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Crítica: 'X-Men: Días del Futuro Pasado' (2014), de Bryan Singer

'X-Men: Días del Futuro Pasado' no solo es, probablemente una de las historias mutantes ...


'X-Men: Días del Futuro Pasado' no solo es, probablemente una de las historias mutantes más ambiciosas y una adaptación brillantemente reescrita, sino también una mirada insólita a unos personajes con los que ya tenemos más que un vínculo emocional. 
Una mirada desde el dolor y el resentimiento, con cierto toque de resignación por parte de Charles y Erik, que son, pese a todo, la clave de todo este universo.
Ambos se ven desde el futuro al pasado, como dos jóvenes que se creían demasiado arrogantes para ni siquiera tenerse en cuenta. 
Ven todos esos años perdidos, y en el fondo, aunque la necesidad del viaje al pasado sea otra, siempre está la duda de si podrán volver a ser amigos en algún momento.

En ese futuro, uno gris y decadente donde la propia población humana ha arrasado con el planeta para erradicar la causa de su supuesta extinción, solo queda esa esperanza, acabar las cosas antes de que empiecen, ser sensatos antes de que se esté preparados para ello. 
Eso atañe a Charles y Erik, pero también a Mística, en camino de ser otra persona diferente a la que era, y a Lobezno, el siempre descarriado, que también tiene otra oportunidad de arreglar las cosas. Es una película de encrucijadas, de momentos vitales, y así se percibe de parte de todos sus protagonistas.


Charles anda lejos de ser quien será, apenas un drogadicto que vive para la propia satisfacción personal, y ha dejado dar esperanza a nadie. Para qué, si no tiene una propia. Como dice Hank en un momento: "simplemente, ha perdido demasiado". 
Erik, por su parte, ha incrementado su odio hacia la raza humana, pero no se oculta que si hay un cabo suelto que no funciona en su vida, ese es el abandono de su mejor amigo y su mejor compañera. Un hombre solo, con solo el odio para impulsarle. 
Entre ambos, Mística, muy lejos de ser una persona y si una fría máquina de matar, también espoleada por el odio y el resentimiento de no tener a nadie de su lado. 
Una auténtica familia disfuncional, ante la que Hugh Jackman (en un gesto que le honra, de actorazo con kilos de generosidad) decide ser mero detonante y después espectador, y Hank/Bestia la parte sensata y conciliadora.
Se vive la desilusión por una guerra larga e inútil, el Vietnam, así como la influencia de un presidente incompetente y taimado, Nixon. 
Hay espacio para que personas como Bolivar Trask se aprovechen de ese miedo y decepción, uniendo por una causa común como el odio mutante. Más terrible si cabe porque conocemos el resultado de esa decisión en el futuro, en el aire queda la pregunta de, como dijo Xavier hará unas películas "si la generosidad para compartir el mundo es un rasgo del ser humano". 
Queda en el tintero unas motivaciones más delimitadas para Trask, pero supongo que el simple odio nunca las necesita de verdad.


Mientras Charles, Logan y Hank (felizmente despojados de trajes innecesarios, y yo que me alegro) se apresuran para cambiar el futuro, Erik y Mística se apresuran para creer cambiarlo, y en ese mismo futuro los últimos X-Men luchan, no ya por su supervivencia, sino por esperanza. 
Un término bastante importante aquí, en todos pero particularmente en Charles. Es él, un hombre perdido, quien tiene la oportunidad de cambiar y ser mejor encerrada dentro de su propio egoísmo y decepción, y es su cambio el único que podrá realmente cambiar algo.
Al final, al límite de dicha esperanza, tanto Charles, como Erik, como Mística, aprenden la valiosa lección que en Primera Generación no tenían clara: que pueden ser mejores. Que deben alzarse y resistir, pese a una humanidad que les teme y odia. 
Les queda una última esperanza de reconciliarse, aunque sea bajo capas de resentimiento. Probablemente eso es lo único que importa en un futuro.
Hay un momento casi mágico al final. No solo una catarsis para el espectador, que ha vivido todo tipo de aventuras con estos personajes, sino para Logan, que tras tanto dolor se sorprende de que le queda espacio para algo de luz. 
De eso iba la cosa, de todos los momentos que perdemos con quienes nos importan por un pasado imperfecto, de cuántas veces creyendo que estamos solos perdemos nuestra perspectiva de vida. Logan, probablemente el personaje más torturado de los X-Men, ahora tiene un recuerdo terrible que no llegó a cumplirse: la perfecta recompensa a su alma marcada por el dolor.


Aunque se vislumbra un Apocalipsis, posiblemente este podría ser el carpetazo perfecto a los X-Men. Bryan Singer ha necesitado una secuela bastarda, un spin-off desastroso, una precuela poderosa y una reconfiguración de personaje japonesa para conseguirlo, pero finalmente ha completado su trilogía de estos mutantes extraordinarios. 
Y su visión les deja satisfechos y esperanzados, conscientes de haber librado grandes batallas, pero sabiendo que han conseguido esa tolerancia que llevaban buscando hace tiempo. No es un trabajo fácil, pero es el que tienen. 
No se puede menos que aplaudir porque este momento en que han coincidido en el tiempo les haya dado una segunda oportunidad frente a guerras pasadas, y nos haya dejado con ganas de contemplar su próxima (renovada) aventura.

Nota: 10 / 10
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