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Crítica: 'Bienvenidos al Fin del Mundo' (2013), de Edgar Wright

Casi sin darnos cuenta, se nos acerca la treintena.   Atrás quedan los tiempos felices, tiempo...


Casi sin darnos cuenta, se nos acerca la treintena. 
Atrás quedan los tiempos felices, tiempos de lucha, inconformismo, puede que incomprensión, pero sobre todo de felicidad. Preguntarse qué ha sido hoy de esos tiempos suena a broma macabra, casi a burla cruel, y lo peor es que quienes los compartieron te dicen que mejor no mirar. ¿Si éramos tan felices, solo al inicio de nuestras vidas... por qué a mediados de ellas no lo somos más? 
Edgar Wright toma esta generación, las que vendrán y las que se fueron, para contarnos en una carta de amor sentida al género lo que ya sabíamos: que no siempre ganamos.
Son palabras mayores, sobre todo en una historia que pretende ser cómica, colar semejante reflexión, sobre nuestra decadencia y sobre los lugares en los que hemos sido felices, a los que no deberíamos tratar de volver. 
Edgar Wright ha madurado, como narrador y como espectador, y en una de las trilogías más redondas jamás hechas nos habla un poco de nosotros, de lo que somos, de adónde hemos llegado. En su tercera entrega, irónicamente llamada 'The World's End' (no por casualidad, la más autoconsciente de en qué lugar se encuentra en su filmografía).


Pero que nadie se asuste, la nota grave se atisba detrás de un cóctel imposible de referencias, autoparodias y brillantes homenajes, sazonados por un humor más maduro que de costumbre pero igual de efectivo que en el pasado. 
Se ha creado un nuevo género, que se podría llamar "épica de bar", pues como antaño, tenemos a héroes invencibles en su propio viaje hacia la madurez, pero entre cervezas, risas y coñas marineras que todos hemos vivido alguna vez. Las pruebas y peligros que tendrán que enfrentar siguen siendo igual de peligrosas, pero incluyen las clásicas víboras de discoteca y el camarero pesado que nos da la chapa. 
Se ve la aventura y la épica en lo cotidiano, para acercarnos y decirnos que, en el fondo, todos hemos sido supervivientes de lo nuestro. Wright se acerca unas cervezas y nos empieza a contar que éramos héroes de viernes a sábado. Y podemos volver a serlo.
Gary King también piensa así, él es el canto del cisne particular de su grupo de amigos, pidiéndoles, casi obligándoles, que se tomen con el esa "última" que nunca se llegaron a tomar. Presentamos a cinco treintañeros cansados con la vida, que ya ven poco productivo ir de bar en bar. Nuestra madurez como símbolo de conformismo, por duro que eso pueda resultar. 
Y al borde del abandono, sucede lo imposible. Y de nuevo, creemos que hay una guerra que luchar (Nick Frost está particularmente soberbio aquí). De nuevo, volvemos a la guerra que se libra entre nuestra consciencia y el alcohol. Estoy cansado de que el mundo me pare, y le voy a dar de hostias hasta que me deje en paz.


Creo que a nadie se le escapa que todas las escaramuzas y peleas son parte del crecimiento personal de este quinteto. Donde recuerdan que hubo años en que eran rebeldes, que se enfrentaban a la vida con los puños desnudos y ganaban, hasta que ya no lo hicieron. Puede que sea el momento de decir, con 10 años más, que pueden hacerlo de nuevo. 
Y de fondo, o al fondo, el Fin del Mundo. La odisea más improbable, en el lugar más improbable, con la gente menos preparada. ¿Pero así son las cosas, no? Vamos a patear unos cuantos culos que creen que somos menos.
Gary King, extraordinario Simon Pegg, nunca lo ha creído, pero ahora si cabe tiene más razones para no creerlos, no hay nada más estimulante que la pura supervivencia tras tu único sueño, un sueño de juventud. 
Con él, Nick Frost pierde presencia como compañero, pero es en beneficio de un bien indudablemente mayor, como es la interpretación de Simon Pegg. Solo él podía mostrarnos de esa manera lo desorientados que vamos cuando dejamos de tomarnos las pintas, de ser héroes en una noche.


El Fin del Mundo. Algo tan importante como eso, y seguimos siendo unos paquetes. 
'The World's End' es la celebración de que sí, somos deshonestos, estamos cansados y se nos van las promesas y la fuerza por la boca. Pero nunca nos rendiremos. 
Gracias, Edgar Wright. Porque me has hecho sentir un héroe luchando contra el aborregamiento y contra mi propia decadencia. A mí, al tío que solo quería echarse unas risas con los amigos en el bar. Como tú. Como él, Gary. Como todos. Este particular brindis va por vosotros.

Nota: 9 / 10
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