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Los lunes ochenteros: Cinema Paradiso por Ágata Michot

Como si de una premonición se tratara, Cinema Paradiso (1988) de Giuseppe Tornatore vuelve a l...


Como si de una premonición se tratara, Cinema Paradiso (1988) de Giuseppe Tornatore vuelve a las pantallas igual que el protagonista de la película vuelve a su pueblo natal para rememorar su infancia y sus inicios en el séptimo arte. Por este mismo motivo, nosotros hemos aprovechado para continuar con la sección de “Los Lunes Ochenteros”, en esta ocasión con la colaboración especial de Ágata Michot.

Sin más dilación la cinta nos presenta a un niño inquieto y revoltoso que está totalmente enamorado del celuloide, y con la picaresca característica de la infancia, consigue que Alfredo (Philippe Noiret) le enseñe todos los secretos de la cabina de proyección.


A través de la visión del pequeño Totó  (Salvatore Cascio/Jacques Perrin), nos damos cuenta de que no importa la temática de la cinta, pues Cinema Paradiso es la plaza del pueblo modernizada, donde se concentran todas las clases sociales para disfrutar de la magia del cine, eso sí;  habiendo pasado antes por las manos del cura, el cual censura la película quitando el momento álgido de los besos, no atreviéndose a censurar por completo la escena para evitar las incoherencias en las historias.

Cuando el pequeño Totó crece y empieza a crear sus propias grabaciones,  nos demuestra cómo una película no está hecha solo para distraer momentáneamente, sino que también es la liberación de los sentimientos  y anhelos de las personas.  Tanto es así, que hasta una persona ciega como Alfredo, es capaz de detectar el cambio de la película cuando en la filmación casera aparece el primer amor del adolescente.


La figura del viejo Alfredo irá perdiendo protagonismo a la vez que el antiguo sistema de celuloide se muere, dejando paso a  una nueva manera de proyectar reflejada en las ganas de juventud de Totó y su futuro éxito.  ¿Estaremos ante una interpretación de las vivencias de su director?

Para concluir solo podemos decir que la agilidad de la película no hace más que afianzar el buen sabor de boca que deja,  mientras en nuestra cabeza suena una voz chillona que grita “¡Alfredo!”

Lo mejor: La alegría y la inocencia de la infancia y el continuo alago al arte de la filmografía

Lo peor: El reflejo de cómo se están muriendo los pequeños pueblos italianos, así como sus tradiciones y su gente.


Nota: 9

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