Crítica: 'Stardust' (2007), de Matthew Vaughn


Una historia típicamente Neil Gaiman. 
Cosa que cualquiera que conozca la obra de este escritor puede identificar como tópicos, abundantemente servidos en sus formas más puras y dados la vuelta de la manera más lúdica posible.
Es paradójico el modo en que se abre, con una carta al observatorio de ciencia acerca de un mundo fantástico e irreal más allá de un muro. Como no, es tildada de locura. 
Preparando el camino, Vaughn decide dejar bien claras las reglas desde el principio: en este tablero no hay lugar para la realidad rígida y poco emocionante.

Todo lo que ofrece 'Stardust' es contrario a eso, es total evasión, una aventura de grandes momentos y villanos en búsqueda del secreto de la inmortalidad. 
Es todo lo que significaban las historias fantásticas hace años: emoción, acción y enseñanzas puras. Exactamente, justo eso que todas las historias fantásticas de los últimos 5 años han olvidado como es la capacidad para fascinar.


Con esos mimbres, imposible no vivir la historia. 
Imposible no disfrutar del fino humor inglés que puntea toda la cinta, de unos escenarios naturales que no parecen de este mundo, de una Michelle Pfeiffer enorme como villana, de Robert DeNiro parodiando su imagen de tipo duro, de todos y cada uno de los secundarios que enriquecen cualquier diálogo y, por último, de una historia de amor cálida, humana pero a pesar de ello totalmente fantástica. 
No tengo pegas respecto a Charlie Cox, pero Claire Danes ha encontrado aquí el papel de su vida: muy fácil habría sido poner a la clásica belleza angelical de Hollywood y sin embargo la cara graciosamente descuadrada de Danes y su actitud dejan una protagonista femenina para el recuerdo, pelo luminoso incluido.
Lo que la hace única viene de parte de esos apuntes marca Gaiman que nos recuerdan la existencia del mundo real: colar un "pagafantismo" en medio de una historia fantástica, unos fantasmas cómicos a fuerza de penosos y por último, la inevitable lucha contra el propio mundo real (baste decir que, al final, amenaza con arruinarlo todo por su manía de ser lógico). 


Ante todo, se transpira ilusión. 
Por eso no importan ni hay que justificar los momentos que se puedan tildar de ridículos (vienen de parte de DeNiro).

Porque nos han hecho soñar. 
Seguiremos saltando el muro hacia la fantasía, sr. Gaiman, para que pueda seguir poblándolo de historias como esta.

Nota: 8 / 10

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