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Crítica: 'La Gran Belleza' (2013), de Paolo Sorrentino

Los espléndidos palacios del Renacimiento, con los obscenos áticos de los privilegiados.   El p...


Los espléndidos palacios del Renacimiento, con los obscenos áticos de los privilegiados. 
El patio de infancia santo, con las fiestas decadentes en las que suena 'Mueve la Colita'. 
Las bellísimas estatuas romanas, con el bótox, la decadencia, las entradas, la obesidad. 
La naturaleza, con lo desnaturalizado, lo abandonado, la lenta deriva hacia la muerte.
Roma, vivir Roma, ser Roma. Estamos atados por nuestra mundanidad. Incluso aquí, en la ciudad eterna, somos menos que nada, pero seguimos buscando la belleza. 
Claro, la belleza. Como si fuera algo tangible, algo material, algo que te levantas un día y ves. (Ojalá)


Con Jep Gambardella he vivido en Roma. Pero el tiempo se nos acaba, a él por su odiosa, maldita mortalidad, a mi porque estoy en... (¡no! ¡no lo digas, romperás el hechizo!). El caso es que hay tantas cosas que ver, y todas ellas son nada. Flaubert estaría orgulloso. 
Solo buscamos esa sensación, que nos recorra, nos desmaye, nos obligue a llorar porque hemos visto todo lo bueno y maravilloso de este mundo. A los extranjeros les pasa, síndrome de Stendhal lo llaman. A mi casi me pasa, pero a Jep no. No cuando convives con la belleza día a día, desgastando su encanto y buscando una sola razón para admirarla. Esa actitud se me contagia. 
La sonrisa cínica siempre asoma, consciente de que ya lo has visto todo. Las grandes fiestas, bailas, te ríes, te besan... pero a la mañana siguiente seguimos vacíos. La criada, paciente espectadora de nuestro declive moral y físico, lo ve día a día, el escaparate pútrido de nuestra humanidad, pero calla. Benditos los callados observadores, porque solo ellos sabrán.
Y mientras, salimos. Visitamos a viejos amigos, a lo mejor ellos tienen la respuesta. 
Locos, arrogantes, entrañables... mis amigos. Mi cinismo de boca, lo llevo como una rosa en la chaqueta. No quiero que vean que en el fondo yo tampoco tengo la respuesta. Reprimo una mueca de insatisfacción cuando veo que su futuro se reduce a vivir de sus hijos, a mostrarme cuánto les quieren o cuánto ellos se supone que quieren. La mueca se queda en mí, la mirada dice otra cosa. Si nos tuviéramos que mirar a los ojos, otro gallo nos cantaría. 
Disfruto más en la ribera del río. Una chiquilla se me queda mirando mientras me refresco (recuerda a otra, hace muchos años ya...). Un capitán de barco me saluda, como si tuviera que hacerlo, cuando ni mis amigos lo han hecho, no había necesidad. 
Lo inesperado, esa chiquilla de hace años, es lo más doloroso. Yo sabía, creía que había algo... y mi amigo vivió años en una mentira, de otra persona que no supo conformarse. Noto sus lágrimas en mi hombro y yo... estoy vacío.


Veo las vidas encajonadas y los alegres locos que buscan meterse dentro del cajón. Nadie nunca mira cuando debe hacerlo. Siento pena por los encajonados. Pero estar fuera del cajón... te hace libre. Esa libertad, de manos del loco "descajonado". Mi sonrisa cínica es un escudo esta vez, y sin embargo siento que me han hecho daño. 
Me recreo en lo único importante, la belleza, lo más cerca que nunca podré estar de ella. Y me llaman para representar la comedia de las lágrimas al "descajonado", libre al fin. Comedia, eso desearía. No pude llorar antes cuando debía, y cuando no debo... lloro. Dios mío, por qué, por qué. Él lo sabía, como yo, pero con ese saber no puedes vivir años de tu juventud, solo días hasta tu reposo final.
Creo poder conformarme, lo hago, busco lo bello incluso en lo decadente. Creo haber encontrado mi sitio, guardando una sonrisa, esta vez sincera, a la gente. 
Pero el monstruo santo se acerca. Apenas susurra a mi oído: "La vida no se cuenta... se vive". No la contamos, a riesgo de darnos cuenta de su absoluta... nada.


Era solo un truco. Todos estos novelistas, cineastas... hacen preguntas porque la gente les hará caso. Dejan la respuesta en el aire, como si la hubiera. 
Nunca hubo respuesta. La respuesta estaba oculta, tras todo, tras lo cotidiano, lo mundano, la fealdad, las entradas, el bótox... tras eso podía verse, en pequeños destellos las más de las veces. 
El truco era que no había nada que hacer perdurar, por eso todas las cosas llegan a su fin, tras la desilusión y la fatiga, no antes. 
Y sin embargo, nuestro viaje imaginario merece la pena por todo lo que encontramos en él. Nos pasamos la vida sin querer verlo, pero está a plena vista siempre: la Gran Belleza.
He visto la Gran Belleza. 
Y salgo del (¡ay!) cine, no sé si más sabio o menos cuerdo, pero... viendo.

(Inolvidable ver pasar todo, todo lo que es y puede ser la vida, en Roma)

Nota: 10 / 10
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