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Crítica: “On the road” (2012), de Walter Salles.

Han pasado dos años desde que se estrenó On the road , la adaptación que Walter Salles llevó al ...


Han pasado dos años desde que se estrenó On the road, la adaptación que Walter Salles llevó al cine de la novela homónima de Jack Kerouac. Hoy, echamos la vista atrás para hablar de la vida en la carretera de Sal Paradise y Dean Moriarty.

Si no la han visto, pueden seguir leyendo: la crítica no contiene spoilers.



Walter Sellers (Diarios de motocicleta, Estación central de Brasil) se embarcó en el complicado proyecto que suponía adaptar a la gran pantalla, por primera vez, el gran manifiesto de la generación beat. Los beat fueron un grupo de autores norteamericanos adscritos a un movimiento literario común que se reunieron durante los años cuarenta y cincuenta para escribir poesía y prosa, y que tenían un conjunto de fuentes de inspiración –literarias, musicales, artísticas- colectivas. El grupo, muy heterogéneo, creía en la idea de que, cuando una sociedad enferma impone el criterio de la cordura, ellos tenían la obligación de buscar la verdadera salud mental en los caminos de la locura, mediante su inmersión en el mundo de la droga, el alcohol, los viajes, la libertad y la transgresión. El término, acuñado por el propio Kerouac, significa algo similar a “golpeado, “frustrado”, pero también se acerca al término “beatífico”. Resume el objetivo vital de estos autores: la búsqueda de sí mismos en lo que la sociedad condena, el último reducto no intoxicado dentro de un sistema en el que lo falso y lo hipócrita son los elementos dominantes.


La película sigue a Sal Paradise (seudónimo de Kerouac en la obra) a través de los caminos que se extienden a lo largo del territorio norteamericano, acompañado del carismático Dean Moriarty (nombre ficticio de Neal Cassady) y los viajeros que les acompañan en su recorrido. Las drogas, el alcohol, el jazz y la prostitución, la amistad, el amor y el abandono, son las constantes en sus vidas.

La película fracasa.

Soy consciente de que esta afirmación puede resultar demasiado rotunda, pero déjenme explicarles. Puedo resumir el por qué en dos palabras: es aburrida. Y eso es algo, quizá lo único, inaceptable en la adaptación de la obra maestra de Kerouac. El mito que se ha generado alrededor de su creación afirma que el escritor la redactó en tres semanas en un rollo de papel de forrar estantes, para evitar así que su escritura automática se viese interrumpida por el cambio de papel. Esta versión probablemente no sea cierta, pero sí nos puede servir para hacernos una idea del contenido de On the road: el enloquecido viaje de un hombre frenético e inseguro, de alguien que pretende conocerse a sí mismo y vivir en todas partes, obsesionado con diferenciarse del aburrido y vacío norteamericano medio. 
La película, sin embargo, es lenta e inconstante, y consigue que el mundo del jazz y del bop, la vida nocturna de los suburbios, sean espacios poco estimulantes. El exaltado monólogo interior de Kerouac se ve reducido a una serie de planos bellos y diálogos breves, de los que apenas se pueden extraer dos momentos  destacables.


Creo que ni uno sólo de los actores –salvo la excepción de la Camille de Kirsten Dunst o Elizabeth Moss- tiene la presencia en pantalla que requiere su personaje. Sam Riley se hace pequeño, como su referente en el libro, al lado de las grandes personalidades con las que se cruza en el camino, pero convierte a Sal en el ser menos interesante del mundo. No nos creemos su tortura, ni su angustia, ni la admiración ciega que siente por su compañero Moriarty. Su Paradise es una cáscara de nuez pintada bellamente por fuera, pero vacía. Garreth Hedlund (Dean Moriarty) parece más un pijo que un hombre que se ha criado en la crueldad de la calle, y el carisma y la fuerza del superviviente desaparecen en su interpretación. Ni siquiera las apariciones de Viggo Mortensen (en el papel de Old Bull Lee/William S. Burroughs) o Amy Adams (Jane/Joan Vollmer) -ni, por supuesto, la de Kirsten Stewart- consiguen que los minutos avancen más veloces.

Nada es creíble: ni las profundas conexiones entre los personajes, ni sus afectos, ni el sexo, ni el desenfrenado avance de los beat. La cinta parece una versión esterilizada de un libro profundamente complejo: transmite fielmente los acontecimientos de la obra pero no capta su emoción, su verdadera sustancia. El viaje que Salles muestra no es el iniciático de un Paradise que conduce, mientras los demás duermen, con su eternidad a cuestas. Es más bien el periplo de un joven lánguido y perdido que escapa de Nueva York con la única intención de matar el aburrimiento. Sólo se salva, en mi opinión, la hermosa fotografía.


On the road es uno de mis libros preferidos. El camino de Paradise/Kerouac es intenso, emocionante y doloroso. Es un viaje físico, pero también el profundo viaje espiritual de alguien que huye de sí mismo por los raíles de la autodestrucción. Por eso insisto en el fracaso de la cinta. Jack Kerouac habría perdonado una película pésima, o maniqueísta, o carente de poesía o de la verdad que tanto le obsesionaba, pero nunca, nunca, habría perdonado una película sin alma. 


Lo mejor: la fotografía, Kirsten Dunst en el papel de Camille/Carolyn Cassady, la breve aparición de Elizabeth Moss como Galatea Dunkel/Helen Hinkle. 

Lo peor: la falta de emoción, el desarrollo inconstante, la interpretación de Sam Riley.


Nota: 3/10.
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