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BSO: Edward Scissorhands (Danny Elfman, 1990).

El universo de Tim Burton se merece un capítulo aparte. Son muchos los adjetivos que podrían de...


El universo de Tim Burton se merece un capítulo aparte. Son muchos los adjetivos que podrían definir el particularísimo estilo de este director: lúgubre, tenebroso, misterioso, intrigante… pero al mismo tiempo emotivo, fantástico, embriagador, absorbente…  y es que es un creador con una visión de la realidad realmente peculiar. No menos exclusivo es Danny Elfman, compositor estadounidense que se plantó en el mundo del cine gracias a Burton y desde entonces no se han separado: ambos conforman una simbiosis en perfecta armonía desde los inicios del compositor. Edward Scissorhands  es uno de los ejemplos que refleja con más nitidez el gran trabajo de este dúo.

La película cuenta la historia de Edward (Johnny Depp), una extraña criatura creada por un inventor que fallece antes de acabarla, pues tiene tijeras en lugar de manos. La tranquila vida de Edward cambia totalmente cuando Peg (Dianne Wiest) le acoge en su casa pero, sobre todo, cuando conoce a Kim (Winona Ryder).


Ya desde los créditos iniciales, el espectador puede empezar a alucinar con los elementos que utiliza Elfman, y que seguirá utilizando a lo largo de la película, como los coros infantiles (casi espeluznantes) que se expresan a través de la limitada expresión que ofrecen las vocales, los timbres de la orquesta (incluyendo un órgano, un acordeón y un xilófono entre otros instrumentos de percusión), la armonía a veces melancólica y a veces arrolladora, junto con sus disonancias... Todo ello acentúa el efecto mágico que trae consigo esta historia.

La irrealidad propia de Burton es intensificada a través de las impresiones melódicas que recoge Elfman en esta banda sonora, tanto en los momentos más tétricos como en los más agradables y siempre adecuadas a lo que ven nuestros ojos.

El compositor matiza en esta historia su sello personal, por un lado, con los toques infantiles, que simbolizan la templanza y la benevolencia de Edward y, por otro lado, los aires trágicos que reflejan la vida real, el desconocido (y pintoresco) mundo que le rodea. También hay que añadir que la música nos recuerda, de una forma sutil pero perceptible, a la Navidad, con un ápice de fantasía.


Principalmente hay dos temas, el tema del castillo, que suena para reflejar la solitaria vida del protagonista en su mansión, con coros infantiles y melodías agudas, junto con sonidos “navideños” que, unidos, ofrecen una mezcla tanto melancólica como fantasmal, pues también reflejan misterio e intriga; y el tema de Edward, que poco a poco se transformará en el tema del amor, un conjunto de melodías tiernas y dulces, con la misma esencia nostálgica que el anterior, pero menos escalofriante, pues también simboliza la bondad y la dulzura del personaje principal. Un tema secundario podría ser el tema del inventor, pues aparece una música rítmica transmitida con instrumentos de percusión y de viento metal. Musicalmente, la película cuenta con un material bastante rico (sin contar con la música no creada por el compositor) que es sometido a constantes variaciones.

En definitiva, es imposible que no exista una conexión entre la imagen y la música, porque el espectador lo enlaza sin esfuerzo, y es que funcionan a la par, tanto a nivel narrativo como emocional. Con su música, Elfman nos va descubriendo la historia que nos regala Burton de una manera ingeniosa, envolvente y ensoñadora. El sabor que nos regalan estos dos artistas se podría definir en una sola palabra: agridulce, y creo que eso es justamente lo que les hace tan especiales.



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