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Crítica: 'Blue Jasmine' (2013), de Woody Allen

Todo sea dicho, las risas del público cada vez las entiendo menos.   No es que reírse en una pel...


Todo sea dicho, las risas del público cada vez las entiendo menos. 
No es que reírse en una película esté mal, cada cual opinará lo que quiera, pero cuando la nueva historia de Woody Allen empieza y vemos a una Cate Blanchett desmoronada contando su vida entera a quien la quiera escuchar, y el público ríe, uno se pregunta si de verdad están entendiendo la desgracia de esta mujer inútil (y si de verdad no tendrán el mismo pensamiento que ella). 
Allen convierte 'Blue Jasmine' en el reino de la sonrisa congelada, y en reírme de esta colección de hipócritas sería en lo último en que pensaría.



Principalmente, porque una vez más, Allen se inspira en nuestras ansias de notoriedad y su búsqueda a cualquier precio por nuestra parte. 
Aquí, como en Roma o en Manhattan antes, existen marañas completas de gente pisándose unas a otras, utilizando a los demás siempre como excusa o medio, nunca como fin. Quienes somos nosotros para reprocharle a Woody volver sobre lo mismo, si lo hace tan bien y cada década encuentra nuevos ejemplos de patetismo.
Aquí habla en particular de otro animal últimamente típico de gran urbe: el ignorante que se cree sabio. O más bien habría que decir La Ignorante. 
La Jasmine del título es esa mujer que ha tenido la suerte de como alguien más pudiente la ha aupado a un estrato elevado de la sociedad, sin ella tener que mover ni un dedo. Y las consecuencias de no saber de tu situación, aunque sea la mejor posible, se pagan.


Decir que Cate Blanchett está maravillosa es obviedad. Bordeando la fina línea de la sobreactuación, logra hacer de Jasmine alguien despreciable, pero en el fondo extrañamente simpática. 
Por lo menos conserva cierta dignidad, se puede decir, aunque sea completamente injusta para quienes le rodean. Sabe que no debe conformarse con menos, y ahí reside la ironía de los demás conformándose con cualquier cosa.
Como su hermana Ginger, que por genes o poca labia se ha pasado la mitad de su vida envidiándola, y ahora que tiene la mejor oportunidad para vengarse de ella decide ayudarla en todo lo que pueda. 
Otra crueldad velada de la historia: por moralidad acabaremos dando a los demás la oportunidad de pasarnos por encima, cuando siendo algo más deshonestos podríamos tener una vida de ensueño, cogida con alfileres sí, pero de ensueño mientras dure.
Las vivencias de Jasmine se irán colando en su desmembrada cabeza, ocasionando más de un lío, pero en el fondo resaltando lo muy vacía que sigue estando esta mujer: no puede vivir otra cosa más que el pasado brillante, su mente se niega a aceptar un presente desolador. 
Y vemos como en el fondo, lo arruinó todo por conservar su propia dignidad. Tonta la llamarían algunos, pero, lo digo una vez más, por lo menos tuvo dignidad. Cuestión de puntos de vista en el complicado tema de las emociones.


Cuando vemos que su hermana Ginger carece de eso mismo se cierra el círculo: da igual tu estrato social, todos nos agarramos ante la caída del abismo con uñas y dientes, algunos mejor y otros peor. Depende de lo dispuesto que estés a dejarte pisotear. 
Puede que al final solo sean tipos como Augie (sensacional Andrew Dice Clay) los únicos que mantienen cierto autorespeto. Pero acabarán yendo a Siberia a construir oleoductos, no a lujosas mansiones de costa como Jasmine.

Un Allen continuista en su tradición de mostrarnos lo perdidos que vamos en esta vida. 
No pasa nada por reírse, pero procura que no se te note mucho.

Nota: 7 / 10
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