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Crítica: 'Metallica: Through the Never' (2013), de Nimrod Ántal

Mira que hacer un amago de Pink Floyd's "The Wall" y no finiquitarlo tiene delito...


Mira que hacer un amago de Pink Floyd's "The Wall" y no finiquitarlo tiene delito... pero así es. 
Metallica no tiene interés en dejar que sus canciones den nueva vida a otras historias, sino que quieren transformar esto en su propio y particular auto-homenaje.
Ningún problema, en realidad. 
Aunque los años hayan pasado, llenan la pista como nadie y la película se encarga de mostrarlo en todo su esplendor en su concierto de hace unos años, con una escenografía y tarima espectacular, juegos de luces con fuego, y enormes focos. 

Sin embargo, notas cuando el operador de cámara lleva unos cuantos planos de James Hetfield y Lars en los que ya no sabe como enfocarlos. En esos momentos, habría estado bien centrarse en la otra historia que tiene lugar en el film y haber dejado de lado un concierto que, a fin de cuentas, podrá verse de miles de otras maneras.


El motivo importante aquí era recrear una experiencia cinematográfica anclada en el sentir de Metallica, y se consigue a medias. 
Déjemoslo claro: el viaje protagonizado por Trip (un Dane DeHaan que presta su particular fisonomía) es infinitamente más fascinante para los profanos del grupo, así que ahí es donde tenían que haber rascado en su salto a la pantalla. La inmersión en revueltas urbanas extrañas acaba siendo la verdadera razón por la que ver esto, pues incluso el 3D tiene más significado allí.
Asistimos a una colección de pesadillescas imágenes de enorme fuerza, que durante gran parte juegan con la intriga del "qué está pasando" para pasar a estallar cuando se descubre quién es el misterioso autor de esas revueltas. 
Y aun así, no nos libramos entonces de la influencia de Metallica, que enjaula la historia en su música. Tal es la asfixia que destaca un plano desde dentro de un comercio donde se oye la típica melodía de ascensor, como dando un pequeño respiro entre dos partes que no acaban de casar del todo. 
Vale que la historia de Trip pueda verse como una alegoría de la banda (pequeño currito luchando contra los grandes poderes y encontrando su fuerza interior con valentía durante el camino) pero la total desconexión de la música con escenas como el "bosque de ahorcados" o los momentos de puro horror en persecución de un jinete fantasmagórico clama al cielo por su desaprovechamiento. Precisamente, el leve momento de conexión de las revueltas con 'For Whom the Bells Tolls' sabe a gloria porque parece lo que se ha ido buscando desde el principio.
Así, se acaba con dos partes claramente descompensadas y desiguales que no acabarán de satisfacer a casi nadie. Lo tenían a huevo para hacer algo realmente alucinógeno y no acaban de lanzarse a la piscina porque les ha podido el ego, da pena. 
Solo merece la pena destacar un clímax más contenido de lo normal, la única escena donde hay cierta sincronización entre dos tramas, que se hubiera beneficiado también de más claridad expositiva. (Una vez comprendido, queda como un buen broche final, pero solo lo comprenderán expertos de la banda)


En definitiva, imprescindible para fans de Metallica, pero suficiente para los espectadores casuales. 
Si tienes curiosidad, adelante, es un buen viaje de ida y vuelta al corazón del metal, pero ni hablar si no estás dispuesto a ver gran parte de un concierto filmado.

Nota: 6 / 10
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