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Mad Men: el final de un drama vintage muy actual

El brazo trajeado que se alzó hace ocho años con una copa de Old Fashioned sin hielo descendió ...


El brazo trajeado que se alzó hace ocho años con una copa de Old Fashioned sin hielo descendió tras siete temporadas notables con momentos que rozaron el sobresaliente y lo hizo con una camisa raída por el viaje kerouaciano de nuestro protagonista en lugar de una recién llegada de la tintotería. Nos deja un drama vintage muy actual. Nos deja Mad Men.

El 7x14 de Mad Men puso punto y final a todas las tramas. Unas (las de Peggy con Stan, Joan con su empresa de producción, Campbell con Trudy y Roger con la madre de Megan) continuaron un camino de comer perdices (algo probablemente verídico en el caso del estilo bon vivant de Sterling) y otras emprendieron un tramo final más lúgubre (la valiente decisión de Betty de afrontar sus últimos momentos de vida con toda la normalidad posible, incluso fumándose el "pitillo de leer" para dejar que el cáncer no le afecte y colonice su vida de patetismo). Pero el denominador común en todos estos argumentos desarrollados durante la temporada es que no hay un valor o emoción absoluta en esta vida. No existe un único sentimiento que nos colme de forma indefinida. Las emociones son borracheras que nos dejarán una resaca más o menos duradera y no nos acompañarán siempre. Somos meros funambulistas tratando de mantener el equilibrio sobre la cuerda floja con los ojos tapados. En algunos momentos nuestra voluntad zozobra, pero en otros tantos avanzaremos con paso decidido. 

Y el final más esperado fue el que los guionistas dieron al carismático personaje de Don Draper (Jon Hamm), ¿o deberíamos llamarle Dick? Tras una catarsis kerouaciana viajando por medio país, nuestro engominado favorito parece encontrar por fin un nuevo comienzo. Y lo hizo en una de las escenas que ya forman parte de la historia de la televisión. Esa media sonrisa que esboza llena nuestros corazones de esperanza por alguien a quien hemos visto desde 2007 restaurar una fachada (la de la imagen que proyectaba al mundo) porque en su interior eran todo habitaciones vacías. Precisamente las habitaciones vacías que protagonizaron buena parte de los finales de episodios esta séptima y última temporada de Mad Men. ¿Casualidad?

Nos deja el último de la progenie de los dramas televisivos con mayúsculas y lo hace retratando a la perfección y sutilmente el lado oscuro de la Sociedad americana de los años 60. La gran ironía con la que juega como si de un ovillo se tratase la ahijada de Matthew Weiner es mostrar que incluso en las personas que aparentemente gozaban de vidas perfectas y felices y su trabajo dependía de mostrar al mundo esa percepción, ellos mismos no eran más que ánimas abatidas de mirada existencial. Grotescos titiriteros derrotados obligados a trabajar hasta la extenuación por mantener a las marionetas con movimiento vivaces y una expresión feliz en el rostro. Pasajeros de primera clase de un fastuoso tren que no sabían adonde les dirigiría. Al menos a nosotros, nos guió hacia una de las mejores series de los últimos tiempos. 


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