estando las chicas Bond, los artilugios de Q y su licencia para matar, pero ni el estilo ni  la actitud no eran el mismo. Es cierto que, aunque en la etapa de Connery también podemos encontrar golpes de comedia, estos estaban mucho más comedidos que en la época de Moore, llegando a encontrarse hasta gags característicos.



Bien fuera por los gags, situaciones o artilugios que utilizaba en ocasiones el agente, o bien por los personajes secundarios con los que solían contar sus cintas, lo que está claro es que la etapa de Moore se convirtió en la más disparatada que ha tenido el agente secreto en sus más de 50 años de historia. Porque, si bien no se puede negar que tienes sus momentos divertidos, y también momentos que merecen estar entre los más recordados de la saga, su constante desvío hacia el sentido del humor y la autoparodia desvirtuó en parte al personaje, convertido en ocasiones en una caricatura, olvidando su esencia y dejando instantes para olvidar (el techo probablemente se alcanzó en “Moonraker”)

Guy Hamilton, un habitual de la saga, fue el encargado de dirigir el debut de Moore en 1973 con “Vive y deja morir”, en la que Bond debía hacer frente a una doble amenaza: por un lado debía hacer frente a un capo de la droga que quería llenar las calles de heroína, mientras que por otro debía hacer frente al dictador de un ficticio país isleño (aunque al final acaban siendo la misma persona). La cinta dejó varias curiosidades para la saga: fue la primera en la que hubo una chica Bond de color (la agente Rosie Carver a la que dio vida Gloria Hendry), la primera también en ambientar parte de la acción en un país ficticio, la inexistente presencia del característico Q o la representación, en la figura de Mr. Big, de un villano más “cercano”, por llamarlo de algún modo, a diferencia de los habituales megalómanos a los que Bond solía enfrentarse.


Además, en “Vive y deja morir” se observa también otro rasgo característico que se extendió en varias cintas de la etapa de Moore, que es la influencia de otros géneros y corrientes. No es casual que en esta cinta encontráramos elementos de Blaxploitation, que “En el hombre de la pistola de oro” haya elementos del cine de artes marciales cuando Bruce Lee estaba de moda o que “Moonraker” combinara la acción con la ciencia-ficción al poner a Bond en el espacio tras el estreno de la saga “Star Wars”.

No hubo que esperar mucho para la siguiente cinta de Moore. En 1974 llegó “El hombre de la pistola de oro”, también dirigido por Guy Hamilton, y la favorita personal de esta etapa de quien esto escribe, a pesar de que es un buen ejemplo de aquello que he criticado anteriormente, pero todos tenemos nuestras debilidades y buenos recuerdos.



El argumento enfrentaba a Bond con uno de los villanos más característicos de esta etapa. El Francisco Scaramanga al que dio vida Christopher Lee. La labor de los dos intérpretes, que en esencia interpretaban a las dos caras de una misma moneda, era lo más destacado de la película. Lee, que interpretaba al hombre del título, intentaba acabar con la vida de Bond mientras este intentaba apropiarse de un artilugio conocido como “solex”, que puede aprovechar la energía solar para el beneficio de su poseedor.

Los paisajes exóticos, la vuelta de Q o un villano a la altura del protagonista son algunos elementos que brillan en la cinta, pero también encontramos los inevitables componentes cómicos, personificados en la figura del ayudante de Scaramanga, el enano Nick Nack, o la agente británica Mary Goodnight, con cuyo apellido se juega en más de una ocasión. En el territorio femenino, encontramos la curiosidad de que Maud Adams, que aquí da vida a una amante del villano, repetiría como chica Bond en Octopussy.



La espía que me amó”, que llegó en 1977, fue la tercera cinta de Moore, y volvía a presentarnos a Bond luchando contra el clásico megalómano, en este caso, a un hombre que pretendía inundar el mundo y crear una especie de sociedad sumergida (sí como suena, así estaban las cosas en aquella época). La cinta pasó sin pena de gloria por la saga, y no tiene muchas cosas rescatables. Una de ellas, sin embargo, fue la aparición del llamado “Tiburón” un sicario que contaba con una mortífera dentadura. Pese a la comicidad que ya ofrecía este detalle, la verdad es que Tiburón, encarnado por Richard Kiel, eclipsó al villano principal de la cinta y se ganó un hueco entre, al menos, los más característicos de la saga. El éxito del personaje le llevo a repetir papel también en la siguiente cinta de la saga.

Y de disparate en disparate y tiro porque me toca, llegamos a 1979 y al estreno de “Moonraker”, la cinta que, literalmente, puso a Bond en el espacio.



El argumento situaba al villano de turno planeando la exterminación de la humanidad utilizando un mortífero gas extraído de las flores, que, sin embargo no sería letal para plantas y animales. A lo rocambolesco del argumento se une el hecho de que trató de combinar dos géneros como la acción y la ciencia ficción con poco acierto y en una saga donde dicha combinación quedaba, cuanto menos, estrambótica. No obstante, es precisamente por ese motivo por lo que es probablemente una de las más recordadas del agente británico. Su ridiculez la convierte a la vez en una pieza curiosa y, a la vez, ciertamente representativa de la saga en esta etapa.

En la última trilogía de cintas que protagonizó, comenzó a hacerse patente un problema que se iría haciendo mayor hasta el final de esta etapa: la edad de Moore. Cuando en 1981 se estrenó “Solo para tus ojos”, Moore contaba ya con 54 años, y la realización de ciertas secuencias le era ya algo complicado. Esto se vería reflejado con mayor claridad en las dos siguientes cintas.

Los responsables de la saga debieron darse cuenta de que la cosa se les estaba escapando de las manos tras las últimas películas, y con “Solo para tus ojos” intentaron una especie de vuelta a los orígenes que solo resulto a medias. Bond intentaba en esta ocasión apoderarse de un aparato que permitía controlar submarinos nucleares. Una cinta simpática sin más, en la que no destacaba nada en particular, y que se limitaba a cumplir. Algo similar le ocurre a “Octopussy” (1983), que se quedó un poco en tierra de nadie, y que demostró que la edad de Moore ya empezaba a ser un verdadero problema, por lo que sus secuencias de acción quedaban ya muy limitadas en número y reducidas en duración, además de que ya resultaba poco creíble que pudiera hacer según qué cosas (si, incluso dentro de una saga como la de Bond)





Es por ello que “Panorama para matar” supuso en 1985 la despedida de Moore como el agente 007. La película cuenta en esta ocasión con un destacado villano, encarnado por Chistopher Walken, que pretende hacerse con el monopolio de los microchips provocando un terremoto en Silicon Valley. Sin ser tampoco una gran cinta, no es una mala despedida para Moore del personaje. Cabe decir que, como el éxito comercial acompañaba, Albert Broccoli, uno de los encargados de cimentar la saga estaba a favor de que Moore continuara dando vida al agente, pero el actor decidió que ya era hora de terminar, y cedió el testigo a Timothy Dalton.

Durante estos 12 años de Bond, vemos al agente seguir siendo un conquistador, aprovechando su licencia, y con villanos y situaciones clásicos, pero el regusto es distinto. Ya no solo porque Moore ya no era el pionero, sino porque el tono cómico se les fue de las manos en muchos momentos y acabó convirtiendo al personaje en algo que rozó (si no lo superó) el ridículo, alejándose así de la esencia de la saga, aunque intentara recuperarse en las últimas entregas. Esto no impide que, a pesar de todo, Moore siga siendo uno de los Bonds más recordados por muchos. Con una etapa mucho más irregular que la de Connery, y probablemente con bastantes más sombras que luces, pero en todo caso, siempre al servicio de su majestad.
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