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"Black Mirror: White Christmas". Especial de Navidad

El saber popular dice que lo bueno se hace esperar y esta afirmación nunca había sido tan c...



El saber popular dice que lo bueno se hace esperar y esta afirmación nunca había sido tan cierta como en el caso  del nuevo capítulo de Black Mirror. Han pasado casi dos años desde el estreno del último capítulo de su segunda temporada, The Waldo Moment, y Charlie Brooker ha querido premiar la espera con un especial de Navidad, un capítulo que contiene algunos elementos que lo diferencian de sus predecesores. Para empezar, los setenta y cuatro minutos de duración de White Christmas convierte al episodio en el más largo de la saga. Además, la trama se estructura siguiendo tres líneas argumentales diferentes que, en cierto punto, convergen. Esta vez los actores poco conocidos han sido sustituidos por tres grandes estrellas de dos de las series más populares del momento: Jon Hamm (Don Draper en la estupenda Mad Men) y Natalia Tena y Oona Chaplin, que se han dado vida respectivamente a Osha y Talisa Maegyr en Game of Thrones.



La mejor forma de encarar un capítulo de Black Mirror es hacerlo totalmente a ciegas, evitando la lectura de una sinopsis o los resúmenes de aquellos que ya lo han visto y están deseando comentar sus impresiones. Porque la creación de Brooks aprieta las tuercas de nuestra imaginación, abre nuestras miras a un universo imaginario que poco tiene de ficción e impide que nos sintamos tranquilos después de su visionado. Por este motivo, la crítica no contiene spoilers.

La tarea de clasificar Black Mirror dentro de una categoría televisiva es compleja: los capítulos cuentan historias independientes, pero todas ellas están unidas por la idea de la amenaza de un futuro próximo y aterrador dominado por los avances tecnológicos que, a un ritmo frenético, nos van haciendo menos humanos. Su propio creador ha dicho de ella que "cada episodio tiene un tono diferente, un entorno diferente, incluso una realidad diferente, pero todos son acerca de la forma en que vivimos ahora - y la forma en que podríamos estar viviendo en 10 minutos si somos torpes". De hecho, el propio título de la serie ("pantalla negra" en castellano) alude a la pantalla de los ordenadores, de los teléfonos móviles, de los televisores y de todos aquellos aparatos tecnológicos que cada vez tienen más importancia en la forma en la que hoy los seres humanos tienden a relacionarse.



Uno de los elementos que la serie maneja magistralmente es la amplitud de sus lecturas. En conjunto, Black Mirror es una sátira moderna, una advertencia de los peligros de la sociedad del espectáculo, deshumanizada hasta el extremo e incapaz de llegar a conocer los riesgos de sus propios inventos. Uno de los denominadores comunes que enlazan unos episodios con otros es el del horror que supone la creación de individuos que han trasgredido los límites que la Naturaleza sabiamente les ha impuesto, como la incapacidad de retener cada detalle de su vida o la necesidad de superar, a través del dolor, la pérdida de un ser querido. La política es un circo y la crueldad está a la orden del día: sólo queda el espectáculo, el morbo, la desaparición de la identidad propia y su sustitución por una realidad ficticia través de las redes sociales y los deseos de recrearse en el sufrimiento ajeno para no encarar el propio. El individuo ha muerto para convertirse en parte de una masa embrutecida que huye de cualquier tipo de pensamiento divergente.


White Christmas está más cerca del cine que de un episodio de una serie de televisión, moviéndose así por los caminos difusos que también ha elegido seguir la aclamada True Detective. Por lo que parece, la fórmula funciona. Esta séptima entrega se mueve de nuevo en una atmósfera asfixiante en la que los límites del tiempo se diluyen y la vida se hace penosa. El trabajo actoral, por su parte, es también digno de elogio. 




Sin embargo, lo más importante de Black Mirror, lo que la convierte en una serie única y extraordinaria, es que verdaderamente empieza cuando los títulos de crédito han terminado y no hay imágenes que distraigan: la semilla que cada capítulo ha introducido en la mente del espectador germina, y la verdad que cuenta es tan próxima, tan tangible, tan aterradora que es imposible no reflexionar sobre ella cuando la pantalla está negra y el silencio nos envuelve, dejándonos a solas con nuestros propios pensamientos.  

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