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Los lunes de culto: Vampyr (1932), de Carl Theodor Dreyer

Dreyer y el fantástico La primera película sonora de Carl Theodor Dreyer se aleja, al men...


Dreyer y el fantástico

La primera película sonora de Carl Theodor Dreyer se aleja, al menos a priori, de los temas por los cuales ha sido posteriormente conocido. Dreyer debutó como director en 1919 y tuvo una carrera dilatada en el tiempo pero muy corta en cuanto a número de films. 
Sin duda las películas que marcan más su trayectoria y por las cuales ocupa el lugar que le corresponde en la historia del séptimo arte, son "La pasión de Juana de Arco" (1923), "Dies irae" (1943), "Ordet" (1955) y su postrer película "Gertrud" (1964).

Por eso la obra que nos ocupa, "Vampyr", llama tanto la atención porque es la única incursión de Dreyer dentro del género fantástico, y más concretamente, dentro del género de vampiros. Contemporánea al "Drácula" de Todd Browning, contiene más similitudes con el "Nosferatu" de Murnau que con el film de Bela Lugosi. Pero a pesar de las influencias de estas obras y otras, es una película completamente diferente a cualquiera realizada sobre el género.

La película, por desgracia, se convierte en un terrible fracaso de crítica y comercial en el momento de su estreno. Tanto es así que Dreyer abandona el cine y no vuelve a él hasta 12 años después, en 1943, con su genial "Dies irae". No es hasta hace relativamente poco tiempo que el film ha vuelto a adquirir notoriedad, en especial después del éxito de ventas de su estupenda edición en DVD y Blue-Ray.

Un poco de historia del film

Un aristócrata famoso de la época, Nicholas de Gunzburg, decide financiar una película a Carl Th. Dreyer, con la condición de que él sea el protagonista del mismo. Como contrapartida, el director danés obtiene libertad creativa absoluta para hacer el film que le plazca. Así, el Julian West que consta como actor que interpreta al protagonista Allan Gray, no es otro que el pseudónimo de dicho aristócrata. Remarcar que el hecho de que se trate de un actor pésimo, casi no sabe ni moverse delante de la cámara, no fue óbice para que Dreyer aceptase rodar la película. Tan claro tenía en mente el tipo de film que quería hacer que sabía perfectamente que la elección de un mal actor no sería impedimento alguno.

Dreyer parte lejanamente de unos relatos de Sheridan La Fanu que recrean historias sobre un vampiro con forma de mujer anciana. Se trata de la primera mujer vampiro de la historia de la literatura  y también del cine. Con la particularidad de que es una mujer vampiro que seduce a....mujeres. La lectura lesbiana del relato no se escapa pues a la obra de Dreyer.


Aunque no tan extremo como los contemporáneos films de los surrealistas Buñuel y Dalí, Dreyer decide rodar una obra vanguardista.  Una obra totalmente diferente a lo hecho anteriormente en el género (y para el que esto suscribe también diferente a todo lo que se ha hecho después). Y efectivamente consigue una película riquísima en matices y totalmente aislada dentro de su propia filmografía y la del propio género al que pertenece. 

La película se rueda en Francia, en 1930, y se filma prácticamente sin diálogos. Hay que recordar que aun estamos al principio del sonido en el cine. Y el film contiene poquísimos diálogos y efectos de sonido. En lo que es extraordinariamente rico es en la banda sonora compuesta para el mismo, plagada de detalles y apuntes que enriquecen las imágenes.

El texto contiene spoilers.


La textura del film

En sus propias declaraciones sobre el film, Dreyer manifestó que intentó rodar una película de manera que su acción transcurriera en un estado de vigilia, en una frontera indefinida entre el sueño y la realidad. Para ello quería conseguir que la fotografía de la película tuviera un algo especial que subrayara este sentido ambiguo. Después de muchos intentos y fracasos, como ha pasado muchas veces en la historia, el azar hizo que obtuviera el éxito deseado. Revelando unos metros de película filmada defectuosa, se dieron cuenta que aplicando una luz directa al objetivo de la cámara, se obtenía el efecto que tanto había ansiado Dreyer.

Para ello contó también con la inestimable ayuda de un director de fotografía excelente, Rudolph Maté, que luego daría el salto a Hollywood llegando incluso a dirigir varias películas (westerns y cine negro especialmente).

El efecto que buscaba Dreyer lo consiguió plenamente. Toda la imagen del film tiene un aspecto, por llamarlo de alguna forma, "lechoso", que hace imposible distinguir por ejemplo si los exteriores están filmados de día o de noche. Se supone que la mayor parte de la acción del film transcurre en periodo nocturno, pero se hace totalmente imposible discernir el momento de la acción sin riesgo a equivocarse.



Pero no solo la textura en blanco y negro del film causa esta sensación de ambigüedad buscada por el director danés, sino que los mismos movimientos de cámara, o la filmación de los escenarios, hace verdaderamente complicado averiguar si lo que estamos viendo es real o tan solo transcurre en la distorsionada mente del protagonista. Y es que la sensación de terror o angustia que proviene del visionado de esta obra no viene dado por la propia trama, sino por la sensación que el espectador tiene de no tener un control absoluto y una certeza completa de lo que se le está contando.

Un relato deliberadamente confuso

Quien espere ver en esta película un relato al uso sobre el género de vampiros, va a llevarse una auténtica sorpresa y/o decepción. No se encontrará ni un film gore ni con murciélagos volando por los escenarios. Por no haber ni tan siquiera veremos los colmillos de ningún vampiro. 

Y es que la película de Dreyer tiene una trama argumental llena de contradicciones y sucesos inexplicables. La confusión en la trama es compartida  también con una confusión en el propio espacio y tiempo de la acción. El espectador no sabe en ningún momento el aspecto real del escenario o escenarios donde transcurre la acción. La confusión sobre el espacio de la acción también es completada por la confusión en lo que se refiere al tiempo transcurrido entre una escena y otra. Y es que más de una vez nos preguntaremos si todo lo que estamos contemplando no esté únicamente en la cabeza del protagonista, Allan Gray. Cualquiera de las explicaciones que queramos darle es aceptable.

El film también está lleno de dobles sentidos: la presencia de la Muerte, por ejemplo, es constante. Desde la primera escena en que aparece el barquero portando una guadaña, a el cuadro que el personaje tiene en la habitación del hotel. Sombras que se separan de los cuerpos, sombras que bailan y juguetean en el bosque, sombras que asesinan, médicos que no curan sino que son servidores del mal....


Hay momentos, como el del sueño del protagonista, que asiste a su propio entierro, que se entremezclan con pasajes supuestamente reales del mismo. Por cierto, esta escena, con los planos desde dentro del supuesto ataúd del personaje de Allan Gray, es absolutamente sobrecogedora. 

En el aspecto negativo, aunque comprensible para la época, son las constantes interrupciones del relato para que el espectador lea el diario del anciano dueño del castillo, donde explica lo que son los vampiros, como se desenvuelven, y la manera de exterminarlos. Dichos planos del libro, extremadamente largos y repetitivos, se alejan del resto del film, ya que intentan dar cierta coherencia al relato que estamos presenciando y que el resto de la película intenta negar.

Imágenes inolvidables

La película solo tiene una duración de 68 minutos (creo que no hay diferencia de duración entre las versiones editadas en alemán y en francés). Pero en tan poco tiempo, contiene imágenes que serán recordadas por el espectador. Y es que si por algo se ha caracterizado la filmografía de Dreyer es por un dominio absoluto y total de la iluminación y de la fotografía de sus films. Casi cualquier fotograma de una película de Dreyer podría colgarse como cuadro ya que son auténticas obras de arte (de hecho las referencias pictóricas en su obra son constantes).



Si a esto sumamos la libertad creativa de la que gozó para hacer esta película y del hecho de que se encuadre dentro del género fantástico, hace que sea un placer deleitarse con las imágenes de este film, rodado en un exquisito blanco y negro y con unos imaginativos efectos especiales, que aun a día de hoy aguantan el paso del tiempo. 

Remarcar también que a incluso en la actualidad aun sorprende alguna de las ideas manifiestas por el film, avanzadas a su tiempo. La idea ya comentada, por ejemplo, de que el ser maligno causante de todos los males sea una mujer que seduce a mujeres no deja de sorprender para una obra de 1932. También recordar que un gran número de películas del género vampírico en la actualidad aluden al vampirismo tratándolo como si fuera una epidemia, o una especie de virus que se propaga. Esta idea ya aparece en la obra que nos ocupa.



Pero sin duda el aspecto que hace especial este film es su visualización. La manera en que es filmada, cada uno de sus planos o movimientos de cámara, es impresionante. Personalmente, no recuerdo ninguna otra película que tenga esta textura fotográfica y sobre todo ese aire de ensoñación espectacular que mantiene constantemente al espectador en tensión por no saber si lo que está contemplando es real o una fantasía. Aunque al fin y al cabo, ¿qué es el cine sino fantasía?




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