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Breaking Bad: El mito de Heisenberg

Terminó el lunes pasado la que es (y, por difícil que parezca, en esto ha puesto a casi todos...


Terminó el lunes pasado la que es (y, por difícil que parezca, en esto ha puesto a casi todos de acuerdo, crítica y público), una de las mejores series de la historia de la televisión. He escuchado a mucha gente hablar del estado de shock en el que te deja el final, las emociones desbordadas, el no querer que acabe nunca.

Pocas veces ocurre.

Después del salto, spoilers.

Ocurre tan sólo en aquellos casos donde los personajes han cobrado vida, cuando la obra en cuestión nos fagocita, cuando el actor tras el personaje desaparece y es solo él, en comunión con nosotros: cuando nos adscribimos a la fantasía catártica propuesta por medio de la identificación espectatorial. Breaking Bad lo consigue con creces.

La serie nos propone, inicialmente, una fantasía de ruptura, una liberación. Todo gira en torno a Walter White, el arquetipo del fracasado hundido en una lógica de incapacidad, de indefensión. Dicha ruptura, basada en la fatalidad asociada al cáncer, el incidente incitador, da comienzo a un proceso de increíble y compleja transformación psicológica: W. White – Heisenberg (acompañada de la acertadísima transformación estética del personaje), dicotomía que poco a poco, a lo largo de la serie, difumina sus límites.

Esta ruptura es, al fin y al cabo, una fantasía universal, algo que todos compartimos. Todos queremos romper las normas, liberarnos de nuestros lastres psicológicos limitantes sin el temor a las consecuencias, hacernos con las riendas de la vida. Con esta premisa inicial, Breaking Bad llama al fracasado que todos llevamos dentro y establece la primera afinidad, el primer atisbo de innegociable empatía.

Esta inicial simpatía por el entrañable protagonista y sus peripecias junto a su compañero de fatigas, Jesse Pinkman, se ve potenciada por el tono distendido de comedia negra, donde el interés subyace en los retorcidos e ingeniosos planes de Walt en pos de conseguir dinero para su familia, que quedará en una situación terriblemente precaria tras su muerte. Sin embargo, de forma progresiva, la comedia va dejando paso al drama más inquietante. Comenzamos a vislumbrar que hay algo que no conocíamos en la psicología de Walter White, algo que trasciende la hipótesis del padre de familia sacrificado. Lo que en un principio fue una reacción lógica y profundamente humana por parte del protagonista, deja paso a la oscuridad. Las mentiras a Skyler son cada vez más injustificables, los objetivos reales de Walter cada vez más difusos… Nos encontramos ante un inusitado temperamento insaciable, ante el ascenso de Heisenberg, el Mister Hyde que ocultaba el profesor de química. Y es en ese momento donde la fantasía de ruptura se convierte en fantasía de poder. Las malas acciones del protagonista dejan de estar justificadas, las normas se han roto más allá de la catarsis inicial; deja de estar en peligro para convertirse en el peligro:


Sin elección, nos vemos inmersos en el ascenso imparable de la carrera criminal del protagonista, cogidos de su mano. Entendemos que no hay justificación, que el personaje está lastrado por una innegable inmoralidad; pero no nos importa porque los lazos psicológicos Espectador/Heisenberg son demasiado poderosos (Cosa de la magia de las series, que en función su extensión, permiten llevar al extremo esta curiosa conexión). Así, a través de cinco temporadas, una excelente comedia negra ligera sobre la transgresión de la norma, se funde en una tragedia moderna que versa sobre la corrupción del poder y sus consecuencias, sin abandonar en ningún momento su esencia. Y, podríamos preguntarnos… ¿Cómo ocurre esta, a priori inviable transición/dualidad? La respuesta está en la genialidad del autor, en una ingeniería estética y narrativa transgéneros, que, en manos de otros (léase Dexter), podría haber acabado en un completo desastre.

Es indudable que partimos de una premisa inverosímil (la clarividencia del personaje, su suerte y sus habilidades extremas). Dicha premisa nace en el contexto de la comedia negra fomentando una distensión en el pacto de verosimilitud con el espectador. Aceptamos que Walter White sea capaz de crear el increíble cristal azul o que sea capaz de hacer volar por los aires el despacho de Tuco un pequeño truco de química:


Gilligan define en Heisenberg a un antihéroe de cómic. En general, en la serie contamos con una mitología particular en la que se resaltan los rasgos arquetípicos (físicos y psicológicos) de los personajes, proponiendo una deformación, a veces una extravagancia explícita. Esta configuración, propia de las obras de género, se fusiona irónicamente con el drama y la introspección psicológica (recordemos el impresionante episodio “Fly”) y de esta magistralmente medida dualidad (deformación/realismo) nace el personaje como un todo inolvidable: El tratamiento realista, la introspección y la lógica causal (las acciones tienen consecuencias, Walter White sufre como lo haríamos nosotros, sostiene conflictos personales porque, al fin y al cabo, es un hombre) fomentan la identificación, el acercamiento; las concesiones al momento inverosímil, a la situación increíble, a las habilidades extremas del protagonistas generan el interés y el crecimiento del mito (inscrito en la fábula, en lo inalcanzable, en la metáfora):


Es en esta última tanda de episodios (segunda mitad de la quinta temporada), donde nos encontramos más claramente con esta dualidad. El protagonista, justo después de haber alcanzado el éxito más absoluto y en el momento más plácido, comienza su caída. El descubrimiento de Hank y su rol de Badguy de la temporada legan los momentos más tensos y maravillosos de la serie: Esta vez Walter está realmente en peligro y todo apunta a que sus excesos, su pasión, conllevarán consecuencias terribles para él, definido desde el mismo cartel el inexorable fatum trágico: “All the bad things must come to an end”.

Accedemos a su lado más humano (en el sentido que establece su incapacidad, su indefensión, la verosimilitud de la carga impuesta, inabordable) y observamos como lo pierde todo, desde su dinero hasta su familia, en el magistral episodio “Ozymandias”. En este punto el héroe que utilizaba sus extraordinarias capacidades intelectuales para sortear las vicisitudes infaustas parece haber muerto para dar paso a un despojo tambaleante, lastrado por sus acciones, sin capacidad de reacción, humano hasta la médula.


Y es en este momento donde Gilligan podría haber abandonado completamente el tono inicial, aferrándose al realismo y convirtiendo Breaking Bad en una terrible tragedia sobre las consecuencias de la ambición desmedida (una posible muerte de Skyler y/o el resto de su familia) lo cual habría supuesto un punto de inflexión trascendente, dotando a la serie de una oscuridad insalvable. Pero, como no podría ser de otra forma, fiel al espíritu de la serie que ha definido; fiel, al fin y al cabo, al espectador, nos prepara en cambio una victoria a medias, el último plan espectacular de Walter White: La catarsis del espectador, que vive cada uno de los cincuenta y cinco minutos del final unido al protagonista por un fortísimo lazo invisible: La estratagema para conseguir que el dinero llegue a su familia por medio de su traidores compañeros de la empresa química, la venganza contra Lydia, la emocionante despedida de su familia (con esa muestra descarnada y concluyente de sinceridad "I did it for me. I like it. I was good at it, and I was really... I was alive") y el impresionante clímax donde Walter hace gala por última vez de su llamativa inteligencia.

Y es en ese momento, consumada la venganza, muertos Jack y sus secuaces, Jesse huyendo con lágrimas en los ojos tras matar a Todd y mandar a la mierda a su manipulador compañero de fatigas, cuando Walter White/ Heisenberg se acerca al laboratorio, ruidos de sirenas de fondo, y se mira reflejado en el aparato para cocinar su amado cristal azul, para caer al suelo y despedirse de nosotros en un charco de sangre, con una casi inapreciable sonrisa en los labios…


Es en ese momento, cuando el mito alcanza su cenit y se posa en el Olympo de la cultura popular del siglo XXI.

Y nos deja a todos en estado de shock.

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