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Crítica: 'Oh Boy' (2012), de Jan Ole Gerster

De repente, el último día.   Eso podría pensar Niko, el particular protagonista de esas veintic...


De repente, el último día. 
Eso podría pensar Niko, el particular protagonista de esas veinticuatro horas, en su deambular por este Berlín blanquinegro a la busca de un simple café. 
El último día para reencontrarse, para descubrirse, para reírse, para enamorarse, para avergonzarse... bocados de una juventud que con la madurez sin querer se escapan.
Niko Fischer es uno de esos jóvenes que, como toda una generación, todavía no ha encontrado la respuesta. 
En un mundo de conformismos, de ruinas ya contrachapadas de conflictos pasados, de soluciones por doquier... ¿qué clase de ambición puede seguir un joven, un recién llegado al mundo? Hay un entorno que no exige una respuesta, y nosotros como pensamos darla igualmente solo podemos mirar lo que hay que ofrecer dentro de nosotros. Y para ofrecer, más bien poco.


Ya la escena inicial nos predispone a cierta pesadumbre, cuando Niko no es capaz de explicar a la persona con la que ha dormido porque no querría verla esa noche. En esa situación está el tono de una persona que, como una mayoría de jóvenes, encuentra difícil justificar acciones que incluso a él le resultan extrañas. 
No se puede decir que Niko caiga bien, pero el magnetismo de Tom Schilling es lo que nos interesa: hay algo enigmático, una leve nota de melancolía sobre este observador perplejo que sabe más que los demás.
'Oh Boy' habla de la vida sin alzar la voz. 
De las esperanzas en un futuro que no es tal, que se ve truncado cada día por las responsabilidades del presente. El problema no son los demás aunque se intente aparentar, no, Niko sabe bien que el problema es él mismo... y no le importa.


El miedo a la vejez y al fracaso están ahí como nota común, apareciendo tras cada puerta. 
Viejos que acaban olvidados o sensibilidades rotas en algún pasado irresponsable salen a la luz, y Niko no sabe lo que quiere, pero desde luego no quiere ser esos tipos. 
Solo en el ofrecimiento de una ancianita a probar su sillón vemos que tan malos no son, solo quieren ser tenidos en cuenta por esta marea cambiante arrastrada por unos tiempos locos que es la juventud. (Quien no quiere ser tenido en cuenta, en verdad)
Niko acaba siendo observador de esas situaciones, pequeños fragmentos de cuadros incompletos, hasta que ya no pueda evitarlo y se vea de lleno engullido por esa insensibilidad emocional de los tiempos modernos. 
El joven que no quería crecer, porque temía en qué podía convertirse, de repente se da cuenta de que la elección no era suya.


El café ha llegado, pero sin embargo Niko ha cambiado. 
De repente, era el último día. Y nos dimos cuenta cuándo ya pasó, como siempre.

Nota: 9 / 10
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