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Crítica: "Palo Alto", de Gia Coppola (2013).

Sinopsis : La vida de un grupo de adolescentes residentes en Palo Alto (California) transcurr...


Sinopsis: La vida de un grupo de adolescentes residentes en Palo Alto (California) transcurre entre las paredes del instituto y los jardines donde organizan fiestas cada fin de semana, entre el campo de entrenamiento y los juzgados. April (Emma Roberts) es una chica tímida que cuida algunas noches del hijo de Mr. B. (James Franco), su entrenador, que un día le confiesa que siente algo por ella. Teddy (Jack Kilmer) está enamorado de April, y deja correr los días entre su pasión por la música y la pintura y las noches regadas de alcohol junto a su mejor amigo, el inestable Fred (Nat Wolff). Éste, por su parte, presiona a Emily (Zoe Levin) para acostarse con ella.



Son varios los elementos que a priori resultan llamativos de Palo Alto y que suscitan nuestro interés por esta película, que pasó más que desapercibida en el momento de su estreno.
1) El primero de los alicientes es la archiconocida estirpe de cineastas a la que pertenece la directora: Palo Alto es la ópera prima - y única película por el momento- de Gia Coppola, nieta de Francis Ford Coppola y sobrina de Sofia Coppola. 

2) Con Palo Alto debuta también en la gran pantalla Jack Kilmer, el hijo adolescente de Val Kilmer y Joanne Whalley.

3) El filme está basado en dos, April y Emily, de los doce cuentos que componen Palo Alto, un libro que el actor y director James Franco -nacido en esta ciudad del Condado de Santa Clara- publicó en 2010.

4) La película pretende acercar fielmente al espectador a los complicados años en los que un niño se va convirtiendo en adulto. Ciertos sectores de la crítica la encumbraron como una de las más agradables sorpresas del cine indie de este año.






Si tuviéramos en cuenta, por separado, cada uno de los elementos de Palo Alto llegaríamos a la conclusión de que es una buena película. La dirección es correcta, si bien es cierto que el espectador no puede evitar establecer comparaciones entre la más joven de los Coppola y su tía Sofia. La utilización y la técnica de los planos es muy similar, y también la presencia recurrente de algunas escenas casi oníricas. 

La trama, sin ser innovadora, nos acerca a la realidad de aquellos adolescentes perdidos que huyen de su tristeza ahogándola en el fondo de un vaso de plástico rojo. O a través del sexo. 

El guión, adaptado por la misma directora, se ajusta a las necesidades de la historia, y agradecemos a Coppola que estos chicos que acaban de abandonar la niñez no hablen como si tuvieran un máster en Retórica y un doctorado en Filosofía. 


La cineasta tenía muy claro que quería retratar con veracidad la etapa de la adolescencia: “yo había acabado la facultad y pensaba en ese periodo de mi vida y en el del instituto, esos años tan complicados, sin ninguna nostalgia. Pero encontré a James y me dio su libro. Me gustó mucho, nunca había leído algo así, sus historias reflejaban de una manera increíble esos años, de una manera muy honesta. Me puse muy contenta al saber que podíamos colaborar y contar sus historias". James Franco había parido unos personajes creíbles (salvo alguna excepción: la última escena del personaje de Fred es excesiva; y la homosexualidad de su padre está metida con calzador) enmarcados en un contexto con el que un amplio sector público joven se puede familiarizar rápidamente. El instituto y los años decisivos que giran en torno a él sirven de pretexto para reflexionar sobre la soledad y el aislamiento, sobre las imposiciones sociales y la incomunicación dentro de la familia norteamericana media. El sexo, más insinuado que mostrado en la cinta, sirve de vehículo para escapar de uno mismo, y la bebida es el veneno perfecto que aliena a unos jóvenes que no quieren -o no pueden- pensar en un futuro más allá del siguiente fin de semana.

Podríamos esperar que todos estos componentes diesen como resultado una película sensible y reflexiva, capaz de reflejar con credibilidad la verdad de un adolescente. Podríamos esperar una película que deje poso, sobre todo en el público joven. Pero no sucede así.  El problema, quizá, es que los personajes realmente son tan normales que carecen de garra, que no poseen ese elemento decisivo que les ancle al estómago del espectador y ate un lazo invisible entre él y el personaje. No hay vínculo entre el que ve la película y el ser de ficción que aparece en ella, no hay comunión emocional entre ambos. 

No sucede esto, por ejemplo, con Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012) o The spectacular now (James Ponsoldt, 2013). La primera narra la historia de un chico tímido enamorado de una chica que cree inalcanzable (similitud aquí con la historia de Teddy-April) y la segunda convierte en su centro el recurso fácil  que supone el alcohol para escapar de todo lo que nos da miedo en nuestros años de juventud (y al que los protagonistas de Palo Alto también recurren). Los personajes de las cintas de Chbosky y Ponsoldt llegan, conmueven y dejan una estela al marcharse, a diferencia de lo que ocurre con los jóvenes de Coppola y Franco. Quizá parte de la culpa de esto recaiga en el reparto. Jack Kilmer, Nat Wolff, Zoe Levin y, en especial, Emma Roberts están correctos en sus papeles, pero ninguno de ellos tiene el carisma de Miles Teller o la candidez de Logan Lerman. 




Palo Alto es, sin querer serlo, demasiado correcta, demasiado plana, demasiado normal. Forma parte de ese grupo de películas que probablemente el espectador olvide a los pocos días, dejando escapar para siempre a April, Teddy, Fred y Emily y sus historias.

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