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Crítica: 'Nymphomaniac. Volumen II' (2013), de Lars Von Trier

Extraña conclusión esta segunda parte de 'Nymphomaniac'.   La lógica de distribución h...


Extraña conclusión esta segunda parte de 'Nymphomaniac'. 
La lógica de distribución ha partido una película destinada a verse en 5 horas de un tirón, y sin embargo tengo la sensación ahora de que ambas partes, aun formando parte de un todo, poseen su propia identidad en la historia de Joe. 
Si la primera parte era una especie de raro cuento, de gusto artístico e imágenes "románticas"... esta segunda parte es caos y dolor. Ruido y furia.
Von Trier bordea el ridículo con la experiencia religiosa del principio, pero si has captado el mensaje de que esto es un gran "que te den" al mundo no hay de que preocuparse. 
Joe se convierte en una mártir, en una representante de una condición poco habitual: ninfómana, que no adicta al sexo. Es importante establecer de donde venimos para saber adónde vamos, y ese inicio marcará a Joe en su camino. 
En la primera parte Joe quería alcanzar la perfección, y lo hizo, pero a un alto precio, y como a las mártires le espera un camino de martirio para volver a alcanzar el cielo. La historia de la privilegiada que abusó de su condición, con sus propias santas guías que le marcaron el camino de niña.

Seligman, el alter-ego del espectador, sigue estando ahí, pero en este segundo volumen se nos marca una condición muy clara para seguir escuchando la historia de Joe. 
Aceptamos, y seguimos viendo cosas donde no las hay. Von Trier sigue siendo autoconsciente, y como en su cine nos acostumbramos a ver representaciones metafóricas, nos corta de raíz en la reflexión menos inspirada de Seligman: por si todavía no nos hemos dado cuenta de que esto no va con el arte, el amor o lo elevado, solo con nuestra naturaleza más baja y aprovechada.


Los capítulos en esta ocasión apuntan a una progresiva interiorización, a la naturaleza perversa que se lleva dentro y la sociedad trata de expulsar como si Joe estuviera poseída:
- Capítulo 6, "The Eastern Church and the Western Church": Primer peldaño del desenamoramiento propio. Tras la juventud donde los problemas podían pasar un día más escondidos a plena vista, llega el rostro terriblemente desgastado de Charlotte Gainsbourg, acercando más la historia a su narradora, y a su probable fin. 
Conoce a K, un psicópata Jaime Bell, avieso torturador de instintos bajos, y la asociación del placer al dolor pasa a ser norma. De una vida fácil, delimitada, con hijo (otra señal de maldad: el hijo que ríe la desgracia al sonreír al mundo en vez de llorarlo), solo el atrevimiento puede sacarla. 
Quizás, recuperando su naturaleza salvaje, ha decidido lanzarse a abismos en busca de una (otra) revelación. La única que se abre ante sus ojos es que predisponernos al dolor resulta más placentero que el dolor propio.
+ Capítulo 6.5, "The Mean Men": La enésima provocación de Von Trier, no podría faltar el mito de los gang-bang multirraciales en esta historia. 
Y la realidad es que, más allá de su fantasía de dominación, su diferencia los hace proclives a la burla absurda. ¿Atisbos de moralina en que la falta de comprensión disminuye el placer? No lo veo tanto así como la demostración de que no querer la comunicación de tu amante es la primera regla de que no quieres la de nadie más.
- Capítulo 7, "The Mirror": El espejo y su aterradora simetría. El intento de una cura que cada vez se antoja más improbable. "Quita las provocaciones" dice la tutora de la rehabilitación, y Joe tapa los espejos. Para ella, ella misma es provocación. 
Sin embargo, y cuando la cura es peor que la enfermedad, todos tenemos un límite. Joe, ninfómana, y a mucha honra. De todas las que buscan rehabilitación, que suplen con el sexo faltas afectivas o materiales, con la única con quien se puede identificar es con la que está en el espejo.


- Capítulo 8, "The Gun": Y el probable, inevitable fin. Esta vez Seligman calla porque no ha dispuesto nada que pueda dar pie a la historia. Pero Joe, divertida con nuestros deseos de buscar, de ver donde no hay nada, ve en una mancha de café el pie a esta historia, deliciosamente profano en comparación a los anteriores (Bond toma el lugar de Bach). 
Este fin, pese a todo, se asemeja más a una redención. Por fin Joe encuentra un lugar donde ejercitar sus conocimientos, que no son pocos, por fin encuentra un cómplice en L (el torcido rostro de Willem Dafoe), por fin encuentra un alma por la que sentir empatía, P. La fragilidad de Mia Goth, adolescente carente de afectos, oculta que estamos viendo un ente vacío parasitar otro joven sin errores, la luz está más cerca que nunca. 
Pero la vida dispone. No escapamos a nuestra naturaleza, que ha determinado nuestro pasado, y nuestro futuro.


Seligman, el espectador, ambos callan, sopesando y juzgando pese a todo. 
Joe nos ha contado su vida y no ha esperado nada a cambio, pero ahora parece ser que sí. Perdonamos, porque todos somos humanos. Porque, maldita sea, la sociedad ha dispuesto un acoso y derribo contra una persona con evidentes problemas. 
Que Joe sea el único árbol que permanece sin tirar abajo, aunque torcido y marchito, demuestra que todavía le queda mucho por vivir, quizás esta vez libre de errores.
Von Trier, sin embargo, y pese a lo que quiera pensar, lo tiene muy claro: 
Es que ellas son hijas de puta que se acuestan con todos pero no contigo. 
Es que ellos son unos cabrones que solo quieren y piensan en meterla.

Hipocresía para todos, bienvenidos al festín. Cuidado, que puede atragantar.

Nota: 8 / 10
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